En la recta final de la campaña es cuando los candidatos se salen por las curvas. Juan Manuel Moreno Bonilla ha hecho unas declaraciones extravagantes y, para más inri, significativas. Asegura que si no tiene la mayoría absoluta, pero alcanza el 40% de los votos, se presentará a la investidura sin negociar con nadie; esto es, sin negociar con Vox, porque si los votos se los presta La Línea 100×100 ya veríamos si entonces las conversaciones le parecen tan engorrosas. Son declaraciones chocantes en un experto en protocolo.
Como si dijese: «Cuando estoy a la altura de Gerona, ya considero que vivo en Francia, porque me quedan sólo cuarenta minutos de coche». Ya se ve que el PP no siente un respeto demasiado reverencial por las fronteras. Si la línea divisoria entre la mayoría absoluta y la mayoría abocada a la negociación está en 55 escaños, hay mucha trampuchería en decir que está en el 40% de los votos. Si con un 51% de los votos no alcanzase los 55 diputados, todavía podría discutirse. ¿Pero con el 40%? Eso es quedarse en Gerona o, ya puestos, en Tarragona.
Es verdad que el estatuto andaluz de autonomía se aprobó de aquella manera, pero uno espera de un presidente responsable que corrija los vicios adquiridos y que no eleve las malas costumbres a rango de ley. O somos democráticos o no lo somos. El parlamentarismo no funciona por aclamación, ni por simpatía personal, ni por la mera condición de lista más votada. Funciona mediante mayorías parlamentarias.
La postura del líder de Vox, Manuel Gavira, es más cartesiana. Sin recriminaciones, reconoce que hay dos posibilidades: o la mayoría absoluta de Moreno Bonilla para «un gobierno sin líos», como propone el PP, o la necesidad de pacto con Vox y los líos que hagan falta para mejorar Andalucía. Simple.
Además, como reflejan las encuestas, no hay un rechazo visceral al pacto con Vox en la calle y, mucho menos, entre los votantes del PP. Por eso Juanma ha renunciado a usar a Vox como espantajo y tiene que reformular su alergia al pacto con una apelación al gobierno zen, sin líos.
Yo quisiera que negociase con Vox su investidura, sus presupuestos, sus leyes y la composición de su gobierno, pero estoy con Gavira en que si se alza con el diputado número 55 no hay más que hablar. No haré conteos alternativos ni sumas agregadas ni manzanas con peras.
Prefiero el pacto por un motivo de peso que coincide, aunque en sentido contrario, con lo que espanta a Juanma Moreno Bonilla. En España la separación de poderes está en tenguerengue. Los asaltos al poder judicial son constantes, al estilo Sánchez; pero hay otros pellizcos más sutiles, como la falta de medios, la inflación legislativa o los aforamientos desaforados. Más descarada es la fusión entre el poder ejecutivo y el legislativo, degradando a este último a mero poder apéndice. La Administración también está tomada por el partido en el poder y los medios de comunicación se resienten de su dependencia económica de los anunciantes institucionales.
Con este panorama, el barón de Montesquieu preferiría al menos un gobierno de coalición, para que hubiese dentro del propio Ejecutivo un cierto equilibrio de contrapesos. Cualquier división redunda en beneficio de los administrados.
Ahora bien, si la mayoría de los andaluces (55 escaños o más) le otorgan a Moreno Bonilla el monopolio monocolor del poder, Vox tendrá que ejercer su papel de oposición. Si no, habrá que pactar, del mismo modo que hay que cumplir el ordenamiento jurídico español aunque uno haya llegado a Gerona y esté a media hora de la frontera. Ya cerca, sí, pero todavía no.