El pasado 4 de septiembre, el Gobierno de Giorgia Meloni se convirtió en el de más larga duración de la República italiana al sumar 1.413 días consecutivos en el Quirinal y superar con ello el hasta entonces imbatido récord fijado por Silvio Berlusconi en su segundo mandato. Por descontado, la mayor parte de los análisis que glosaron la efeméride se centraron bien en lo insólitos que resultaban estos casi cuatro años de continuidad en una democracia como la italiana, en la que la inestabilidad hace mucho que se cronificó; bien en lo reseñables que eran los logros de la Primera Ministra —un desempleo del 5,8%, una rebaja impositiva de 21.000 millones, una caída del 80% de la inmigración ilegal—, bien en las positivas perspectivas que todo ello le abría de cara a las elecciones de 2027. Pocas crónicas, sin embargo, se molestaron de recordar cuán largo y tortuoso había sido —para ella, y para su partido— el camino hasta el poder: un camino que para Meloni se inició treinta y cuatro años atrás, cuando allá por 1992, y con apenas quince años, se sumó al mítico Fronte della Gioventù; y que para su partido se inauguró hace ocho décadas, con la fundación en 1946 del MSI.
Pero la referencia no es ociosa, especialmente en un momento como en el actual en el que el avance de las ideas conservadoras está resultando en algunos países o entre algunos sectores sociales tan vertiginoso, y los cambios en la orientación de la opinión pública tan radicales, que algún observador poco avisado —o algún periodista inclinado hacia el sensacionalismo; o algún sociólogo que flojeara en metodología; o algún competidor poco escrupuloso— podría verse tentado de pensar que la toma del poder por estos partidos debería ser cosa de algunos meses, o a lo sumo de unos pocos años. Y que quienes se demoraran más de la cuenta en ese menester no podrían hallar más culpable que su propia torpeza.
Nada más lejos de la verdad. Es cierto que las formaciones de impronta patriótica están experimentando un sensible crecimiento en los últimos años, del que la más reciente prueba es el impresionante resultado cosechado por la Alternativa para Alemania en las recientes elecciones regionales de Sajonia-Anhalt; crecimiento que las inminentes elecciones en Francia, Italia o Polonia podrían incluso rebasar a muy corto plazo. Pero también lo es que aquellos lugares en donde ese crecimiento ha sido más sólido son también aquellos en los que sus protagonistas disponían de una trayectoria más dilatada y, por tanto, de una base social y organizativa más sólida.
El ejemplo más evidente de ello es el ya mencionado del MSI —antecesor de Alleanza Nazionale; a su vez antecesor de Fratelli d’Italia, el partido de Giorgia Meloni— que antes de su llegada al poder tuvo que sobreponerse a los años del ostracismo, sobrevivir a los “anni di piombo” y hasta sacudirse al abrazo del oso del berlusconismo. Pero no es en modo alguno el único ejemplo que podríamos traer a colación: ¿acaso no fue el FPÖ austriaco fundado en 1956? ¿Y el Frente Nacional francés —antecesor del Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen— en 1972? ¿Y los Demócratas de Suecia en 1988? E incluso los partidos más jóvenes ¿no acumulan ya un par de décadas al menos de trayectoria a sus espaldas, como sucede con el Partido por la Libertad (PVV) de los Países Bajos? ¿O no se nutren de las lecciones del fracaso de otras iniciativas similares que nunca llegaron a cuajar?
Así es: la eclosión de las formaciones de corte patriótico en la mayor parte de los países europeos está lejos de ser un fenómeno repentino, sobrevenido, imprevisible. Es, sí, el resultado de una precisa convergencia de factores, entre los que se cuentan el cansancio del electorado ante los partidos tradicionales, el agotamiento del modelo de construcción europea imperante, la apuesta renovada por valores conservadores, y la aparición de liderazgos destacables. Pero es, también, el resultado de años de oscuro trabajo organizativo y de persistente batalla cultural que han logrado poner en marcha la transformación ideológica que tarde o temprano cristalizará en el cambio político que muchos anticipan, y colocar a su servicio la maquinaria política necesaria para vehicularla. Porque conviene no olvidar que, a diferencia de los partidos tradicionales, que no tienen otra tarea más que apartar del adversario y atraer para sí a porciones cada vez mayores del electorado, los partidos de corte patriótico han tenido previamente que «crear» ese electorado. Frente a los partidos que se contentaban con ganar elecciones, aquellos cuyo objetivo ha sido el de cambiar el modo en el que se hace política han tenido que llevar a cabo primero una auténtica transformación del cuerpo político al que apelan, imbuyéndole de nuevas ideas, y seduciéndole con nuevos modos de afrontar lo político. En suma, han debido dar la «batalla cultural» antes de embarcarse en la «lucha política» e incluso situarse en ésta antes de implicarse en la «pelea partidista».
Tareas todas ellas en las que las urgencias se revelan como malas consejeras, y en las que sería más prudente fiarse de lo que recomienda la sabiduría popular; en este caso la italiana: «piano piano si va lontano».