Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.
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Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.

Mi teoría de la conspiración

Estos días estamos leyendo todo tipo de teorías sobre “los buenos” y “los malos”. Teorías que, a veces, algunos dejamos que nos envuelvan y medio convenzan, disfrutando con su elaboración y atención a los detalles, como quien lee una novela. Las teorías de la conspiración tienen siempre un componente maligno, un componente de lucha y siempre algo de esperanza. Son los mejores argumentos para dejarnos llevar por ella y seguir leyendo.

Pues bien, si os gustan las teorías de la conspiración, os invito a que me sigáis en la mayor teoría de la conspiración que existe, que da explicación a todo lo que pasa hoy en día, que tiene todos los componentes para mantenerte enganchado y que tiene en vilo a cientos de millones de personas en todo el mundo. Literal, y no os engaño. Todo lo que escriba aquí es absolutamente real.

Los seguidores de mi teoría reconocen que los dramas actuales de la historia mundial no son una cuestión de diferencias generacionales

Algunos bien intencionados parecen creer que las causas de la agitación actual, del mal en el mundo, son tan simples como culpa de un partido político, leyes equivocadas o empresarios corruptos. Las soluciones, imaginan, son igual de sencillas. Elijamos a los gobernantes correctos, dejemos de comprar en determinadas empresas, aprobemos las leyes correctas, y todo mejorará en España. Con esa visión, tanto los problemas como las soluciones a nuestra crisis actual son una cuestión de esfuerzos humanos. La utopía está siempre en las próximas elecciones.

Creemos que detrás del escenario de los acontecimientos de hoy en día se libra una brutal batalla entre el bien y el mal

Sin embargo, esas personas se equivocan. Los seguidores de mi teoría reconocen que los dramas actuales de la historia mundial no son una cuestión de diferencias generacionales, mala filosofía, teorías económicas, interpretaciones constitucionales o afiliaciones políticas. Mis compañeros conspiranoicos y yo, reconocemos que los hechos de nuestro tiempo no son causas tanto como síntomas. Porque los dramas de la historia no son más que manifestaciones temporales de la batalla entre los espíritus de la época y otras jerarquías. Mi teoría de la conspiración viene descrita en el Apocalipsis de San Juan, es el libro más impreso en la historia de la humanidad y nosotros nos llamamos, entre otras muchas cosas, cristianos. 

Creemos que detrás del escenario de los acontecimientos de hoy en día se libra una brutal batalla entre el bien y el mal. Las figuras humanas que parecen tan importantes en las decisiones mundiales, y objeto de nuestras iras, no son a menudo más que peones de fuerzas mucho más poderosas y ocultas. A cambio de poder, dinero o fama, estas almas se han rendido a seres malvados mucho más horribles de lo que incluso ellos mismos pueden comprender. Por corruptos que sean estos hombres y mujeres, no son el verdadero enemigo. San Pablo es inequívoco: “Porque no luchamos contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernantes del mundo de las tinieblas actuales, contra las huestes espirituales de maldad en los lugares celestiales” (Efesios 6: 12).

Lo que llamamos “realidad” es sólo una pálida sombra de realidades superiores. Los ángeles, los arcángeles y los ejércitos demoníacos no son invenciones supersticiosas de una época más ignorante. Son muy reales. Más incluso que nosotros, aunque es sorprendente ver cuán pocos, incluso entre los católicos, creen en ellos. Sí, las entidades espirituales son reales, tanto las angelicales como demoníacas. E incluso en este momento, estos espíritus titánicos están enzarzados en un combate aterrador y que altera el mundo. Quizá en algún momento el lector se anime a leer la historia del mundo angélico descrita en la Biblia, inspiradora de legendarias historias como “El Señor de los Anillos” o “Las Crónicas de Narnia”, cuyos autores, Tolkien y Lewis, entendieron perfectamente “de qué iba la cosa”.

Lo único que nunca debemos hacer es creer que no importamos

¿Y nosotros qué pintamos en esta teoría mía de la conspiración? ¿Seríamos como víctimas en todo esto? ¿Estaríamos sujetos a los caprichos de estos seres superiores? No, en absoluto, ahí es donde viene la parte esperanzadora de nuestra conspiración.

El mal esclaviza nuestra libertad, y lo estamos viendo estos días de forma descarnada, como nos vamos deslizando por una pendiente que ya sabemos siempre donde acaba. Aquellos que se alían con él renuncian a su propia voluntad. Pero la bondad, en cambio, libera. Mediante la libertad, podemos entrar en este gran combate cósmico, uniéndonos al sacrificio de Cristo y aliándonos con las fuerzas de la luz. Podemos, a través de nuestras acciones, oraciones, sacrificios, ayudar a los ejércitos de los ángeles en su lucha contra el gran destructor. También, sin embargo, podemos aumentar la medida del mal a través de nuestros pecados de lujuria y calumnia, nuestra indiferencia, nuestra debilidad o nuestra cobardía. Lo único que nunca debemos hacer es creer que no importamos.

No cometamos el error de creer que nuestros problemas son mera cuestión de leyes y políticos, medios de comunicación o empresarios. Estos hombres son más dignos de nuestra pena que culpables.

La realidad de los acontecimientos actuales no es lo que te dirán en las noticias. Tiene un alcance verdaderamente cósmico: una batalla entre el bien y el mal que llega a las alturas más altas del cielo. 

Y es hora de que cada uno de nosotros elija nuestro lado.

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