Luis Montero Trénor ha sido colaborador en medios como La Gaceta, Revista Literaria Visor, El Correo de España, La Gallina Ilustrada o Diario Ya, donde se encargó de la actualidad política hispanoamericana. Con sus relatos, obtuvo diversos galardones en España, Argentina o Uruguay; además, escribió el libro sobre fútbol histórico “Tú querías ser Juanito…Y yo driblar como Rubio” (editorial Homo Legens, 2018).

No os olvidéis de Cuba 

Los revolucionarios castristas eligieron la comodidad del hotel Habana Libre -uno de  los más reputados de la capital cubana- para desparramarse por los sofás, poner pies en alto y ganar horas de sueño antes de forjar la victoria. Más de medio siglo después, paredes de zonas comunes muestran fotos de cómo aquellos hombres con barba y aspecto paramilitar ocupaban salas diseñadas para turistas estadounidenses de importante nivel adquisitivo. 

Hasta bien entrado el siglo XXI, un hombre cantaba cada noche en la cafetería de enfrente. Aquel personaje era arquitecto, pero al cabo de los años se hartó de los pocos réditos obtenidos con su trabajo (apenas dos bicicletas chinas), tiró los planos a la basura, adquirió una guitarra y cambió de vida. No se arrepintió nunca, que arrojaban mayores beneficios los dólares negros de los turistas que la labor  concienzuda y meticulosa a la que antes se dedicaba. 

Si el cliente le parecía de confianza, se sentaba en su mesa y aceptaba la invitación a cien mil copas para luego largar el sueño que aún le mantenía con sangre en los ojos: darse a la fuga, navegar encima de cualquier cáscara de nuez y llegar hasta la tierra prometida de Miami. Con infinitos giros dialécticos, dejaba bastante clara su antipatía hacia el Régimen y para referirse al difunto Fidel -que continúa presente en cada rincón de Cuba, como el olor que impregna algunas estancias y no sale ni con lejía, se mesaba los pelos de una barba inexistente. Después volvía a la guitarra y satisfacía los  deseos del ebrio turisteo con canciones del folklore revolucionario; “de tu querida presencia, comandante Che Guevara”, recitaban los labios mientras la cabeza pensaba en la otra América, en una playa donde sus compatriotas habían adoptado como propia esa canción en la que David Summers imaginó a Castro acribillado por los disparos temerosos de una niña.  

Y en esas noches tropicales, los ojos del turista (o del visitante, o del que viaja) asisten asombrados a un espectáculo de sirenas que aúllan, de automóviles de emergencia  que acuden prestos a la tragedia diaria del derrumbe de casas apuntaladas de cualquier forma. Porque La Habana se cae, porque La Habana se derrumba, porque agoniza el corazón rumbero del Trópico y porque las edificaciones tienen la malísima  costumbre de quitarle la razón al Régimen, interrumpir la madrugada y romper la bendita nocturnidad donde cada cual sueña lo que le da la gana sin que nadie pueda  imponer censuras. 

En realidad, lo que parece derrumbarse es el Sistema si hacemos caso a los cantantes melódicos que desean salir de Cuba por más corazones que dejen enterrados, a tantísima gente que habla a media voz y a lo que confirman recientes estudios: el ochenta por ciento de los cubanos no llega a fin de mes y tiene serios problemas para cubrir sus necesidades básicas. El ochenta. De cada cinco, cuatro.

Es imposible que ningún Régimen se perpetúe tantas décadas sin contar con un mínimo de apoyo popular, pero aquí basta analizar el panorama para darse cuenta de que las causas -propaganda asfixiante aparte- residen más en el miedo a las represalias, en el pánico al vecino chivato. Esto es la Revolución puesta en práctica, pasada a limpio desde un papel que siempre es capaz de aguantar cualquier proyecto absurdo. Reconozcámoslo: hasta se puede sentir un vientecillo romántico de simpatía al ver las fotos de aquellos revolucionarios armados hasta el alma, pero se pasa de golpe cuando los ojos le muestran la represión, y las prebendas de gobernantes y esbirros, y las cartillas de racionamiento, y los niños descalzos. Y cuando comprueba que sólo los apesebrados celebran el continuismo de décadas y hasta los más  partidarios miran las últimas fotos de Fidel y sienten que cada cana de aquella barba  patriarcal es símbolo, alegoría, representación casi perfecta de un gigantesco fracaso  colectivo. 

Hace no tanto -la era de Rajoy- los Estados español y cubano llegaron a un acuerdo para que algunos disidentes anticastristas abandonaran las cárceles y fueran trasladados hasta España, donde se les proporcionaría una forma digna de ganarse la vida. Como el Gobierno de Mariano incumplió (nunca supieron qué es la dignidad ni la palabra), los cubanos decidieron acampar a orillas de la Plaza Mayor y allí sufrieron escraches de niñatos podemizados y ataques que repelieron con valor. Cierta noche, uno de los acosadores vio cómo pegaba vuelta la tortilla y el muy gallina salió de allí despojado de su camiseta del Che porque nunca pudo imaginar que los hombres de verdad no se arredran ni cuando están en franca minoría, que es siempre o casi siempre. 

El Régimen nunca dudó de que la exaltación del turismo era imprescindible para la supervivencia económica. O sea, se precisaban los dólares y euros que repartían ciudadanos llegados desde el atroz infierno capitalista y a los que era obligatorio prepararles bien el mojito y dejarles una toalla limpia con forma de cisne encima de la cama. Ahora, la plaga del coronavirus fulminó los viajes al Caribe y uno se pregunta (aunque la respuesta es atroz y evidente) cómo se las habrá arreglado toda esa gente que saltaba cada noche a la calle para ganarse el pan con servicios informales al viajero, y que será de cuentapropistas ya antes ahogados por la necesidad, y cuál habrá sido el recurso de tantos que utilizaban al viajero como tabla de salvación en mitad de un sistema financiero que -con tanta economía sumergida, con tanta  separación entre lo oficial y lo real- sólo puede ser tildado de surrealista. De momento, ya sabemos que hay carestía en los productos más básicos incluidos los de higiene. Para el cubano, empieza a ser un lujo contar con pasta de dientes. 

Entre tanta necesidad y falta de libertades, hay unas mujeres que encima debieron soportar el encarcelamiento político de sus maridos, hijos o padres. En lugar de agachar la cabeza y resignarse a un triste destino, decidieron hacer frente a los tiranos, jugarse el pellejo, apelar a la dignidad, asumir el riesgo y desde entonces sufren  continua represión e incluso escraches que el lumpen convoca a la puerta de sus casas. 

Son las Damas de blanco y llevan años arrostrando las consecuencias de mirar frente a frente a las pupilas de los verdugos. 

Tienen que salir a la calle -y lo hacen sin dudarlo- porque las apelaciones a la libertad  de prensa son contestadas por el Régimen con sonoras carcajadas. El comunismo -o monopolio económico e ideológico por parte del Estado- alcanza aquí su máxima expresión y no existe un solo medio siquiera neutral. Todos, al servicio del poder. 

Por eso ninguno cuenta historias como la siguiente: ante la irrupción del coronavirus, el Sistema creó tiendas virtuales donde los ciudadanos pudieran solicitar productos incluidos en las infames cartillas de racionamiento; pues bien, el colapso provocó que en menos de una semana quedaran inutilizadas. O que el presidente Miguel Díaz-Canel luce en la muñeca un reloj de 1800 euros cuando el sueldo medio de un cubano ronda los 30. Así, el elemento decorativo del mandatario tiene un valor sesenta veces superior al de la remuneración mensual de cualquier hombre o mujer emancipados y empoderados por la Revolución.  

Y en medio de tanta infamia, esas mujeres de blanco hacen frente al fétido Sistema político incrustado en el corazón del Caribe. Mujeres valerosas que llenan las calles con su valentía, gritan a la cara de los sicarios y demuestran que en Cuba el valor es cosa de damas. Sólo en 2019, ellas y el resto de activistas acumularon más de dos mil detenciones. Recordad estas cifras y no os olvidéis de Cuba. Nunca.

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