«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Necropedagogía

27 de abril de 2026

El 28 de octubre de 2007, el Congreso de los Diputados aprobó la comúnmente conocida como Ley de Memoria Histórica. Su verdadero nombre era otro: Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Tres lustros después, el PSOE amplió el espectro de una ley que le había dado mucho rédito. Esta vez, el oxímoron se transformó en Memoria Democrática. Los resultados de ambas leyes son bien conocidos. Zapatero logró lo que buscaba: la división entre españoles.

Sin embargo, tres lustros después, y a pesar del estirón legislativo de 2022, el antifranquismo retroactivo ha disminuido notablemente entre los jóvenes. Algo lógico, por otra parte, pues esa incierta franja de edad la conforman los bisnietos de los combatientes. Unos bisnietos que, en la inmensa mayoría de los casos, llevan en su caudal sanguíneo sangre roja, pero también azul. Azul del bando denominado nacional, ese que, por cierto, designó a Juan Carlos de Borbón sucesor a título de rey de Francisco Franco, personaje central en la historia reciente de España.

Medio siglo después de la muerte del general gallego, el Año Franco no acabó de funcionarle al yerno de Sabiniano Gómez. Sin embargo, en Ferraz siguen creyendo que la veta Franco se puede seguir explotando. Por ello, el PSOE ha decidido presentar mociones en el Congreso de los Diputados y en el Senado para, dicen, visibilizar a las víctimas de un modo pedagógico. El método elegido es de lo más directo, de lo más macabro: los estudiantes de ESO y Bachillerato visitarán «espacios didácticos», entendiendo por estos «fosas comunes, campos de concentración, cárceles, etc.». Con ello, el partido surgido en el tardofranquismo para culminar muchos de los procesos emprendidos por el franquismo, pretende acabar con lo que llama «revisionismo histórico». El PSOE trata de establecer una verdad oficial incontrovertible que neutralice a los algoritmos y a los influenciadores que, a la manera de Sócrates fachas, corrompen a nuestra juventud.

Impregnada de grandes dosis adoctrinadoras, las mociones buscan que los jóvenes «no incurran en los errores que personas de otras generaciones cometieron en el pasado» y, por supuesto, evitar que estos, por ignorancia, acaben seducidos por el fascismo. Vana ilusión, pues fascismo es todo aquello que no encaja en el programa del PSOE, que cuenta con ERC entre sus principales socios. Y si de recordar se trata, no está de más rememorar a aquellos escamots verde oliva de inspiración mussoliniana, que dieron forma a las juventudes del partido de Oriol Junqueras. Por otro lado, si la tortura se considera un «error», los estudiantes deberían visitar esas chekas en las que no se respetaban los hoy tan invocados Derechos Humanos.

Con esta nueva ofensiva, el PSOE trata de meter en vereda a esos jóvenes que, ajenos a la dogmática sanchista, andan preocupados por obtener una vivienda o un sueldo decente, en lugar de luchar contra el omnipresente fascismo. Para ello, nada mejor que integrarlos en esta variante educativa que sirve de soporte al despliegue de toda la propaganda gubernamental, pero no sólo, pues su aprobación conllevará asumir también toda la verborrea secesionista. La estrategia es evidente. El riesgo que conlleva, también. En términos psicológicos se llama reactancia. En términos populares: «Lo prohibido es lo más apetecido».

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