«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Valencia, y diputado al Congreso por VOX.

Partido Perdedor

8 de marzo de 2026

Los datos son los que son. En el casi medio siglo —49 años menos cuatro meses— transcurrido desde las primeras elecciones democráticas de la España actual, nuestro país ha estado gobernado durante cinco años por la Unión de Centro Democrático —tres años y ocho meses por Suárez, y un año y nueve meses por Calvo Sotelo—, durante catorce —siete años y once meses con Aznar, y seis años y cinco meses con Rajoy— por el Partido Popular… y por el Partido Socialista durante los restantes 29 años: trece años y cinco meses por Felipe, siete años y ocho meses por Zapatero, y —a día de hoy— otros tantos por Sánchez. De lo que se deduce que en sus cincuenta años de vida —fue fundado en octubre de 1976— el Partido Popular se ha pasado catorce años en el poder… y treinta y seis en la oposición.

Su fundador, Manuel Fraga, perdió —pese a ser el favorito indiscutible— las elecciones de 1977 frente a Suárez, para luego encadenar otras tres derrotas consecutivas más: en 1979, de nuevo frente a Suárez, y en 1982 y 1986, frente a Felipe. Aznar hubo de perder dos elecciones —las de 1989 y 1993— para poder ganar otras dos —las de 1996 y 2000— y lo mismo le sucedió a Rajoy —que perdió las de 2004 y 2008, antes de ganar las de 2011 y 2015, repetidas en 2016—. Pero justo ahí —hace ahora una década— terminarían las buenas noticias para los populares: Casado perdería frente a Sánchez en las dos elecciones de 2019, y Feijoo se quedaría con la miel en los labios en las de 2023. De lo que se deduce que de las dieciséis elecciones generales disputadas en este casi medio siglo, el Partido Popular ha ganado cinco… y ha perdido once. Que tardó diecinueve años en llegar por primera vez al poder, y que hace ya diez que lo disfrutó por última vez. Que sólo dos de sus seis líderes —no olvidemos a Hernández Mancha, líder efímero del partido entre 1987 y 1989— han llegado a ser presidentes del Gobierno.

Y las conclusiones son las que tienen que ser. Por más que el Popular se afane en dar de sí mismo una imagen de partido ganador, de alternativa real de poder, de partido «de Estado» y «con vocación de Gobierno», y por más que a lo largo de su ya dilatada historia sus sucesivos líderes se hayan empeñado en presentarlo como el legítimo depositario de la voluntad de «la mayoría natural»—Fraga dixit— de los españoles, lo cierto es que el Popular ha sido mucho más un partido de oposición que de gobierno. Cosa que ayuda no poco a entender la anomalía de que España siga gobernada por la izquierda en estrecha alianza con la ultraizquierda en un momento en el que incluso las formas más atenuadas de socialdemocracia hace ya años que fueron relegadas al desván del olvido en países de tan cercanos al nuestro como Italia, Francia, Alemania o Portugal. Un dato más corroborará esta anomalía: mientras que —como ya apuntamos— los socialistas españoles han gobernado durante 29 de los últimos cincuenta años, los laboristas británicos solo lo han hecho durante dieciocho, y los socialdemócratas alemanes durante diecisiete; e incluso en Portugal, los socialistas —26 años en el poder— han estado menos tiempo en el palacio de São Bento que sus homólogos españoles en La Moncloa.

La explicación de este fenómeno remite a razones diversas, complejas y sin duda discutibles. Unas serían extrínsecas al Partido Popular, y entre ellas se debería contabilizar —de manera muy relevante— el sostenido escoramiento hacia la izquierda del electorado español, sistemáticamente señalado por todos los estudios sociológicos de estas últimas décadas. Pero otras deberían ser, en cambio, anotadas en el «debe» de este partido.

De una parte estaría su torpeza a la hora de apelar de manera convincente a determinados sectores sociales, cuya traducción se halla en su limitado arraigo entre la clase obrera urbana, la juventud y la intelectualidad, por citar solo tres sectores bien caracterizados del electorado. De otra, su falta de interlocutores a la hora de conformar alianzas, resultado directo de su vocación de convertirse en la «casa común de la derecha» fagocitando a cualesquiera potenciales competidores —léase el CDS de Suárez, la UPyD de Rosa Díez, o los Ciudadanos de Rivera— fenómeno que no ha remitido hasta que la consolidación de Vox ha permitido a la derecha alcanzar metas —léase, el Gobierno de Andalucía— que el Partido Popular nunca había sido capaz de conquistar por sus propios medios. En tercer lugar, a su incapacidad a la hora de mantener la alianza estratégica fraguada en los tiempos de Aznar con el nacionalismo «moderado» —léase PNV en el País Vasco y Convergència en Cataluña— cuya consecuencia ha sido el deslizamiento de éste hacia posiciones cada vez mas radicales en el eje centralismo-separatismo, y cada vez mas izquierdistas en el eje derecha-izquierda, de la que dan buena cuenta su actual connivencia estratégica con el Partido Socialista.

Pero dicho esto, no sería buena idea dejar en el tintero otros dos elementos explicativos de primer orden, por más puedan resultar especialmente hirientes. Me refiero, de una parte, a la permanente renuncia del Partido Popular a plantar cara a su principal adversario no solo en el plano electoral, sino también en el cultural e ideológico. La renuncia a la batalla cultural, sintetizada en esa frase lapidaria de que «el Partido Popular es el Partido Socialista con diez años de retraso» —algunos dirán «diez meses»— alude al escaso interés que esta formación ha tenido por alterar el mapa conceptual de nuestro debate político, y a la premura con la que ha venido comprando, uno tras otros, los mantras y las políticas socialistas, desde la «memoria histórica» hasta el «cambio climático», y desde la inmigración hasta la fiscalidad. Y, de otra, al más que evidente acomodo de su clase dirigente en el siempre confortable papel de «principal partido de la oposición»: un rol secundario provisto de escaso riesgo, escasa presión y escasa responsabilidad, pero que regado con el abundante maná del poder local y autonómico puede llegar a generar un nido bien resguardado en el que esperar el siempre plausible error del contrario.

Triste destino el del ser un partido de perdedores que sólo gana cuando el contrario marca en propia puerta.

Fondo newsletter