«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

«No es la causa»

22 de octubre de 2026

Una chica inconfundiblemente francesa de cepa ha hecho derramar ríos de bits por un vídeo en el que se la puede ver tratando de detener a unos amotinados de origen dudosamente galo entregados al pillaje. Desesperada y llorosa les pide a gritos que se detengan mientras les advierte: «Ce n’est pas la cause!», «no es la causa», en el sentido de la razón de la protesta.

¡Ah, la causa, la sagrada causa de la izquierda! ¿Y cuál es la causa, en los dos sentidos del término, de lo que ha incendiado las calles de Francia? Pues depende de quién lo interprete.

La señorita del vídeo ha servido para ridiculizar en muchos la ingenuidad de una izquierda que se ha aliado con los ‘nuevos franceses’ dando por válidas todas la trasnochadas tesis del Buen Salvaje. Viéndoles salir de las tiendas con las manos llenas de inesperados regalos es difícil dudar de la elemental intención de los asaltantes, muy alejadas de cualquier ideología. El impulso de conseguir gratis artículos caros no exige sesudas explicaciones, por más que parezca sorprender a nuestra inocente dama.

Quien se haya hartado de ver vídeos en las redes tendría que ser terminalmente daltónico para no advertir el aspecto poco europeo de algunos de los más entusiastas adeptos de la destrucción y el pillaje

Nunca dejará de admirarme el éxito de una propaganda de siglos que nos predispone de primeras a ponernos del lado de la revuelta.

No hablo del juicio posterior, pausado, en el que vemos qué casa con nuestra visión y qué no; me refiero al acto reflejo de ver a unos tipos alzados en la calle y, sin necesidad de contexto, tender a pensar que son los buenos. Una sociedad moderna basada en una algarada parisina, al final, parece haber instalado en la psique de las masas una asociación automática casi romántica que se refleja en La Libertad guiando al pueblo o en el éxito de Los Miserables.

La realidad siempre es mucho más turbia. La presencia desproporcionada e inocultable de inmigrantes (de primera, segunda o tercera generación) en las escenas más violentas de la revuelta ha llevado a algunos a ver en ella la primera salva de una guerra étnica en suelo europeo, o una triunfante demostración de fuerza del islam.

No lo creo. Creo, sí, que el aspecto étnico ya va a teñir indefectiblemente todos los fenómenos políticos de este tipo en Europa, y muy especialmente en Francia. Pero dudo que los nuevos franceses en general y los islamistas en particular estén haciendo otra cosa que aprovecharse del caos, no dirigirlo.

La revuelta es hija de una izquierda desesperada que explota un descontento popular genuino entre los franceses ante el agotamiento de un modelo de bienestar social que no da más de sí. Muchos fuera de Francia tratan de editorializar a favor de la protesta llamando la atención sobre el deplorable estado de la educación francesa y, en general, sobre el deterioro de los servicios públicos. Las algaradas estarían justificadas, pretende esta opinión generalizada en los medios, porque la educación (y todo lo demás) necesita más recursos.

Esto es completamente absurdo. Francia tiene uno de los Estados del Bienestar más generosos y mejor financiados del mundo. Ese presupuesto educativo que se juzga criminalmente insuficiente es superior a lo que gasta en esa misma partida la mayoría de los países europeos. Francia tiene sanidad gratuita, baja parental pagada, guarderías gratuitas, cinco semanas de vacaciones pagadas, semana laboral de 35 horas, generosos subsidios de desempleo y ayudas a la vivienda, entre otras muchas prestaciones. Cuando cayó la Unión Soviética, su Estado representaba el 50% del PIB soviético. En el caso francés, la proporción es del 57%.

Y no hay para todos. El bono francés cotiza ahora casi a la par de los bonos basura, porque el inversor no quiere seguir prestando a un Estado que gasta como un marinero borracho mientras su productividad se estanca.

El francés está acostumbrado a cambiar la deriva política en la calle más que en las urnas, y el historial de lo que han conseguido quemando cosas no es malo. Y con las presidenciales a tiro de piedra ningún político va a salir al balcón a decirle a la masa enfurecida que no hay más cera que la que arde.  

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