La xenofilia es un lujo que hemos podido permitirnos hasta ahora. Es agradable, y nos hace sentir tan bien con nosotros mismos. Es, incluso, el dogma oficioso del líder del mundo libre, la nación que pretende no ser una nación, sino una idea. Hasta que la realidad le chafa una ilusión tan bonita.
Las culturas son intercambiables, ¿sabes? Las etnias, más. Aquí cabemos todos, y compartir es amar. Dadme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras masas hacinadas que anhelan respirar en libertad, los desdichados desechos de vuestras costas rebosantes. Qué bonito. Aunque, en la práctica, ese maravilloso daltonismo cultural, esa voluntaria ceguera ante la distancia real entre los pueblos, tenga mucho de supremacismo hábilmente disfrazado de filantropía telescópica.
La cosa va así: nosotros, únicos en el universo, no somos un pueblo ni una raza. Somos la humanidad por defecto. Tener apellido en esto es declassé. Enorgullézcanse otros de ser chinos, mandingas, pastunes o buriatos: nosotros, los blancos, no vemos diferencias. Nosotros somos la humanidad, el hombre sin atributos.
Ese es el sucio secreto del globalismo: que ni siquiera tiene el valor de confesarse supremacismo, o la inteligencia de entender que ese mismo universalismo no es en absoluto universal, sino una de las peculiaridades históricas más extrañas de nuestro cultura. No ver pueblos no es universal, porque todos los demás pueblos son perfecta, casi dolorosamente conscientes de quiénes son colectivamente. Lo que consideramos nuestra mayor virtud es para ellos una carencia, exactamente como el daltonismo.
Porque, sí, decimos abrazar todas las culturas, pero al decirlo estamos pensando inconscientemente en cuscús y danzas africanas y saris indios. No es probable que aceptemos el satio la disposición islámica de que la mujer reciba la mitad de herencia que el hombre.
Nos encanta que los pueblos indígenas reivindiquen una identidad ancestral a veces prefabricada, pero nos negamos cortésmente a hacer lo propio. Esos son cosas pintorescas de gente de fuera. Nosotros no tenemos de eso. No lo necesitamos.
Y así seguimos con nuestro cosmopolitismo paleto, pensando que cosas como la democracia representativa son tan naturales y obvias como las flores en primavera, que todos los pueblos creen en la igualdad esencial del género humano porque, bueno, está ahí, ¿no?
Y si no está, se impone. Podemos traernos a medio Mali, pero no consentir que el gobierno de Mali le ponga mala cara a los gays. Porque hasta las ideas que hemos adoptado ayer por la tarde nos parecen esas “verdades evidentes” de las que habla la Declaración de Independencia.
No entendemos que esa fantasía podemos mantenerla y predicarla sencillamente porque son ricos y libres. Y que vamos en retirada. Por eso, aunque pataleemos, vamos a acabar despertando a la fuerza de nuestro arrogante sueño universalista.
Aprenderemos a bofetadas que la política no va de votaciones, democracia o Estado de Derecho, opciones maravillosas que sólo sirven cuando se tiene una identidad compartida, valores comunes y un profundo consenso sobre el interés nacional.
Mientras los europeos sigamos en la ilusión de que no somos un pueblo, con una historia propia que nos ha hecho peculiares, diferentes, siempre saldremos perdiendo en beneficio de quienes entienden que el procedimiento y la ley están al servicio de una identidad concreta.