'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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La mendacidad de Gallardón en la reforma del aborto

24 de junio de 2014

Si es verdad que el Gobierno, como mantenía el lunes el diario El País, acepta finalmente la práctica del aborto eugenésico, la malformación fetal como motivo legal para abortar, incluida en el aborto terapéutico o en el segundo supuesto de “grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada”, entonces el Estado sigue incumpliendo la obligación constitucional de defender efectivamente la vida del nasciturus, y exento ya de debilidades se convierte en un Estado sin piedad, de dureza inmisericorde, un Estado total como producto político de la hybris del hombre prometeico que condice una civitas sin Dios.

    El Estado se reviste de condición diabólica cuando desde la política total diseña el hombre nuevo que tiene que aparecer: una raza sin minusvalías, desprovista al fin de estúpidos credos y forzada a recusar de cualquier valor absoluto ante la única Providencia identificada con la propia voluntad del Estado. El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, tiene la necesidad de demostrar su voluntad de poder, de reiniciar la marcha que nos conduzca hasta la liberación donde las generaciones futuras exhibirán sus atributos perfectos, una contextura física envidiable y paradigmática, despojada de pretéritas deformidades. Gallardón, ¿cuántos deben ser eliminados para que puedas seguir gobernando? Los deformes por completo, es su respuesta. Del alzamiento contra Dios es hijo ahora el ámbito político, donde la bestialidad impone sus execrables formas de gobierno haciendo de sus propias debilidades y miserias vejación y oprobio: “hoy no se deba acariciar a nadie la cabeza, so pena de que a uno muerdan y le arranquen la mano; hay que partir cabezas, partirlas de manera despiadada”, dirá Lenin.

  La vida humana se convierte para muchos en un stultiae ludicrum, un festival de la estupidez, un frívolo juego donde la masacre de los inocentes es glorificada como un derecho para la felicidad de los necios y el regocijo del alma mercenaria, libres de cualquier tormento de conciencia, ajenos a una insoportable carga reservada a los estúpidos que aceptan las limitaciones humanas. Los contrahechos, inválidos, deformes y mutilados, no participarán de la dicha terrena cuando sólo se percibe aflicción, ni verán la luz cuando la siniestra oscuridad cubre sus inacabados féretros. ¿Qué tendrían ya que perder los malformados sino sus propias cadenas? Mejor así, asesinarlos como perros por una jauría de cretinos parlamentarios al no alcanzar la talla del hombre nuevo, sin malformaciones, autosuficiente y mutable, modificado genéticamente, desapareciendo al fin esta mácula de la naturaleza humana para liberarla de sus límites biológicos con el infausto advenimiento de la eugenesia liberal y corrupta de políticos cuyos fines de poder los convierten en los tipos más miserables de la especie humana.

  Los informes del Consejo General del Poder Judicial y del Consejo Fiscal no albergan ninguna duda: la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria equivale a una sentencia de muerte. Se siembra así a capricho juntamente y sin dirección la cizaña que conculca la vida del inocente con la supuesta buena semilla que sana la posible enfermedad de la madre. Cualquier necio está autorizado a hacer lo que quiera con la vida del prójimo, a presentarse como maestro y ofrecer la ley como una obra completa. Y así es como se pierde el valor de cualquier vida, degradándose el misterio del hombre, y profanando un mundo donde no parece que sea digno de Dios. No hay humildad ninguna para tratar las cosas creadas y la vida humana. Es necesaria esa humildad en el comportamiento del hombre y en las leyes para la vida no nacida con el fin de proteger lo que es sagrado; se impone una actitud de mesura, inspirada en un temor último que se sitúa en el plano religioso, fuera del cual sólo se mira a las cosas de este mundo; parece tan ilusorio como inevitable apelar a la culpa cuando se rechaza acoger la mano que Dios nos tiende cada día.

  La mendacidad política de Gallardón, su debilidad y falta de coraje al ceder a presiones internas en el partido, su desmesura y presunción en orden a sacralizar la ley en términos blasfemos después de haber anunciado que todo discapacitado tendría derecho a la vida y no se eliminaría por sus características físicas o psíquicas, debería precipitar su caída, como la de Ícaro, ese trágico vuelo que desoye la justicia y la verdad movido por la inconsciencia de la propia ambición hasta que el sol del mismo poder derrita sus alas de cera y se ahogue como un verdadero agente de la disolución del carácter sagrado de la vida. Si no se impulsa por parte de la clase gobernante la inviolabilidad de la persona y los derechos inherentes a su naturaleza humana, favoreciendo sin embargo políticas eugenésicas y genocidas; si no se está convencido del altar santificado de quien es imagen de Dios, sino que se busca la selección de clase para la eliminación de los que no den la talla; si en el nuevo Catecismo del ecce homo moldeadonada significa ya la responsabilidad ante la verdad, que no se soporta, y el bien, que no se quiere promover, jamás se podrá construir una nación respetable, dichosa y libre.

 

  No hay que darle ningún apoyo a una ley abortista, por muy restrictiva que parezca ser o que lo fuera realmente. No admite complacencia alguna ni un mínimo acto de fe la politiquería y los programas acomodaticios y pragmáticos que propugnan una “cultura de muerte”. Pierde cualquier credibilidad quien cambia de posturas de modo permanente y ejecuta la deserción de los principios en la vida política cuando está en juego la vida humana inocente, husmeando con insalubridad vergonzosa un puñado de votos desde una miserable política de retaguardia que sólo busca sumar clientela con el fin de permanecer en el poder. Es despreciar al ciudadano suponerlo incapaz de tolerar el esplendor de la verdad, o pensar que no hay razón para exigírsela. Secuestrar los valores en la vida política y practicar la falsedad oportunista tiene siempre un precio altísimo al que un cristiano deberá estar atento para no hacerse a la medida de este mundo, sino más bien, como dirá el Apóstol San Pablo, renovar la mente para saber discernir la voluntad de Dios.

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