El otro día bajé a por el pan a las tres y media de la tarde, que es la hora en que las ciudades españolas se quedan sin testigos. El aire del portal me dio en la cara como cuando uno abre el lavavajillas a media faena, ese vaho que no quema pero avisa, y los cincuenta metros hasta la esquina los hice pegado a la pared, robando la sombra flaca de los balcones con una técnica que nadie me enseñó y que sin embargo me salió entera, a la primera, como si viniera de fábrica. La panadera tenía la puerta abierta y un ventilador de pie apuntándose a sí misma, y me contó que llevaba así desde junio, con esa resignación de quien ha dejado de contar los días. Volví con la barra debajo del brazo, muy digno, muy señor de su barrio. La barra estaba caliente. Y no del horno.
En mi casa, cuando yo era chaval, el verano no se combatía, se administraba. A las once en punto mi madre bajaba las persianas hasta dejar el piso en una penumbra de submarino, y allí dentro nos pasábamos la tarde entera adivinando los muebles y oyendo la calle por las rendijas, la calle que era de los otros, de los que no sabían. Había un botijo en la cocina cuya agua sabía a barro y a virtud. Había una norma, y la norma no se discutía: hasta que el sol no se fuera de la fachada no se abría nada. Yo creía que aquello era pobreza, un apaño de gente que no llegaba al aparato, y tardé treinta años en entender que era ingeniería. Mi madre no tenía termómetro. Tenía el sistema.
La Agencia Estatal de Meteorología publicó el martes que la primera mitad de este verano ha sido la más cálida en España desde que hay registros, que arrancan en 1961, con tres grados y tres décimas por encima de lo normal. Van dos olas de calor y hay una tercera merodeando el fin de semana. La canícula empezó el quince de julio y se estira hasta el quince de agosto, igual que empezaba y se estiraba cuando la fachada tenía sol y mi madre bajaba las persianas. Lo que ha cambiado no es el calor. Es que ahora lo fotografiamos. Nosotros mandamos al grupo el termómetro del coche, que marca siempre dos grados de más porque el coche exagera como su dueño, y esperamos la respuesta del cuñado desde el valle del Ebro, que va y sube cuatro décimas y se lleva la mano.
Yo, por descontado, me pasé al bando de los aparatos en cuanto tuve con qué. Tengo uno que se maneja desde el teléfono y que por las noches me manda un informe de mi propio consumo, con una carita, para que aprenda. He discutido con un instalador sobre frigorías poniendo cara de saber qué es una frigoría. Cambié un toldo por otro toldo idéntico y un grado más caro. Y con todo el despliegue, el martes, a la hora mala, la casa marcaba treinta y uno y yo iba de cuarto en cuarto con el mando en la mano, apuntando al techo como quien exorciza, hasta que me rendí y bajé la persiana del salón. La bajé hasta la mitad. Sin pensarlo, con el gesto exacto de mi madre, que llevaba treinta años esperando debajo de las facturas.
Por la tarde me crucé en el rellano con el vecino del cuarto, que tiene ochenta y dos años, dos ventiladores y ningún aparato. Venía de la compra con una bolsa de hielo sudándole en la mano y el paso corto de quien administra sus recursos. Le dije que se me estaba quedando la casa en treinta y uno, con el aire a tope, y que no me lo explicaba. Se asomó por encima de mi hombro al salón en penumbra, tomó nota de la persiana a media asta, y luego me miró a mí con una benevolencia que no le había visto nunca. «Media persiana y quieto», me dijo. «Lo demás son inventos»