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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La Navidad expropiada

7 de enero de 2016

Sin lugar a dudas uno de los momentos más épicos de Guerra y paz se produce en la Batalla de Borodinó, donde Tolstoi sumerge de lleno al lector en el conflicto entre La Grande Armée francesa, que había iniciado la invasión de Rusia en 1812 y las tropas del tsar Alejandro I, quien había proclamado la Guerra Patriótica en defensa de la Madre Patria. Instantes antes de la batalla, Napoleón observa desafiante en la llanura a la Rusia Imperial, cuyos fundamentos de tradición y cristiandad ha de socavar para reconstruir una nueva Europa. Vislumbra una nueva civilización occidental, ajena a lo trascendental y beligerante ante lo religioso. Habrá que implantar una nueva religión monoteísta, siendo el materialismo y las evidencias empíricas sus verdades reveladas y cuyo único dios será el relativismo.

 

“Una agresión al Papa y a la democracia” .En una celebérrima carta enviada al Corriere de la Sera, el entonces presidente del Senado italiano Marcello Pera denunciaba “una gran lucha del laicismo contra el cristianismo”. El intento de abolición de la tolerancia en nombre de la tolerancia es una amenzada real. Es un relativismo que primero ridiculiza al cristianismo y después en nombre de una falsa racionalidad, quiere quitarle el espacio que necesita para respirar.  Entendiendo lo “público” no como algo de todos, sino como algo sujeto a determinados intereses de clase e ideología, se pretende excluir de este ámbito la más mínima muestra sospechosa de fervor religioso.Tal es la agresividad de esta nueva religión, que fue descrita pintorescamente por la revista alemana Der Spiegel como “la cruzada de los ateos”.

Ada Colau es la imagen amable de este nuevo laicismo excluyente. Detrás su cara sonriente y sus discursos llenos de buenas intenciones, ha actuado como una maquinaria de relojería suiza contra la religión. Primero, excluyendo la Misa de los actos oficiales de la Mercè y luego ha proseguido con su archifamoso “pesebre laico” o la celebración del “Solsticio de Invierno” (será que eso de llamarle Navidad es de carcas y casposos). A pesar del halo de tolerancia y buenismo con que se quiere maquillar la medida, esta  contiene un fondo perverso: la religión católica no tiene nada que aportar en una sociedad pretendidamente moderna y progresista, por lo cual es mejor que sea ignorada por las generaciones venideras. Otra idea de fondo es que por sí misma es ofensiva, siendo objeto de vergüenza y merecedora de ser relegada al baúl de los recuerdos.

Este nuevo  laicismo, con tintes buenistas, es más difícil de encarar que el anticlericalismo de antaño. Mientras el anterior adquiría tintes violentos y belicistas, léase quema de conventos y paliza al párroco de turno, el actual apela a la tolerancia y a la libertad, más ¿quién puede oponerse a tan nobles valores? Tan sutil es que pasa no sólo pasa inadvertido para gran parte de la sociedad, sino hasta  un número nada despreciable de creyentes han sido presa de dicho embrujo.

 

Recientemente, hemos vivido la expropiación ideologizada de la Cabalgada de Reyes, proclamas antimonárquicas de Don Melchor incluidas, que va  camino de convertirse en una herramienta propagandística del Politburó de turno. Puede parecer un hecho anecdótico; no lo es. No sé si Carmena o Colau tuvieron navidades de pequeñas o si en lugar de venir Santa Claus, venía Karl Marx y les regalaba el Manifiesto Comunista. Tampoco me importa. Lo que sí es evidente es que nos encontramos ante la intromisión del poder político en partes de nuestra vida que a priori deberían permanecer ajenas a él.  Esta revolución silenciosa es incluso más perniciosa que las afrentas napoleónicas, ya que ante el enemigo de antaño teníamos capacidad de reacción. Actualmente, permanecemos impasibles ante la perturbación de nuestras almas. De nosotros depende impedir que el statu quo se apodere de la última esfera privada de nuestras vidas. Recuerden, quien calla otorga. 

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