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La Gaceta de la Iberosfera
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Noticias de ultramar

21 de diciembre de 2021

O, si prefieren que lo llame así, de la Iberoesfera.

Ayer, por el lunes 20, llegaron dos de cierta relevancia. Una era buena, al menos desde mi punto de vista; la otra, mala, muy mala, desde cualquier punto de vista que se mirase.

Empezaré por la segunda. Vino de Chile, que es (o era) uno de los países más razonables y equilibrados de esa figura de la geografía no euclidiana que es el Cono Sur del continente americano.

No es menester mencionar a lo que aludo: en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas allí el pasado domingo se ha alzado con una victoria numéricamente apabullante el candidato de la extrema izquierda. Extrema, digo, no moderada, como en otras ocasiones. Es de suponer, aunque no haya constancia de ello, que el voto mapuche haya sido determinante en lo relativo a ese resultado. El indigenismo se está convirtiendo en una de las puertas por las que se cuela el comunismo en la res pública de los países que otrora fuesen provincias, y no colonias, de la Corona española. Algo, por cierto, que es impensable en el ámbito del gran vecino del norte, donde los colonos de habla inglesa demostraron una enorme eficacia a la hora de exterminar, primero, a los indígenas y encerrar después en reservas a los escasos supervivientes de la escabechina.

No sé si los mapuches han conservado su lengua, pero espero que en el Chile dominado ahora por la extrema izquierda sigan hablando español. O, por lo menos, castellano

Pasemos a la buena noticia…

Fue Rubén Darío, el poeta de más alto rango que han dado las Américas, quien dijo aquello, tan iconoclasta, tan explosivo, de que ojalá el Señor le librara, y nos librase a todos, de las academias. Su plegaria ha sido, en parte, escuchada pues una de esas instituciones, de no poco predicamento en Argentina, que es donde está su sede, ha zanjado la secular querella entre quienes llaman lengua castellana a la que otros (y yo entre ellos) prefieren llamar lengua española o español a secas ‒sin que en ello haya ninguna voluntad de demérito en lo tocante a Castilla‒ al idioma en el que nos entendemos todos los habitantes de la antigua metrópoli, incluyendo a vascos, gallegos y catalanes, y los que hasta 1898 lo fueron de ultramar. 

Castellano, como sinónimo de español, es un arcaísmo que el peso de la historia y el paso del tiempo ha ido arrinconando. Significar, stricto sensu, significan lo mismo, pero el contexto geográfico, social y cultural imponen, en este caso, su criterio. He sido profesor de lengua española en nueve universidades de seis países y en todos ellos fui contratado para eso, para enseñar español, y no para que mis alumnos aprendieran castellano.

Pondré un ejemplo… Cuando en Italia se produjo il Rissorgimento y, a su impulso, la unidad del país, no existía una lengua nacional, sino varias y, sobre todo, un sinfín de dialectos. Era perentorio habilitar una que aglutinara la nación y para ello se eligió el idioma, culto, normativo, correcto y refinado, en el que el novelista Manzoni había escrito I promessi sposi (en español Los novios). De ese modo el toscano se convirtió en idioma nacional, pero nunca oirán ustedes decir a un italiano que el idioma de su país es el toscano.

Dicho esto, me pregunto, porque no lo sé, si los mapuches han conservado su lengua, contra la que, de ser así, nada tengo y sus dioses se la mantengan, pero espero que en el Chile dominado ahora por la extrema izquierda sigan hablando español. O, por lo menos, castellano, como el que utilizó Alonso de Ercilla cuando escribió La Araucana. 

¿Habrá oído hablar de ella el flamante presidente de Chile? 

Si me la pide, se la envío.

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