'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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¿Por qué sigo siendo juez?

20 de diciembre de 2013

La administración de justicia es una parte fundamental del sistema. A través de ella se intenta dar solución a los conflictos de relevancia jurídica, mediante la aplicación y la interpretación de los criterios y las pautas contenidas en las leyes y demás disposiciones generales. A fin de cuentas, lo que interesa a las partes en conflicto no es el significado más o menos abstracto de la ley, sino el sentido concreto de la justicia que se contiene en la sentencia; del acto específico por medio del cual la administración de justicia dispone la solución de un litigio. Y es el juez quien dicta la sentencia en ejercicio de la potestad jurisdiccional. Su misión no puede ser ni más augusta ni más delicada: a él está confiada la protección de la vida, la libertad y los bienes de los ciudadanos. Es el depositario de la confianza del pueblo. Para tal efecto, debe gozar de absoluta independencia para sentenciar, desde la imparcialidad y en la forma que su criterio y su conciencia le dicten, porque los jueces no tenemos más superior que la ley; no se nos puede indicar, por nadie, que fallemos en un sentido u otro.

 

La función del juez es la de aplicar el derecho, no crearlo, por no ser su tarea legislativa sino así jurisdiccional, y sólo puede hacer lo que la ley le permite o concede. La aplicación del derecho es un elevado encargo, de una gran responsabilidad, de rango superior y de trascendental relevancia. A quienes se nos honra con el privilegio de detentar en nuestras manos la vara de la justicia, se nos tiene que exigir ciertas cualidades para que no haya ocupaciones que usurpen un territorio reservado a los mejores elementos humanos. Hay que superarse a pesar de las dificultades y el desánimo, en el afán de cada día en el juzgado o el tribunal. La judicatura no es un negocio, sino la forma más apasionante del servicio público.

 

Por ello, es esencial el problema de la selección de los jueces, porque se nos confía un poder mortífero que, mal empleado, puede convertir en justo lo injusto, obligar a la majestad de las leyes a hacerse paladín de la sinrazón e imprimir indeleblemente sobre una cándida inocencia, el estigma que la confundirá para siempre con el delito. El papel del juzgador es muy difícil, pues debe mantenerse al margen de la amistad, o de la influencia.

 

El juez debe tener un profundo sentido de las relaciones humanas, para observar siempre una conducta y no negarse a oír a las partes. La extrema rigidez puede provocar la sospecha de que se trata de un hombre o una mujer venal. El juez debe ser juez y sólo juez, porque para eso se le rodea de una serie de garantías y se ponen en sus manos facultades que no tienen otros funcionarios. Esto exige que se asegure su independencia económica mediante una adecuada retribución. Por el bien público, es conveniente que el Estado remunere adecuadamente a sus jueces. Solo puede ser juez, el que estima insuficiente el valor de cualquier dinero para comprarlo. No están en la judicatura los hombres que aspiran a ser ricos. La preparación intelectual para juzgar sólo se obtiene con largos años de experiencia, con el contacto con todas las debilidades humanas y con el ejercicio diario que da la ajustada aplicación de la ley sin pasión, y aun sin sentimentalismos ni sujeción a la influencia de la amistad o de las simpatías políticas u otros intereses. Porque, uno es solidario, se preocupa por los que son menos afortunados; uno cree en la sociedad así como en el individuo. Es posible tener éxito y preocuparse por los demás, ser ambicioso y a la vez solidario; meritocrático y progresista: no son sentimientos antagónicos que coexistan con dificultad. Son enteramente y responden a reivindicaciones realistas, no utópicas de la naturaleza humana. Esta experiencia sólo se consigue con larga práctica y el continuo contacto con el dolor humano. Nada mejor para lograrla que una carrera judicial, decía Carnelluti. El juez inteligente y probo requiere también de diligencia. Mucho se ha dicho que la justicia deber ser pronta y expedita y que cuando es retardada o lenta no cumple su función. El esfuerzo, a veces desesperado, de quien busca justicia, no debe ser infructuoso, y así como la ley debe actualizarse, el juez tiene que ser cada día mejor jurista, mejor profesional, para luchar por un valor eterno que ha sido objeto del anhelo del hombre desde que habita la tierra: la justicia.

 

El premio Nobel de Economía Amartya Sen empieza su libro La idea de la justicia, recordando que el pequeño mundo en el cual los niños viven su existencia, dice Pip en Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, «no hay nada que se perciba y se sienta con tanta agudeza como la injusticia». Yo también sigo esperando que Pip tenga razón: tras su humillante encuentro con Estella, él recuerda de manera vivida «la coacción violenta y caprichosa» que sufrió cuando era niño a manos de su propia hermana. Pero la fuerte percepción de la injusticia manifiesta se aplica también a los adultos. Lo que nos mueve, con razón suficiente, no es la percepción de que el mundo no es justo, lo cual pocos esperamos, sino que hay injusticias claramente remediables en nuestro entorno que quisiéramos suprimir. Por eso sigo siendo juez. Feliz Navidad, queridos lectores.

 

*Alfonso Villagómez Cebrián es magistrado  

 

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