«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

México y un amor despechado

5 de noviembre de 2025

Hace unos meses tuve ocasión de entrevistar al ensayista mexicano Juan Miguel Zunzunegui a propósito de su último libro: Al día siguiente de la Conquista. Me dijo que la frase que está de moda ahora es «¿dónde está el oro que nos robaron los españoles?». Y que, en este caso, él siempre respondía lo mismo. «Está en las catedrales, en los colegios y en las universidades que se construyeron durante doscientos años». No en vano, las obras públicas no salen gratis.

Luego me recordó que, en efecto, la Corona se llevaba el llamado «quinto real», el 20% de la producción minera. Pero que «las mineras canadienses extraen en un día del Perú el equivalente a todo el oro que se extrajo en trescientos años de virreinato».

Dudo mucho que el ministro Albares conozca el dato. Incluso que haya leído el libro del profesor Zunzunegui, que recomiendo encarecidamente. Todo esto viene a colación por lo que dijo el pasado viernes durante la inauguración de una exposición. El titular de Exteriores aprovechó la ocasión para lamentar, a su juicio, el !dolor e injusticia» causado a los «pueblos originarios» del nuevo continente.

A mí siempre me viene a la cabeza, en este caso, que Hernán Cortés no habría podido conquistar Tenochtitlán si no hubiera sido por la contribución de otras tribus. Como los txataltecas, los totonacas o los cholultecas, los cuales estaban hasta el moño de los aztecas. Al fin y al cabo, practicaban los sacrificios humanos. Es sabido que el conquistador extremeño inició el empeño con apenas 500 hombres y una quincena de caballos. Enfrente, todo un imperio.

He estado varias veces en México hay un dicho que resume el sentir de los mexicanos: «Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». Que, valga la redundancia, dice mucho siendo un país tan católico. Entre otras razones porque perdieron, en la guerra de 1846-1848, más de un tercio del territorio. Los actuales estados norteamericanos de Texas, California y Arizona, entre otros.

El problema es que, en parte, una sociedad fallida. Hicieron una revolución, como otros pueblos, sólo para entronizar en el poder a un partido durante setenta años. E inventaron el «dedazo», la elección a dedo del sucesor por el presidente saliente. Un fenómeno típicamente mexicano como las enchiladas o los mariachis. Aunque, bien mirado, por estos lares también se estila bastante pasada la moda de las primarias. Como se sabe, Pablo Iglesias puso a Yolanda Díaz a dedo, pese a que luego le salió rana.

Sin olvidar otros problemas crónicos como la corrupción, la delincuencia o el narcotráfico. Esta misma semana han asesinado a tiros a un alcalde en plena calle. Y más de 200 años después de su emancipación, la culpa ya no puede ser de los españoles. Pero meterse con España sigue siendo una excelente cortina de humo.

A mí lo que siempre me ha llamado la atención es que las élites mexicanas —políticas, económicas, sociales— son blancas. No conozco ningún presidente de los últimos mandatos que haya sido «cholo», es decir, indígena., como, por ejemplo, Evo Morales en Bolivia. Con pésimo resultado, por cierto. En las últimas elecciones, su partido ni siquiera sacó representación parlamentaria.

La propia presidenta, Claudia Sheinbaum, forma parte de esta élite a pesar de su ideología. Incluso por el color de piel. Aunque técnicamente, no es descendiente de conquistadores españoles. Sus abuelos emigraron de Lituania a finales de los años 20 del siglo pasado.

México tiene que mirar al futuro, no al pasado. Al fin y al cabo, todos los países tienen traumas: Estados Unidos, Vietnam. Alemania, el nazismo. Francia, la derrota de 1940. España, la crisis del 98. He empezado con una cita y me van a permitir, abusando de su paciencia, que termine con otra. La semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar a Sofía Gaviria, que fue senadora (2014-2018) y embajadora de Colombia en Suiza (2019-2022).

Miembro de una familia prominente, ella misma sufrió en sus propias carnes la violencia colombiana: su madre fue secuestrada, uno de sus hermanos, —Guillermo, gobernador de Antioquía—, fue asesinado por la guerrilla y su padre sufrió un atentado del que salió ileso.

En un momento dado le pregunté si los problemas de América Latina eran una herencia de España. La respuesta estaba a la altura del personaje. Admitió que quizá habían heredado la famosa «picaresca» de la época, pero que «después de doscientos años no podemos volver la vista atrás: nadie nos va a resolver nuestros problemas». «Las decisiones sobre nuestro destino están en nuestras manos y únicamente en nuestras manos», insistió. Supongo que es como cuando te deja la pareja. Hay que mirar adelante, no atrás. Lo de México es como un amor despechado.

Fondo newsletter