Era un gélido atardecer de enero de 2003 cuando el que suscribe y mi septuagenario padre paseábamos por las desiertas calles de Huningue, pequeña ciudad alsaciana de la periferia de Basilea, en la orilla francesa del Rin. De repente, un par de bolas de nieve nos pasaron rozando. Me di la vuelta para descubrir a tres o cuatro africanos que, con gestos amenazadores, nos gritaban «¡Blancos de mierda, os vamos a matar!». El prudente autor de mis días se alzó el cuello del abrigo y me dijo: «Calla y sigue andando». Afortunadamente, menos de un minuto después aparecieron nuestros compañeros de trabajo y entramos en el restaurante donde habíamos quedado para cenar. «Luego se extrañan de que cada vez más gente vote a Jean-Marie Le Pen», sentenció uno de ellos que, por cierto, era concejal socialista en su pueblo de Lombardía.
Más o menos por la misma época, un amigo me había hablado de una vecina de su barrio, muy izquierdista ella, que le afeaba sus opiniones poco favorables a la inmigración. Tras unos cuantos años sin verla, volvió a encontrársela. «¡Qué razón tenías! Es más, te quedaste corto. Ahora no hay nadie que me gane a racista». El motivo de la malvada metamorfosis era que la buena moza se había casado con un zimbabuense blanco, de ésos que antes se llamaban rodesianos, y el amor le había llevado a establecerse en el país de su marido. Pero pocos años después estaban haciendo la mudanza para venirse a España huyendo de la violencia y el caos inenarrable que les hace la vida imposible sobre todo a los blancos. Historias muy parecidas a ésta las cuentan infinidad de surafricanos que en las últimas décadas han regresado a los países, principalmente Gran Bretaña y Países Bajos, de los que salieron sus ancestros.
Muchas monjas que han dedicado su vida a la asistencia religiosa, educativa y médica en países africanos pueden atestiguar el odio que, a pesar de ello, les tienen muchos de sus beneficiados; y del odio todavía mayor que se tienen entre ellos según fronteras políticas, tribales o étnicas. No hay más que recordar lo de Ruanda en 1994, que estuvo lejos de ser una excepción: las masacres entre africanos han existido desde hace milenios y seguirán existiendo hasta el final de los tiempos. En las últimas semanas han dado buena prueba de ello los surafricanos cazando por las calles a inmigrantes de países vecinos, tan negros los unos como los otros, aunque probablemente ellos capten matices cromáticos que a nosotros nos pasan inadvertidos. Pero eso ni indigna a nadie ni sale en prensa y televisión. De ese privilegio gozan sólo los malvados blanquitos a los que se les ocurre pronunciar las blasfemas palabras «prioridad nacional».
Las penúltimas novedades, por el momento, han sido los disturbios, los saqueos de comercios, los cientos de vehículos incendiados, los dos fallecidos, los 890 detenidos y los 178 policías heridos en París tras la victoria balompédica del PSG. Evidentemente, no es el fútbol el motivo de la violencia, sino la impunidad que procuran cientos de miles de personas ocupando ruidosamente las calles de la ciudad. Porque, como ha sucedido en otras ocasiones con otras excusas, en cuanto las masas en movimiento posibilitan el anonimato, emergen los delincuentes, los vándalos y los que odian la sociedad que les acoge. Y junto a ellos, los francesitos endófobos, que tampoco faltan, como en todos los países de nuestra suicida Europa.
Innumerables grabaciones han circulado por las redes sociales para ocupar el vacío que dejan unos medios de comunicación de masas sumisos a un poder interesado en que ciertas informaciones no lleguen al público para evitar el ascenso de opiniones heterodoxas. Entre esas grabaciones, merece especial mención la de las palabras de un norteafricano exultante por los disturbios:
“Aquí estamos argelinos, tunecinos, marroquíes, senegaleses… ¡Marine! ¡Marine! Hemos tomado París más rápidamente que el ejército alemán en 1940. ¡Lo hemos conseguido en tres horas!”.
Esto no tiene nada que ver con la inmigración ilegal. La inmensa mayoría de esos revoltosos incendiarios que, en cuanto el número se lo permita, ejercerán de revolucionarios decapitadores, son franceses nacidos en Francia, de carné de identidad francés e hijos y nietos de franceses. Pero nunca serán franceses porque odian a Francia y porque sus vínculos étnicos y nacionales son otros.
Es así de simple. Por eso es absurdo seguir hablando de inmigración ilegal como si ése fuese el único problema.