«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Mamdani

6 de noviembre de 2025

En su primer discurso en el Congreso de los Diputados, Santiago Abascal tuvo el detalle genial —transversal, diríamos hoy— de recitar un poema de Bertolt Brecht, comunista tan acérrimo que eligió voluntariamente vivir en la Alemania socialista.

En La Solución, Brecht daba la vuelta irónicamente a la habitual petición pública de que dimita el gobierno y elegir otro cuando los gobernantes decepcionan a los gobernados y pedía que los primeros cambiaran a la ingrata chusma por un electorado más dócil:

¿No sería

entonces más sencillo

para el gobierno

disolver al pueblo

y elegir otro?

Es brillante, porque va a la raíz misma del problema de la inmigración descontrolada y masiva. Nada de marear la perdiz con las evidentes consecuencias nocivas, la inseguridad callejera, el encarecimiento de la vivienda, la congelación de los salarios, el colapso de los servicios públicos. Todo eso es cierto y grave, pero la falla de origen es que supone la sustitución de un pueblo por otro. Borren eso: no es un nuevo pueblo, porque ni siquiera tiene una pretensión de homogeneidad, ni lealtades comunes ni una misma manera de entender la vida.

Roma toleraba la integración de otros pueblos bajo la inexorable condición de dejar de ser ellos mismos para convertirse en romanos, hablar su idioma olvidando el propio, aceptar su derecho, compartir su orgullo patrio. Porque la Roma imperial era una monarquía, pero en una democracia manda el «demos», el pueblo, y su color y sus formas, su esencia misma, cambiarán si lo hace el pueblo.

La democracia acaba reduciéndose a la aritmética, y en ella los grupos étnicos cohesionados culturalmente actúan como falanges homogéneas en esa guerra incruenta de conquista en que se convierte el voto.

En Nueva York, la ciudad sinónimo del capitalismo liberal triunfante, han elegido como alcalde a un comunista, Zohran Mamdani. En la metrópoli traumatizada hace 24 años por el mayor atentado terrorista islámico de su historia, el pueblo ha optado por un musulmán respaldado por radicales. ¿Tendrá algo que ver que un 40% de los habitantes de la Gran Manzana hayan nacido en el extranjero, como el propio Mamdani?

En su primer discurso después de ser elegido, Mamdani agradece a su electorado la victoria: «¡Hablo de tenderos yemeníes y abuelas mexicanas, de taxistas senegaleses y enfermeras uzbekas, de cocineros de Trinidad y tías etíopes!». ¿Ven el pueblo que falta? Yo también. Y los norteamericanos de cepa van a entender lo que significa ser extranjeros, y extranjeros despreciados, en la mayor y más emblemática de sus ciudades.

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