«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Por qué la izquierda es una Iglesia al revés

4 de junio de 2024

Teresa Ribera es la cabeza de lista del PSOE a las elecciones europeas. No es una vulgar demagoga de trinchera ni una mujer carente de formación: funcionaria de carrera, ha medrado en la vida pública como representante de los poderosos lobbies climáticos, que han determinado la política energética europea en el último decenio. Hace unos días, en un mitin, Teresa Ribera dijo algo sorprendente: que «las derechas» quieren mantener a las mujeres atadas a la cama y con la pata quebrada, razón por la cual son machistas, negacionistas, fascistas y otros muchos «istas»; pero no hay que desesperar, porque, si la votamos a ella —añadió—, el mal «no pasará», evocando el famoso «no pasarán» de la propaganda roja en la guerra civil. ¿No es asombroso? Sin duda Marine Le Pen y Giorgia Meloni, cuyas «patas» no parecen muy quebradas, se habrán tronchado de la risa. Pero lo más asombroso, con todo, fue esto otro: el público que asistía al mitin de la Ribera, al escuchar semejante sarta de insensateces, rompió a aplaudir con verdadera furia, como si realmente el mundo fuera tal cual esa señora lo describía. Aquí hay un problema y no es político: es psicológico. O incluso, quizá, algo más.

Veamos. La izquierda es una Iglesia alternativa. O, si se prefiere, una Iglesia inversa. Si no se entiende eso, no se entiende nada. Históricamente nació con esa función: ser una alternativa al mundo tradicional, anclado en la alianza del altar y el trono. Todas las revoluciones modernas —liberales, socialistas y también, por cierto, las de tono fascista— han ido en esa y nunca en otra dirección: dotar al mundo de una columna vertebral nueva, distinta del báculo eclesial. La gran sustitución de referentes en todos los órdenes —culturales, morales, políticos—, que normalmente se llama «secularización», cambió la Providencia por la Mano Invisible o la «marcha de la Historia», cambió el Paraíso por la sociedad sin clases o la «sociedad abierta», cambió la Redención por la Revolución, cambió la teleología de la salvación por el Progreso (y más recientemente, ha cambiado el Evangelio por la Agenda 2030). La cuestión es que hoy hemos llegado al final del nuevo camino y la redención no aparece por ninguna parte: Occidente se agota en un escenario bastante sórdido de precariedad moral, invasión de dioses extranjeros, extinción demográfica y falta generalizada de sentido. Si el viejo Dios era mentira, los nuevos han resultado ser más falsos aún. Y si la vieja Iglesia era una impostura, como tan tenazmente denunció la literatura moderna, las nuevas iglesias de la modernidad han demostrado ser una simple estafa. Horror…

Ante semejante paisaje, ¿qué nos queda en la mano? ¿Qué le queda a la izquierda, esa nueva Iglesia que no pudo ser? Perdida la fe, sólo queda la emoción irracional, el sentimiento, un repertorio de oscuras pulsiones que una legión de «técnicos» se apresura a agitar para mantener la ilusión de que aún hay algo vivo en los altares vacíos. La ira de quien se siente agraviado por razón de «género» o de «raza», el miedo al cambio climático que se cierne implacable sobre los hombres, el odio de la propia identidad histórica como un nuevo pecado original, etc. El «técnico» pulsa esas teclas en las atribuladas cabecitas de los fieles y logra el milagro: reorientar el rencor de quien ha visto frustradas todas las expectativas para que no se dirija contra la iglesia nueva, sino contra cualquier otra cosa (los varones, los pueblos blancos, los dioses antiguos, qué sé yo). Ya no podremos convencerles —parecen decir— de que lo nuestro es verdad, pero sí podemos hacer que odien al contrario o, aún mejor, construir un contrario al que odiar. Y sobre el calor de ese odio, seguir manteniendo la ilusión de que sólo dentro del rebaño cabe la salvación. Lo que importa ya no es la propia convicción ni, aún menos, convertir al prójimo, sino excluir (¿decimos «cancelar»?) al infiel. Seguramente por eso la izquierda, en casi todo el espacio occidental, va adquiriendo tan nítidamente los perfiles de una secta.

Parece mentira, pero el truco funciona. Al menos, entre parte de la población, incapaz de aceptar que ha sido engañada. Y cuando el vigor parece decaer, entonces entran en acción los bien engrasados resortes de la manipulación de masas para difundir por todas partes la nueva apologética. Por eso hay gente capaz de ver a una señora que representa los intereses de los lobbies «climáticos» y creer que es una luchadora por la emancipación de la mujer frente al fascismo. Lenin decía que el izquierdismo era la enfermedad infantil del comunismo. Sería en su tiempo. Hoy el izquierdismo es la enfermedad senil del espíritu moderno. Una suerte de alucinación colectiva.

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