«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

No era esto

7 de octubre de 2025

Hay un restaurante en la capital del reino en el que es im-po-si-ble reservar desde hace meses sino años. Es cierto que no lo he intentado personalmente: me resulta indigno estar una lista de espera de ese tipo. Les cuento esto porque el asador homenajea con su nombre (y su carta) la herencia uruguaya de la propietaria. Se llama «Los 33» en honor a los Treinta y Tres Orientales, los héroes independentistas liderados por Juan Antonio Lavalleja que, en 1825, reconquistaron la Banda Oriental de manos brasileñas, culminando el proceso de independencia.

A diferencia de lo que ocurrió en otros lugares de Hispanoamérica, la independencia del Paisito no fue directamente de España sino que el territorio pasó de formar parte del Virreinato del Río de la Plata a caer en manos lusas cuando, en 1816, habiendo hecho frente a las autoridades españolas y vencido en la Batalla de las Piedras, fuerzas portuguesas invadieron la Banda Oriental, anexionándola como la Provincia Cisplatina bajo el Imperio de Brasil. La creación de la República Oriental de Uruguay, libre entonces tanto de España (cuyo control había cesado efectivamente en la región) como de Brasil, se consolida con la Convención Preliminar de Paz firmada con mediación británica tras la Guerra Cisplatina.

Celebrar la tradición culinaria rioplatense en el corazón de Madrid está muy bien; hacerlo recordando a «los 33» se me antoja casi tan rocambolesco como si el garito de moda de la capital se llamara «Puigdemont & Otegui». 

Más. En diciembre del año pasado, recordarán, la ciudad de todos los acentos acogió —encima de madre patria ponemos la cama— el pasacalles y la recepción oficial de la embajada de Perú que conmemoraba el 203º aniversario de su independencia, con su preceptivo escarnio y pitorreo. 

Y con esto llegamos a los fastos del Día de la Hispanidad de 2025 donde el carnaval indigenista auspiciado por el ayuntamiento de Madrid o la exclusión de la bandera de España en el cartel promocional de Valencia no han pasado desapercibidos.

En los últimos años historiadores, intelectuales y cineastas de los dos lados del Atlántico están realizando un esfuerzo ímprobo para acabar con la leyenda negra en torno a la Conquista de América. El motivo es absolutamente legítimo (al margen del amor a la verdad): posiblemente una de las únicas vías para España e Hispanoamérica frente al globalismo o la anglosfera —valga la redundancia—, ese capitalismo transnacional que destruye las identidades de la misma manera que acaba con la libertad, sea la Hispanidad. 

El término, acuñado por Vizcarra en 1920 para sustituir el Día de la Raza que había surgido en Argentina, encuentra feliz acomodo en cuanto que define el régimen político de los distintos pueblos españoles en ambos hemisferios. Gambra decía que la Hispanidad era la prolongación de la cristiandad medieval en el mundo hispánico y el profesor Miguel Ayuso la explica como la encarnación política de una fe comunitaria desarrollada en una cultura admirable (el Barroco es el modo cultural de hablar de la civilización hispánica). 

Otra Ayuso, esta vez Isabel, desconoce quizá que los españoles no fuimos a América para traernos América a España, sino para vivir allá otras formas de ser español. Y esto puede decirse con la cabeza bien alta por cuanto la Monarquía Hispánica vincula a los pueblos de ultramar bajo el concepto de igualdad propio del humanismo español, que no del igualitarismo. Lo que Isabel la Católica entendió con una inteligencia finísima y una audacia admirable, otra Isabel, esta vez Ayuso, ha decidido recorrer en dirección opuesta. Y como tal, resulta estulto y cobarde.

La Hispanidad no es lo que hay después de las revoluciones independentistas, masónicas ou pas, no son las iglesias de garaje, ni la colonización cultural norteamericana. Tampoco es la España europeizada.

Si Ramiro de Maeztu, santo patrón de esta casa, levantara la cabeza estos días, exclamaría aquello de «no era esto» de Ortega, su enemigo íntimo.

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