Preferencia internacional
Preferencia internacional
Por Carlos Esteban
23 de abril de 2026

Es curioso en cuántos aspectos de la vida humana, de la vida social, reina la paradoja. Así, por ejemplo, imagino de conocimiento general que pocas cosas hay tan estrechas y provincianas como el cosmopolitismo, hoy revendido, a modo de mercancía defectuosa, bajo el nombre de multiculturalidad.

Decía Chesterton, quién si no, que todos los seres pensantes somos dogmáticos, y que la única diferencia está entre los dogmáticos conscientes y los dogmáticos que no saben que lo son. De igual manera no hay admirador imparcial de las culturas y, sobre todo, adeptos indiferentes a todas ellas. Solo que el común concibe esas cosas en imágenes, y la imagen que se hace el superficial de la cultura se reduce al nuevo restaurante tailandés o a algún baile exótico, esa espuma de la cultura para turistas.

Pero nadie duda realmente de su verdadera cultura, aunque se trate de una postiza y pasteurizada como esa que ahora llaman «valores europeos», aunque en realidad nos han llegado más de Nueva York que de Bruselas. Y uno de esos valores es, precisamente, alabar una multiculturalidad que se desconoce por completo y que es la hoja de parra de un monstruoso imperialismo etiquetado de globalismo.

Así, los biempensantes en nómina se han puesto todos a pedir las sales a gritos al oír enunciar siquiera el concepto mismo de «prioridad nacional», y debo confesar que a mí también me chirría bastante la expresión, aunque por las razones contrarias. Digamos que, al menos en ese aspecto, estoy más cerca de un chino, de un iraní o de un español de mediados del siglo pasado que de un compatriota contemporáneo: «prioridad nacional”, referido a servicios públicos, me suena a perogrullada absurda, como si me dijeran que un administrador debe tener «prioridad» por el beneficio de su representado.

Esta es la parte que les vuelve ridículos: tanto amor por culturas remotas e ignoran que el rechazo de una preferencia nacional (y, en lo personal, étnica, racial y religiosa) es la regla indiscutida. ¡Naturalmente que los gobernantes de un país tienen que favorecer preferentemente a sus ciudadanos! Son los que les pagan y les eligen.

Y no es la prioridad nacional, por más que extrañe a nuestros cosmopaletos, cosa extraordinaria, sino que lo difícil de creer por masoquista y endofóbico es esta babeante «preferencia internacional», una aberración que sólo se explica como un síntoma de demencia senil en nuestra civilización y una forma de pulsión de muerte.

Es la preferencia acusada por poblaciones del Tercer Mundo sobre nuestra sangre, sobre nuestros padres y hermanos, la que obliga a usar una expresión tan absurda como «prioridad nacional», tan idiota por obvia como llamar «cisgénero» a la gente normal, siquiera estadísticamente.

No es que me rebele contra un concepto tan razonable; me rebelo contra la delirante situación de imbecilidad terminal que nos obliga a dar un nombre a la sensatez más pedestre. Propongo, en cambio, que hablemos con el debido escándalo de la omnipresente preferencia extranjera y que acabemos, ya de paso, con este odio a todo lo nuestro que está destruyendo nuestra nación y nuestra civilización como no podría haberlo hecho un bombardeo nuclear de alfombra.

Desde Aristóteles sabemos que favorecer a los extraños sobre los compatriotas es la marca más visible del tirano, que prefiere apoyarse en ilotas de allende los mares que cumplirán sus órdenes sin el riesgo de que les frene la lealtad hacia sus hermanos o el natural amor a quienes comparten una misma visión de la vida y del hombre.

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