Manca finezza!
Manca finezza!
Por Enrique García-Máiquez
13 de agosto de 2025

En los análisis y contestaciones que leo del arreón que Santiago Abascal ha metido a «una parte de la jerarquía eclesiástica» hay demasiada brocha gorda. Están los que lo equiparan —o censurándolo o celebrándolo, da igual— a Pablo Iglesias por «su discurso antisistema» y están quienes le hacen correcciones de estilo muy meticulosas, que siempre caben, pero que desenfocan la verdadera problemática, que no es de estilo.

La diferencia con Pablo Iglesias es básica. Lo que Abascal reprocha a algunos obispos es precisamente que no defiendan ni la nación (con sus loas indiscriminadas a la inmigración masiva ilegal) ni a la doctrina católica (con sus silencios sobre las políticas de género de los gobiernos central y autonómicos) ni a la dignidad humana (con sus cortapisas a toda defensa real del derecho a la vida) ni a la propia Iglesia (con su connivencia con la desacralización del Valle de los Caídos). Equiparar esta queja, que llega tras mucho callar y llena de auténtica melancolía, con un discurso comecuras y disuelve-naciones es o malintencionado o pueril.

Quien rechaza de un manotazo desdeñoso o escandalizado la crítica de Abascal está dejando en la sombra un problema estructural. «Manca finezza», como dicen en Italia. Una parte de la jerarquía eclesiástica —por ponernos tan delicados como el político de Vox— está desarrimando el hombro —por seguir siendo finos— del sostenimiento de una sociedad que se hunde. De forma que, por omisión —por no abandonar la sutileza—, se está colaborando con los que la quieren hundir.

Los que critican tal o cual expresión o matiz de Abascal están en su derecho, faltaría más, pero quizá no caen en el tono. Se concentran en el dedo que señala la luna y no en el cuarto menguante. El hombre está perplejo y atónito por la posición sistemática de la Iglesia, que siempre cae del otro lado, para entendernos. Pondré un ejemplo de mi cosecha: cuántas veces se nos conmina desde el púlpito a pagar religiosamente los impuestos estatales y qué pocas veces o ninguna se denuncia las prácticas confiscatorias que atentan contra la independencia de las familias y contra el principio de subsidiaridad. Abascal aventura posibles razones que expliquen tanto sesgo. Me temo que ninguna sea un disparate. Aunque creo, sinceramente, que hay otras, como el estado mental progresista que se ha instalado en muchísimas mentes. La querencia ideológica buenrollista es una apasionadora.

¿Qué está en juego, en realidad? La Iglesia militante, esto es, la que está en la Tierra, tiene, por su propia dimensión comunitaria e histórica, un peso político, que aumenta en los países culturalmente católicos como el nuestro, y que se multiplica cuando muchos de los temas candentes conllevan un gran voltaje moral, como en nuestra época. La Iglesia, por tanto, tiene mucho que decir en la vida política sobre todo a través de sus portavoces jerárquicos; y, en consecuencia, tendrá mucho que oír.

Lo que no vale es marcarse la táctica de la mota castral (o motte-and-bailey). Ésta, inspirándose en una técnica de combate medieval, consiste en defender en público una afirmación polémica y amplia (bailey, el patio exterior del castillo), pero, cuando encuentras resistencias, retroceder a una versión más limitada, razonable e incontestable (motte, la torre fortificada). Una vez pasado el peligro, el defensor vuelve a la afirmación fuerte. Yo soy muy partidario de casi todo lo medieval, pero no de esta técnica huidiza. Si la Conferencia Episcopal habla de política y vaya si lo hace y, además, ha de hacerlo, no vale que, cuando se le discute legítimamente en los mismos términos políticos, se refugie en el maravilloso castillo inexpugnable de la Santa Iglesia de la fe, ante quienes todos los católicos, libres en nuestra posición política, inclinamos —como es lógico y teológico— la cabeza y doblamos la rodilla, amén.

La defensa de la libertad política de los cristianos es otro de los temas esenciales que no toca más remedio que defender en serio. Si en el siglo XI se vivió la Querella de las Investiduras, hoy toca la que podemos llamar Querella de las Intervenciones. Teniendo en cuenta que los auténticos retos políticos están adquiriendo una dimensión civilizatoria y que nuestra civilización es cristiana, la Iglesia y su Doctrina Social estarán cada vez más en el centro del debate político. Lo deseable es que estén a la máxima potencia, lo que incluye, además de una auténtica fe y de una ardiente caridad, la máxima autonomía de sus miembros y el respeto a la pluralidad —muchas moradas— de sus posiciones. Reducir tendenciosamente un mensaje tan rico nos debilita.

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