Necesitas referencias
Necesitas referencias
Por Itxu Díaz
6 de noviembre de 2025

Quienes me conocen saben que tengo un talismán. No el de Rosana, sino un póster de John Wayne armado, con aspecto de no querer pagar el whisky que ha bebido en la cantina. Recurro a él cuando la cosa se pone fea. Me ha acompañado allí donde he ido instalando mi despacho a través de los años, y si la gente al verlo lo considera un gesto de incómoda hostilidad hacia el mamoneo, me parece bien, porque de eso se trata. Cuando era más joven, el talismán era un póster de un universitario John Belushi bajándose a morro una botella de Jack Daniel’s. Sin embargo, hace ya años que, si acaso, prefiero ser yo John Belushi y que mi guardaespaldas sea El Duque. 

Cuando más efímero e insubstancial se vuelve el mundo, cuando más pasajeras son las modas, y cuando más abstraídos estamos en la inmediatez de los shorts, más necesario resulta echar un pie a tierra firme. Igor Paskual y Josu García escribieron hace años El último clásico para Loquillo y la canción cayó pronto en el olvido porque nos arrasó la pandemia cuando acababa de salir del horno. La letra, además de ser un magnífico traje a medida para El Loco, encierra un montón de verdades y rebosa sensatez: «en el mundo posmoderno / no han dejado nada eterno»; «lo normal, es radical»; «en un mundo de apariencias / necesitas referencias».

Antes de que algún cursi popularizara lo de «el clásico» para referirse al partido entre el mejor club del mundo y el de Negreira, el término clásico se adjudicaba sólo aquellos personajes y obras capaces de sobrevivir a los vientos caprichosos de las tendencias. Nadie echa en falta aquella música que solo era eficaz acompañada de LSD, el bakalao, y nadie se acuerda de que hubo un tiempo aciago en el que la mayoría de los jóvenes sentían la necesidad de llevar una riñonera fosforita, como si llevaran ahí la caja de herramientas por si hubiera que solucionar un atasco en las tuberías en cualquier momento. Son cosas que pasaron y de las que no podemos sentirnos especialmente orgullosos, más bien nos sentimos supervivientes a ellas. Algo así como los frikis de Crónicas Marcianas, o los especímenes del submundo que convocaba cada noche Pepe Navarro, los resultados de fútbol en teórico tiempo real en el Teletexto, o el MiniDisc de Sony que iba a revolucionar para siempre nuestra forma de escuchar música.

Lo viral es cada vez más breve. Y cada vez deja menos huella. El mundo posmoderno se devora a sí mismo con increíble ferocidad. Y entretanto, ahí sigue mi John Wayne en la pared, desafiante, siempre dispuesto a repetirme, cuando me ve perdido, aquel célebre «la vida es dura, pero es más dura si te comportas como un estúpido». Los clásicos no son amables. No son fáciles. Si algo les ha hecho perdurar a través de los siglos es su hostilidad, pero no como vicio malicioso, sino como consecuencia de su franqueza. Los grandes clásicos, desde su cercana lejanía, nos hablan con crudeza, a veces con violencia, son un poco como León Bloy, pero como León Bloy inmediatamente después de pillarse el dedo gordo con la puerta del coche. 

No seré yo quien señale a qué debe aferrarse cada cual. Y tampoco caeré el juego cansino del abuelo cebolleta denunciando que los jóvenes ahora no valoran aferrarse a referentes importantes; aunque sea cierto a medias eso tan elocuente que canta Leiva en su nuevo disco: «los chavales ya no quieren canciones tristes / sólo necesitan un iPhone». Sea como sea, la falta de referentes relevantes no es una epidemia exclusiva de juventud. Después de todo, en esta jungla de la inmediatez empantallada vivimos todos. En la jungla política donde la mentira y la verdad son conceptos superados, se toman las decisiones que afectan a cada uno de nosotros. En el magma cultural extenuante en el que se discuten hasta las verdades científicas más elementales de la biología, no están los críos, estamos todos. Y lo único seguro es que, si alguna esperanza hay de supervivencia intelectualmente digna a estos días de histeria, farsa y frustración, con permiso de la gracia de Dios, la encontraremos en los grandes referentes, en esas influencias morales e intelectuales que desde el siglo que les haya tocado vivir, todavía nos hablan a través de un libro, de una película, o de una canción, y nos zarandean la conciencia para que al menos no nos volvamos del todo gilipollas.

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