Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.

Cuando en 1895 Kipling le dedicaba a su hijo John el famoso poema estoico If, miles de jóvenes de esa y futuras generaciones lo imprimieron y colgaron en sus habitaciones. “Tuya es la tierra y todo lo que hay en ella”, prometía el padre a su hijo si era capaz de “mantener la cabeza en su sitio cuando todos a su alrededor la perdían y (encima) le culpaban a él” , además claro, de otras cosas como por ejemplo “ser odiado y no sentir odio, ser engañado y no sentirse engañado” . El poema terminaba con un grito, una promesa que metía el dedo en lo más profundo del alma del niño: “y lo que es mas, ¡serás un hombre hijo mío!”.

La visión clásica del héroe era una persona calmada, equilibrada, segura de sí misma. Una persona crecida con el abono del poema de Kipling. Por supuesto, poca gente puede decir que posee esas virtudes, todos somos proclives a la sobreactuación, a los argumentos emocionales, pero la clave es que todavía luchamos por ser mejores. Queremos ser ese héroe, ese que tiene la cabeza fría, un alma tranquila, mirada serena y lengua afilada. 

Pero hoy el estereotipo es todo lo contrario. La rabia justiciera, la reacción emocional, la superioridad moral que la niña Thunberg muestra ante la ONU es la nueva palanca de poder. El nuevo héroe es aquél que “se enfrenta a los poderosos” (ese cliché indefinido), que muestra su opresión enrabietado, manteniéndose alerta para señalar a aquellos que le han oprimido históricamente a él, o, mejor aún, a sus antepasados. El significado de “valor” ha sido retorcido de tal manera que lo que impera ahora es la mentalidad de víctima. Y ¿cómo no iba a ser así, si hoy por hoy el victimismo es un arma poderosa?. El argumento total ya no es la formación, sino la condición. Ya no escuchamos “desde mi experiencia como Ingeniero…” sino “desde mi condición de Trans…”.

El gobierno de las microvíctimas convierte las emociones en armas, por encima de los datos. Es la nueva normalidad, en la que la superioridad moral no depende de los hechos, sino de tu nivel de rabia.

La hipersensibilidad que nos ha infectado la vemos cientos de veces a diario. Una respuesta negativa equivale a violencia física, un tweet antiguo puede ser motivo de la ruina profesional y pública de alguien. Y un pronombre mal colocado puede motivar las iras de la masa. El gobierno de las microvíctimas convierte las emociones en armas, por encima de los datos. Es la nueva normalidad, en la que la superioridad moral no depende de los hechos, sino de tu nivel de rabia. Cuanta más rabia demuestres, más auténtico pareces, y cuanto más auténtico parezcas, más altura moral tienes.

El problema, claro, es que aquí podemos jugar todos. Si yo soy hombre, blanco, heterosexual y español, mis antepasados y yo somos opresores de unos 100 ó 200 colectivos. Ahora bien, soy huérfano, mido 175 cm, tengo los pies planos y tengo, injustamente, los ojos marrones, encajo en algún colectivo oprimido seguro. Y si no, me lo invento: en los disturbios raciales de los últimos meses en Estados Unidos, los miembros del Antifa y el movimiento Black Lives Matter eran, en su mayoría, de raza blanca.

¿Qué hay detrás de todo esto?. Me atrevo a afirmar que no es casual. Lo que comenzó a principios del siglo XX con el materialismo histórico, la lucha de clases, la revolución de las víctimas obreras frente a sus patrones, se demostró una enorme palanca de poder: identificar (o crear) un colectivo de víctimas, decirles que lo son, y ponerse al frente para guiarles hacia la liberación. Naciones enteras han caído en esta trampa, y la trampa consiste en que tu condición no te define. Que seas víctima no te define. Así, los que pretenden liberarte, realmente te están esclavizando a una parte muy pequeña de ti, están obligándote a que tú mismo te reduzcas a esa condición que te hace víctima y entonces ya eres suyo porque no te queda nada más.

Quizá por ello le decía Kipling a su hijo que la tierra sería suya si, en vez de elegir ser microvíctima ante cada ofensa, era consciente de su propia dignidad, muy superior a sus sueños, a sus triunfos y fracasos, al cansancio, a la incomprensión, a la pobreza. Quizá porque sabía que ser víctima le inmovilizaría ante la espera de una justa reparación, pero saberse digno le obligaría a reclamar lo que por naturaleza era suyo.

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