'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

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Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

Las novelas de Juan Vilá

7 de marzo de 2014

A veces también sueño que todo esto es el castigo. Que ya estamos muertos. Que reventó el mundo en los sesenta, que volaron los misiles cualquier noche y al amanecer nos extinguimos. O que sólo algo más tarde a un científico muy listo -endiosado y endogámico como un faraón- le dio por tocar el botoncito rojo de cualquier artefacto tecnológico, y al hacerlo clonó un virus letal, o reventaron tres protones y surgió un agujero negro que engulló al planeta. En fin, que ya estamos muertos.

Y ahora la televisión, las pantallas táctiles, y Vargas Llosa; la bruma pornográfica de internet envolviendo las vidas. Todo es el castigo. Las ascuas del infierno. O el purgatorio, en los días optimistas.

Que la violencia trivializada en el teléfono móvil de un púber y los códigos de barras; el microondas y el sudor de lo low cost; las tiendas de todo a un chino; los trenes donde no se abren las ventanas, el matrimonio de un banquero y un gobernador civil, vestidos los dos de blanco, tocados con diademas incrustadas de ámbar y zafiros, como diosas mesopotámicas. Sí, que esto es el castigo. Lo ecológico. Lo transgénico. La ONU. Un hippie en misa de doce. La ausencia de dictaduras decentes.

Tiene algún sentido tomista que todo sea un correctivo merecidísimo por dos guerras industriales, por la sustitución de los imperios por los emporios, por la paz falsa en el útero, por los curas pederastas con jerseys de cuello vuelto.

Y, cómo podría parecer extraño, entonces, que en este tiempo penitencial vayamos a curarnos a los cementerios. Y que precisemos lexatín en los bautizos. Porque duelen hasta el tuétano -como los domingos sobrios de un borracho- las vidas nuevas. Son certificados llorosos, desamparados y tiernos, de que el castigo no se extingue. Que en ellas sufriremos los latigazos que nos ufanábamos de haber evitado.

A veces despierto. A veces dormido. Es lícito soñar que todo esto es infernal o penitencia. Hay quien con ello escribe una buena novela.

Juan Vilá es un escritor pagano, desencantado y fumador como un Panero. Y creo que sueña también con el castigo bíblico. Pero por su pose -es tan pagano- de odio a la verdades reveladas, camufló su audaz sueño literario con teorías científicas en una novela titulada M.

Sus universos de cuerdas y recuerdos son círculos de Dante, imágenes postcristianas del averno. El mismo humor al colocar allí a sus obsesiones totémicas. La M de su novela es la oración atea de la desesperanza, y la Z de la literatura del vacío.

Y después de M a Juan Vilá -como a Huysmans- le quedaba elegir entre la cruz y la pistola. O escribir otra novela, que es el camino de en medio, y el que ha elegido. La nueva se llama El sí de los perros. Todavía no la he leído.

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