Los pensadores políticos llevan desde Platón devanándose los sesos para encontrar un sistema tan felizmente diseñado que haga la felicidad del pueblo sin que importe mucho de qué pueblo estemos hablando. Y ese es el error.
No importa cuál sea su sistema político preferido, se lo digo desde ya: no sirve para cualquier comunidad. Ese es el secreto que guardamos celosamente los reaccionarios. ¿Monarquía o república? Pues depende. En general, tengo una clara preferencia por la monarquía (la de verdad), pero no la querría para la Serenísima de Venecia o para Suiza.
John Adams, segundo presidente de Estados Unidos y uno de los venerados Padres Fundadores, lo clavó cuando advertía: «Nuestra Constitución se hizo solo para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro». Supongo que la adecuada para un pueblo inmoral y ateo sea la de Vlad el Empalador.
Ese es el primer problema de la democracia, que necesita una mayoría de demócratas entre la gente, de decir, de ciudadanos conscientes de sus derechos, celosos de sus libertades y que elijan a sus representantes precisamente porque representan las ideas y propuestas que esos ciudadanos defienden, no teniendo el menor problema para retirarle el voto cuando el político haga algo distinto a lo que dijo. Sin segundas oportunidades, porque una de las premisas de la democracia es que lo importante son las ideas, los principios, los programas. Los hombres son siempre prescindibles, y el día que dejan de serlo deja de haber una democracia. El líder predestinado, el césar, pertenece a otro sistema.
Y de eso aquí no tenemos. Aquí las prioridades van al revés: lo primero es el líder, luego su partido, en tercer lugar la ideología y, ya si eso, en último lugar, los principios.
A los romanos que aparecieron por estas costas en tiempos de Escipión les sorprendía la costumbre de los guerreros íberos de ligarse de por vida con un solemne juramento a un caudillo hasta el punto de que, si este caía en combate, se hacían matar ellos mismos. Lo llamaron «devotio hispanica», y dura hasta nuestros días casi intacta.
Los políticos son como los niños: si quieres que se comporten bien y lleguen a ser hombres de provecho, tienes que crear para ellos un sistema consistente de incentivos y desincentivos. Castigar medianamente el error e implacablemente la mentira, así como premiar la consistencia, la honestidad y la eficacia. Y es lo que no se hace, con lo que tenemos unos políticos mimados que prefieren camelarnos con las carantoñas de la demagogia que mantener sus promesas.
Porque el problema en España no es que los políticos engañen, sino que el engaño no se castiga, no tiene consecuencias.
El PSOE ha convertido la mentira y el abuso de poder en un método de gobierno. Negar pactos que luego se firman, jurar líneas rojas que se cruzan con naturalidad, presentarse como garante de la Constitución mientras se negocia su vaciamiento por la puerta de atrás. Y, sin embargo, ahí sigue, con una base electoral suficiente para sostenerse. Es nuestro chico, y se le perdona todo.
Y si el PSOE ha optado por la elasticidad moral, el PP ha perfeccionado el nihilismo, el ateísmo político, el grouchismo de los principios. Ser, en definitiva, una estructura de poder más que un proyecto político; una especie de molde vacío que rellenan las encuestas.
Los loquitos del lejano 15M gritaban eso de «lo llaman democracia y no lo es», y tenían razón (aunque lo que ellos soñaban tampoco lo era). No es democracia ni por el forro, no porque falten los mecanismos, sino porque faltan demócratas y sobra devotio hispanica.