Conozco muy bien a una señora que trabaja muchísimo como empleada de hogar para sacar adelante a su familia. Su marido tiene una incapacidad permanente, que, por los pelos, no ha devenido en otra permanencia más definitiva aún. Ambos lo han pasado regular, además, con un hijo adolescente que no quería estudiar de ninguna de las maneras. No era lo suyo.
Últimamente, sin embargo, estaban muy contentos porque veían al muchacho ilusionado. Intentaba montar un taller de reparaciones de motos antiguas. Su negocio iba a ser comprar por ahí motos muy viejas y ponerlas muy bien y luego venderlas por un poco más que la suma de sus gastos. Ya estaba terminando su primer trabajo y tenía la moto vendida y cobrada, incluso.
En éstas, forzó el garaje un muchacho del barrio bastante conocido por sus fechorías, y robó un montón de piezas de la moto. El joven mecánico y sus padres estaban desolados. Pónganse en situación.
Las frías estadísticas de inseguridad y delincuencia menor no dan ni una pálida idea del sufrimiento que hay detrás de cada dato. Pero ¿cómo van a salir adelante nuevos negocios y nuevos oficios y nuevas vidas cumplidas si, cuando te lanzas, inviertes lo que tienes y lo que te prestan tus padres, trabajas, arriesgas, te esfuerzas…, y de pronto, te destrozan lo que has hecho? La tentación automática entonces es tirarte también tú a las clases pasivas, buscarte alguna ayudita o cualquier paga y dejar pasar el tiempo.
Este caso en concreto —que he visto desde la preocupación primera de los padres, arrancando por la esperanza de una posibilidad, pasando por la ilusión de poner manos a la obra, hasta el final fatal del trabajo perdido— es sólo un ejemplo. Pero cuánto arranque necesario se perderá porque los poderes públicos no crean las mínimas condiciones de seguridad en las calles, de estabilidad jurídica, de desahogo burocrático y de libertad fiscal para que la gente corriente se ponga en marcha.
Y no se perjudica sólo el negocio: se resienten la convivencia familiar y social. Mis conocidos han tenido que buscar al ladrón por su cuenta y riesgo, dando vueltas por el barrio y sus peores esquinas, y enfrentarse a él y recuperar a la fuerza la mitad de las piezas.
Tampoco es que el ladrón se beneficie de este sistema. El culpable es otra víctima, primero de sí mismo y luego de todo lo demás. Seguro que una sociedad menos permisiva con el menudeo y la infracción habitual le habría convencido hace mucho tiempo de que no merece la pena ir a «asalto» de mata. Se habría buscado la vida de acuerdo con unos parámetros más honestos. La permisividad con el delincuente hace muchísimo daño al delincuente. La mejor reinserción es una pena estricta.
Incluso el medio ambiente sale malparado porque el negocio de reciclar motos condenadas a la chatarra contribuye al cuidado del planeta mejor que cien discursos y panfletos a colores. Por último, los que amamos las motos antiguas y no encontramos quien nos las restaure, corremos ahora el riesgo de perder a alguien que lo quería hacer y lo iba a hacer estupendamente.
Goethe hizo unas observaciones perspicaces en sus Maximen und Reflexionen sobre la prevalencia del orden por encima incluso de la justicia para evitar males mayores. Y, en efecto, resulta difícil contraponer orden y justicia. Van de la mano. Véase cómo el desorden en el que vivimos nos condena a la injuria cotidiana, quizá de baja intensidad (para el que no la padece), pero que a la larga termina con el efecto encadenado de unas fichas de dominó complicando a muchas personas y la vida pacífica y próspera de cualquier comunidad.
La vuelta al orden, que amenaza ruina y chatarra y que habrá que reparar como una moto vieja, es fundamental para el bien de tanta gente sencilla que no merece soportar la incompetencia o la indiferencia de los poderosos. Y para el bien de toda la sociedad. Demasiadas personas pueden exclamar hoy en día, impotentes: «No hay derecho».