«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Valencia, y diputado al Congreso por VOX.

¿Por qué tanto empeño respecto a Gaza?

10 de septiembre de 2025

Es un principio de la Física sobradamente conocido y que ningún ingeniero osaría ignorar: que el efecto de una fuerza sobre un cuerpo no solo depende de su magnitud y dirección, sino también del punto sobre el que sea aplicada; de modo que dos fuerzas de igual magnitud y dirección tendrán efectos completamente diferentes si se aplican en puntos
distintos, o sobre superficies de distinta extensión de un mismo cuerpo. Es la razón por la que al abrir una puerta no empujamos sobre la parte más más cercana, sino sobre la más alejada de las bisagras; y por la que un toro astifino resulta mucho mas peligroso que otro que tenga sus defensas afeitadas. Aplicada sobre el punto correcto de un objeto, una fuerza generará más efectos que otra de la misma intensidad; aplicada sobre un punto preciso de un objeto, una fuerza resultará más destructiva que otra de la misma magnitud.

Esta breve intrusión en el terreno de la Física se justifica por el hecho de que la misma regla sea de aplicación también al mundo de la Política. Por descontado, cualquier fuerza política aspira a incrementar la magnitud de sus apoyos, multiplicando el número de sus afiliados, de sus ingresos, de sus votos, o de sus cargos institucionales; así como a dar respuesta a todos los problemas de la sociedad en la que opera, y hasta de la Humanidad entera. Pero en tanto ello no suceda, el efecto real que susciten sus acciones dependerá de manera directa de cuándo, cómo y dónde decida aplicar la fuerza con la que en cada momento cuente. Una acertada decisión acerca de los objetivos a perseguir multiplicará la eficacia de su acción; mientras que un error de cálculo hará que sus movimientos pasen inadvertidos, y su esfuerzo se malbarate.

Esa es una lección que ha aprendido bien la izquierda en general, y la española en particular. Si tus apoyos son escasos —y, más aun, cuando tus apoyos son escasos— es necesario proyectar las limitadas fuerzas con las que cuentes sobre unos objetivos a la vez precisos y alcanzables. Precisos, porque cuando más claramente los definas más fáciles serán de entender para tus simpatizantes, y más sencillo será convencerles de que se movilicen para su logro; y alcanzables, porque cuanto mayor sea la probabilidad de éxito, más inclinados se sentirán tus potenciales apoyos para alistarse en la lucha y hasta incluso para perseguir ulteriores objetivos.

Siempre ha sido así. Cuando en los años setenta la izquierda española hizo suyo el «¿Nucleares? ¡No gracias!» no fue tanto porque el abandono de esta fuente de energía fuera un elemento clave para la redefinición del mercado energético español; o porque la transformación de éste fuera un elemento definitorio del programa político de estos partidos. Muy probablemente, ni quienes diseñaron esta campaña ni quienes bovinamente la secundaron luciendo en sus jerséis de poliéster aquellas escarapelas amarillas con un sol radiante tenían la más mínima noción de cual era el modelo energético más conveniente para España, como tampoco quienes en la década siguiente se movilizarían contra la OTAN y las bases americanas tenían la más mínima idea de cómo iba a ser posible garantizar nuestra soberanía en un mundo bipolar. Solo que uno y otro objetivo resultaban a la vez sencillos de entender —todos sabemos lo que es la paz, ¿no es así?—, altamente persuasivos —quién no quiere un país limpio?—, y políticamente plausibles —¿no dicen que «el pueblo, unido, jamás será vencido»?—, amén de ir dirigidos contra los que, en su opinión, resultaban los más perversos villanos del momento: las grandes empresas y los Estados Unidos.

Sin duda había otros problemas más perentorios y mucho mas complejos. Pero focalizar la acción política sobre unos pocos objetivos, precisamente definidos, generó el mismo efecto que sustituir una pala de pescado por una navaja afilada a la hora de atacar a tu rival: multiplicar su capacidad de penetración sobre el tejido social español, y maximizar el efecto de la acción política acometida.

Y así sigue siendo. El hecho de que en un momento de grave crisis económica y social la izquierda haya renunciado a dar la batalla tanto por sus causas más representativas —la vivienda o el trabajo—, como por aquellas que mas preocupan a su electorado de toda la vida —la inmigración o la inseguridad—, mientras se toma con sospechosa tranquilidad la
lucha contra la corrupción o el despilfarro, pero en cambio se movilice día tras día en pro de la causa palestina —gazatí, para ser exactos— no obedece sino a una inteligente traslación al terreno de la estrategia política del frio cálculo de magnitudes y vectores que la Física nos ha probado irrefutable. Toca concentrar esfuerzos en objetivos precisos y plausibles, que apelen a los sentimientos mas íntimos de nuestros seguidores y ataquen al adversario en su flanco más débil, y la memoria de los inocentes bebés gazatíes muertos a manos de los inmisericordes bombardeos del sionismo reúne todos esos requisitos.

¿El resultado? Tipos que hace un par de décadas hostigaban a la policía desde las filas de la kale borroka, exigiéndonos solidaridad con los dirigentes de Hamás; indocumentados que no serían capaces de poner a Palestina en el mapa, trocando sus ikurriñas por kufiyas; gentes que ni siquiera saben que en Nigeria, Sudán, Congo o Siria los cristianos son masacrados a millares, promoviendo boicots a la Vuelta Ciclista a España en nombre del Derecho internacional humanitario; y ministros que hace no mucho bromeaban con lo «calentita» que estaba la mitad de España asolada por los incendios, acusando de tener un corazón de piedra a quien se burla de estos oportunistas sin escrúpulos.

Sólo una cosa es segura: que esta moda pasará —como pasaron el «No nos representan», el «Nunca mais», o el «Salvemos a Excalibur»— no bien la izquierda española encuentre otro punto débil en nuestro flaco tejido social sobre el que aplicar con la máxima efectividad sus mermadas fuerzas. Sólo que, mientras eso sucede, es fundamental —de una parte— vigorizar ese enfermizo tejido social nuestro, de otra, no olvidarse nunca de la máxima de los buenos aventureros: «La Polar es lo que importa».

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