Ya cuando oigo el tapabocas de “facha” lanzado contra la más tímida expresión de alegría por ser español, con toda la carga asociada, no pienso que sea una estupidez; ni siquiera me detengo a pensar que es el más bajo y perezoso de los trucos para detener en seco cualquier argumento. Me apena el daltonismo que refleja, la chata bidimensionalidad óptica, el escenario viejuno, desvanecido, en el que cree vivir quien lo pronuncia.
Porque el soberanismo que despunta es menos y menos político, menos y menos ideológico cada día. Es metapolítico, por ponernos pedantes. No es el de un tipo que reivindica el Rosellón y la Cerdaña, sino el anhelo reprimido de quien quiere tranquila, serena, gozosamente, sin discusiones, celebrar que tiene patria y raíces.
El común puede agitar banderas y cantar himnos llegado el momento, pero no es lo suyo, no es lo que le tira. Por eso es tan idiota lo de “facha”. No, la mayoría no son fachas, ni de lejos, aunque se les puede empujar a aceptar resignados la etiqueta para que les dejen en paz.
Es solo que no quieren odiar lo que son; a veces, casi en secreto, quieren alegrarse de serlo, compartirlo con otros. Sin banderas de partidos, sin himnos. Con cosas mucho menos marcadas, mucho más modestas; cosas que hace muy pocos años no hubieran levantado ninguna ceja izquierdista: comer juntos comida de siempre, cantar juntos canciones de la tierra, incluso modernas.
No quieren significarse. A veces, porque no quieren que se les confunda con algo político. Otras, porque no es lo que les nace, no están cómodos en una manifestación, les huele a algo que es mucho más complicado y mucho menos sutil de lo que quieren realmente expresar.
Puede ser en un partido de fútbol, puede surgir en una boda. Todo es normal, pero hay en los ojos un brillo de mutuo reconocimiento y la excitante sensación de estar haciendo algo prohibido mientras se hace algo normalísimo.
Hay una marca francesa que se llama el Canon Français, que empezó vendiendo prendas de ropa, sobre todo camisetas. Cero agresividad ideológica, pero también cero complejo de ser francés. Pero ahora las camisetas se han convertido casi en un negocio menor de la marca; ahora lo que está arrasando es la organización de gigantescos banquetes donde se reúnen cientos en mesas larguísimas y comen comida muy francesa y cantan canciones francesas. Es tan inocente como eso, pero se ha convertido en un éxito extraordinario y en un escándalo para el intelectual biempensante de izquierdas, que prefiere lo halal.
No es especialmente barato, aunque la comida es bastante buena y el vino sin tasa va en el precio. Pero no es comer lo que pagan, o no solo. El ‘pelotazo’ del Canon Français consiste en vender alegría clandestina. Y esa es la parte triste de su éxito: hoy uno parece significarse políticamente por preferir la paella al couscous o por hacer el tonto al son de Paquito Chocolatero.
Las identidades compartidas se han construido con rituales, no con argumentos. La nación existe cuando la gente canta las mismas canciones, come en la misma mesa, se ríe de las mismas bromas y comparte recuerdos.
No hay proclamas políticas; ni siquiera un nacionalismo agresivo, abiertamente heroico o militante, solo alegre. Y eso es lo que está poniendo a la izquierda al borde del colapso nervioso: huelen que hay algo “herético” en todo esto, que ser tan francés no puede ser inocente; pero es difícil señalar exactamente qué. ¿Comer cerdo, quizá? ¿Corear canciones de Mireille Mathieu? La izquierda respiraría, aliviada, si les viera haciendo el saludo romano o cantando «Maréchal nous voilà!». Pero no, no son los jóvenes “enragés”, solo veinteañeros y treintañeros cantando, brindando, bailando y comiendo productos regionales. La emoción dominante no es la ira sino la felicidad compartida.
Porque ser francés, verdadera y orgullosamente francés (o español, o alemán, o inglés) está empezando a ser una actividad de catacumbas alegres.