«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.

‘Paz para nuestro tiempo’

2 de septiembre de 2021

En estos días, muchos repiten que los talibanes son un mal menor frente a otros horrores como el Estado Islámico. Insisten en que, al final, habrá que terminar reconociéndolos porque son quienes controlan el territorio. Advierten que el Emirato Islámico de Afganistán de hoy puede ser algo distinto de lo que fue entre 1996 y 2001. Hay quien, incluso, observa que «en todos los países se oprime a las mujeres» como si la teocracia talibán fuese lo mismo que una democracia europea.

Esto ya sucedió en nuestro continente. A mediados y finales de los años 30, los nazis parecían invencibles. Quienes podían haber detenido a Hitler prefirieron apaciguarlo. En primer término, el mayor imperio de su tiempo: el británico. Poco a poco, se multiplicaron los tratados y las declaraciones que pretendían asegurar la paz con el III Reich. El caso más escandaloso fue el Acuerdo de Múnich de 1938, que selló el destino de Checoslovaquia -la entrega de los Sudetes fue el prólogo a la desmembración del país- con el consentimiento de Londres y de París. El Tratado Ribbentrop-Molotov de 1939 no fue el primer acuerdo con la Alemania nazi. Fue el último. Después, se desencadenó la tormenta. La invasión de Polonia por los ejércitos del III Reich y de la Unión Soviética no fue sólo consecuencia de ese acuerdo, sino de la tibieza y la confusión de los gobiernos democráticos. Hitler pudo rearmar a Alemania, presionar a sus vecinos, anexionarse Austria, amenazar a Checoslovaquia hasta despedazarla y nadie lo impidió. Chamberlain regresó de Múnich con la creencia de que el Pacto con Hitler era “paz para nuestro tiempo”.

En realidad, jalonó el camino de la guerra. 

No. Los talibanes no son el mal menor. No son la opción menos mala frente a otros islamistas, otros yihadistas ni otros fanáticos asesinos

No puede haber apaciguamiento ni claudicación con una tiranía. Las concesiones hacia ella no revelan responsabilidad ni “realismo”, sino debilidad. El Emirato Islámico de Afganistán, el Estado Islámico, la Revolución Islámica de Irán y su teocracia de ayatolás tienen diferencias doctrinales y teológicas, pero comparten un fondo tiránico de fanatismo y violencia. El relativismo cultural y la intoxicación “woke” que asfixian a Europa llevan a exagerar unos matices que, en realidad, no son tan relevantes a la hora de valorar la naturaleza de esos regímenes.

Debemos volver a Tucídides y al “Discurso fúnebre de Pericles”. Por imperfectas que sean las democracias, las separa de las tiranías una distancia insalvable. Occidente está fundado sobre la dignidad intrínseca de todo ser humano, sobre la libertad, sobre la limitación del poder y la complementariedad de la fe y la razón. Los europeos, los americanos y tantos otros herederos de la civilización occidental estamos encaramados a veinticinco siglos de tradición humanística.

He aquí la magnitud de lo que Occidente está abandonando con un pretendido realismo que sólo encubre una rendición y una retirada. La gran debilidad de nuestra civilización reside, precisamente, en que ha dejado de creer en sí misma.

No. Los talibanes no son el mal menor. No son la opción menos mala frente a otros islamistas, otros yihadistas ni otros fanáticos asesinos. Todos estos movimientos tienen en común la inhumanidad, la violencia y la negación de la dignidad de todo ser humano.

La retirada de Afganistán, como toda retirada frente a una tiranía, no ha sido un avance de la paz, sino un retroceso en la defensa de la dignidad y la libertad del ser humano. 

Vean ustedes hasta qué punto nuestra civilización se está traicionando a sí misma. 

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