Alguien definió a María Jesús Montero como «una campana extractora». No es que en Madrid, de ministra, haya tenido muchos miramientos lingüísticos, pero en Andalucía, y de mítines, ya se ha desatado. Los gestos son para verlos. Mira a un lado y a otro como Mussolini, con la lengua como si hubiera ganado en Ascot. Tendrá sed. Normal con la pronunciación que tiene…
Montero ha llamado a ir a la hurnas, o sea, a la jurnas, y como premio ha anunciado que eliminará por ley las listas de espera, lo que solo puede tener sentido si lo que se quita no es la espera sino la propia lista, la prelación, el orden; si decide que a partir de ahora todos esperen sin más, indefinidamente, en una oscura igualdad hasta ser llamados.
El público al que se dirige el PSOE es como de programa de Juan Y Medio. Esos señores ancianísimos que quieren echarse novia para salir a bailar como Ortega Cano.
La edad del target socialista se la imagina uno también al ver que la presentación correspondió a Miguel Ríos, con más años que el Sacromonte.
Dio un mitin en el que habló de la derecha, la ultraderecha y el neofascismo (es lo que tiene leer El País, que te dan herramientas) y su sola aparición ya me tuvo varios días tarareando «a los hijos del rock ‘n roll… Bien-ve-ni-dos».
No me puede caer mal Miguel Ríos por una canción suya, «60 razones», que me gustó en su día. Al cantarla añade gruñiditos roqueros, hey, hey. O «El blues de la soledad». Mi gratitud me impide tomarme muy en serio su terrible irresponsabilidad política. Además, hubo algo más… Al poco de estar en Madrid, quedé un domingo para comer en una arrocería. Una buena paella, por fin… Al entrar, estaba allí Miguel Ríos, sentado en la barra (y la cabeza ya: ¡a los hijos del rock ‘n roll…!). Estaba solo, ante un arroz, y en las manos, con innegable compromiso sindical, lo que parecían los restos de un bogavante o una cigala. Todos los dedos en el marisco, como si fuera una armónica. Al fin y al cabo, es roquero, pensé. ¡Es Mike Rivers! ¡»El blues del carabinero»! Al final, la vida es eso. Nadie tendrá demasiado en cuenta lo dicho. Y si participa en ello el suficiente número de gente, uno puede ir de roquero por la vida, toda la vida.