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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Por los pies

13 de diciembre de 2023

Escándalo enésimo, rutinario, por unas declaraciones de Santiago Abascal. Espero a oírlas completas, porque más sabe el columnista por viejo que por opinólogo. Voy a las declaraciones y, en efecto, hay mucho que decir. Lo realmente interesante está justo antes de las palabras que, estancas, tanto han escandalizado. Son doblemente interesantes: para entender lo que luego escandaliza y por sí mismas. Ahí me interesan mucho más.

La entrevistadora le sugiere a Santiago Abascal que reconozca lo astuto y hábil que es Pedro Sánchez. Es el hombre del mito de su manual de resistente, el que gana elecciones contra las encuestas y contra su propia palabra, el que vuelve a colar su aborrecible crecepelo a los calvos (metáfora) que ya le compraron el producto en la anterior feria. Abascal hace una cosa importante aquí: pone pie en pared.

Precisa conceptos, que es lo primero que necesitamos hacer en una época tan penumbrosa. Eso, viene a decir, no es ser astuto ni hábil. Eso es saltarse todos los límites para aprovechar la coyuntura. Es un jugador de ventaja, que siempre lleva ases debajo de la manga. ¿Llamaríamos a ciclista dopado hasta las cejas un gran deportista? ¿A un jugador de dados trucados, un experto en la estadística de los juegos de azar?

Esa respuesta de Santiago es esencial. Es socrática en cuanto que es una impugnación en toda regla a la idea postmoderna de que el éxito justifica todas las trampas, que es una versión ligeramente maquillada de Maquiavelo y sus medios justificados por el fin. El mejor ejemplo lo ha puesto Nacho Raggio. Si un conductor se salta tres semáforos en rojo y atropella con las prisas a un viejo en un paso de cebra para ganar una carrera, ¿diríamos que es un as al volante? Eso es lo que señala Abascal. Sánchez se ha saltado todos los semáforos de la legalidad y la decencia y ha atropellado a sus votantes. ¿Es eso hábil y ágil?

Hay quien piensa que sí, y ése es el verdadero problema. Ya he escrito que se vislumbra una envidia subconsciente en muchos y tal vez en ese Feijoo que decía que él también habría podido ser presidente de haber pactado con Junts. La lección socrática de que el mal es peor perpetrarlo que padecerlo no la ha aprendido nadie que admire o envidie a Sánchez.

Lo que sucede es que la superioridad moral evidente de Sócrates no tiene que conformarnos. Una vez le robaron a mi hijo pequeño unos bolindres en el colegio. Yo le expliqué lo de ética socrática. Es preferible ser robado que robar. Y me contestó muy aristotélico, entre lágrimas: «Lo preferible es ni robar ni ser robado, ninguna de las dos cosas». Tenía razón.

Eso aristotélico es justo lo que intenta Santiago Abascal haciendo una oposición firme. Después de recordar que Sánchez no conoce límites ni éticos ni políticos ni democráticos, concluye que, cuando un político se salta todas las barreras, es el pueblo el único que le echa el freno, al final, como ha sucedido con todos los autócratas. Sólo entonces pone el ejemplo de un dictador, Mussolini: «Habrá un momento dado en que el pueblo querrá colgarlo de los pies». Es una advertencia, no una sugerencia.

Tampoco es precisamente un comentario fascista, como salta a la vista. Todo lo contrario. Por el contexto, se entiende que lo Santiago Abascal prefiere es frenar a Pedro Sánchez mucho antes de que, reconvertido en dictador, tenga que ser frenado por el pueblo. Hay que tener o mala idea o poquísimas entendederas para no ver que se aboga por la fidelidad a los principios, a las leyes, a los límites morales.

Esto sólo se puede conseguir, frente a Sánchez, con una oposición contundente, que no tenga miedo a poner sobre la mesa las terribles consecuencias que tiene, a medio plazo, para la paz de todos, subvertir un sistema democrático. A mí, como ya saben ustedes, se me hace cuesta arriba usar palabras duras, razón por la que ni soy político ni un columnista muy viral; pero, a menudo y cada vez más, son necesarias. Si Santiago Abascal logra llamar la atención al menos de los que quieran escuchar su argumentación completa, habrá ganado España, la democracia y también, ojalá, Pedro Sánchez. Lleva una deriva que, en efecto, no va a terminar bien. Quien se lo haga ver, como ha procurado Abascal, le hace un favor.

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