Entre toda la gama cromática de los sentidos del humor, no pongo peros a ninguno (ni al blanco ni al amarillo ni al verde ni siquiera al marrón ni, desde luego, al negro); pero esta vez la negrura ha podido con mi querencia a la risa. La pobre joven de 20 años Amy Leonard, creadora de contenido y maquilladora británica, ha muerto tras consumir óxido nitroso, más conocido como «gas de la risa». Los familiares y amigos de la joven, tristísimos, han emitido un mensaje de condolencia; pero no se les ha ocurrido otra cosa que describirla como «una mujer única, llena de amor, risas y vida». Teniendo en cuenta la causa de su defunción, lo de «llena de risas» da ganas de llorar.
Es involuntario, por supuesto, y lo importante es acompañarlos en el dolor y rezar por Amy. Pero también es muy significativo y, por eso, le dedico este artículo. El ácido nitroso mata, pero todavía mata más una pésima filosofía. La coherencia y el principio de casualidad, tras años de entrenamiento en el arte abstracto y el pensamiento débil, brillan por su ausencia. Nadie es capaz de sacar las consecuencias de las causas y se quedan, por tanto, sin entender las raíces de la tragedia. «No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa», advirtió con lucidez y viéndose venir este tiempo José Ortega y Gasset.
Tenemos que observar muy especialmente por qué nos pasa lo que nos pasa. Y ser más serios y consecuentes. Para lamentar (y sé que es muy sinceramente) la muerte de una chica por culpa del gas de la risa, que se consume para provocar desinhibición y carcajadas, no se la puede describir tan frívolamente como han hecho. (Ya con este artículo terminado un tuitero muy rápido que se llama Guepardillo comentaba el mío de ayer y nos regalaba la mejor síntesis para éste: «Hay que tener mucho cuidado con desear la felicidad. La heroína te hace tan feliz que te destroza la vida».)
Y eso que los allegados, y esto sí les aplaudo, han hecho un llamamiento contra el ácido nitroso. Como tantas otras drogas llamadas blandas, o de clase C, se lo trata en el mundo occidental con más complicidad que al vino o la cerveza. Bien, por tanto, por el llamamiento; pero muy mal por la cosmovisión. Las risas no son el criterio de valor ni el fin de la vida. Hay que fomentar una juventud que se valore más a sí misma por el amor —eso sí lo dicen—, por el esfuerzo, por la constancia, por la vocación profesional, por el servicio al bien común. Hay que proponer ideales altos y actos nobles. El hedonismo asfixia, porque el hombre está hecho para la altura. Todo lo que no sea superarse a sí mismo le parece poco. Por eso, si se encierra en la superficialidad, acaba escapando en busca de paraísos artificiales y suplementos anímicos.
Como Amy Leonard merecía una vida con sentido, hagamos que su desgraciada muerte sea un aviso contra el sinsentido descacharrante que no colma para nada el corazón. Aspiremos al pensamiento exigente, al examen de conciencia, a la alegría serena de la vida profunda, a la épica incluso. Que la joven descanse en paz y que nuestro tiempo se atreva a mirarse al espejo con exigencia y rigor.