Escribir en un medio tiene su aquel. Un día te toca invocar a Hayek y al otro teorizar sobre tetas y culos. Aunque al final todo es lo mismo —el mercado, amigos— una es experta en poco, por lo que pido disculpas de antemano. Dicho lo cual, si en El Mundo y ABC algunas fueron capaces de tratar el asunto de la terapia de reemplazo hormonal de los Marines de Hegseth como si llevaran veinte años pasando consulta de endocrinología, creo estar capacitada para aportar mi granito de arena a la discreta conversación pública del verano sobre el topless y sus aledaños.
Reconozco, eso sí, que mi campo de estudio está geográficamente muy acotado. La muestra sociológica que manejo es seguramente escasa. Se limita a unos pocos kilómetros de litoral santanderino, onubense e ilicitano, junto con otras experiencias que no incluiré por asistemáticas. Coincido, sin embargo, con lo dicho por otros: cada vez se ven menos pechos sin cubrir en nuestras playas.
Quedan las irreductibles charos que resisten al textil superior, lata de cerveza y pitillo en mano. Suelen ir solas a darse su baño de sol, y a estas alturas de agosto ya lucen renegridas —en el diario El Mundo usarían la expresión «clánicas»—. Luego están las de senos más abundantes, esas a las que Tartufo exigiría que escondieran lo que los ojos no podrían dejar de ver. Desde la silla plegable, manejan con maestría el tenedor en el que van ensartando filetes empanados para toda la parentela. Por último, existen categorías inespecíficas como la de la paseante, la que solo practica topless en grupo o la que lo hace a escondidas en playas recónditas. Aquí cabría preguntarse si exhibir el busto sin testigos no es acabar con la gracia del despechugue. ¿Qué es el topless sin la mirada del otro?
Más que «ola de puritanismo», es posible que las generaciones más jóvenes interpreten lo de enseñar las domingas como un residuo de transgresión controlada boomer-X. Las que no corrieron delante de los grises liberaron el pezón el verano de Voyage, voyage. Creyeron abrir un camino que ahora desprecian las ingratas que sufren de «ansiedad performativa», un malestar cuyo origen está en las redes sociales. Igual de fabricado, por cierto, que la «angustia adolescente» de los años 90, pero sin acordes suspendidos para empaquetarlo.
El tiempo del Manifesto ya forma parte del mundo de ayer. Hoy todo es algoritmo y control de la imagen. Somos el fetichismo y la mercancía. Si cuando teníamos diecisiete el peligro era la publicidad de Calvin Klein, no sé qué dirían ahora los que ponían el grito en el cielo con la delgadez extrema. Hoy ya no se trata de que nos bombardeen con físicos escurridos. Los cánones se han anabolizado, «maxxximizado» y se han vuelto, incluso, contradictorios. La erogénesis, para más inri, ha decidido mudarse al sur anatómico.
Del heroin chic de 1996, que consistía en comer solo lechuga, nos hemos ido al diabólico slim thick de 2026, que exige ser Venus Williams y la Venus de Willendorf al mismo tiempo. Hay chavalas que ven más la máquina de hip thrust y las pesas rusas (con perdón) que a su propia madre. El pecho es una cuestión de genética o cirugía; el trasero todavía puede domarse, transformarse en rotundo objeto de deseo, en «proyecto» trabajado a golpe de sudor, macros y calorías.
Quizás por eso cueste cada vez más encontrar bikinis que no enseñen cacha. Mientras la parte de arriba vuelve, la de abajo lleva años menguando. Cosas de la moda. Y del mercado, amigos.