'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Nació en diciembre del 75 a bajo cero en Granada y eso imprime carácter. Ha vivido entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo a un lado y al otro. Sureña en toda la extensión de la palabra y el territorio. Diplomada en Relaciones Laborales, desde pequeña se ha dedicado a escribir y a aprender de los que escriben. Liberal y contestataria, defiende sus causas y sus sueños desde el respeto. Tolerante, pero no moldeable. Normal, pero no vulgar."""

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Nació en diciembre del 75 a bajo cero en Granada y eso imprime carácter. Ha vivido entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo a un lado y al otro. Sureña en toda la extensión de la palabra y el territorio. Diplomada en Relaciones Laborales, desde pequeña se ha dedicado a escribir y a aprender de los que escriben. Liberal y contestataria, defiende sus causas y sus sueños desde el respeto. Tolerante, pero no moldeable. Normal, pero no vulgar."""

Princesa del Pacífico

7 de abril de 2014
Yo no quería.

Lo dejé claro una y otra vez. Yo no quería.

Sigo sin entender la capacidad que tienen algunas personas, de no escuchar ni procesar lo que se les está diciendo. Si he dicho que no quiero, está claro, no quiero. Da igual que me preguntes mil veces mi opinión, siempre es la misma. No importa que hayas decidido no planteármelo, y me lo escondas. Me es indiferente que abras un debate como una cuestión a decidir entre dos, o tres, o mil. Te lo digo sin invitación previa. Te informo antes que nada. No quiero.

Fui contundente, razoné y punto por punto expliqué la razón de mi negativa, no era un capricho. Era una negativa fundamentada. Pues no sirvió de nada.

Al final, mis tres amigas decidieron por mí. Absurda democracia de grupo en el que siempre soy la voz discordante, el verso suelto. Podría negarme a ir con ellas. Descolgarme del pelotón, ir a mi aire, pero saben que no lo haré. Sobre todo porque son mis amigas, y eso me lo han demostrado una y mil veces llamando a la puerta con un pack de cervezas cuando les he dicho: «no me pasa nada».

Así que no me ha quedado más opción. Acepto la derrota y me uno al grupo. Ya preparé la maletas. Han sido dos semanas de locura colectiva, de comprar cosas imprescindibles -en teoría-, de citas en centros de estética y peluquería, de tardes de copas y cuaderno, haciendo listas eternas para no olvidarnos de nada. Sobre todo, de miles de risas llenas de ganas e ilusión, que todo se contagia.

Y ahora voy en un taxi camino del puerto, nos vamos de crucero. Voy a embarcarme en el «Princesa del Pacífico». Mi resistencia a no acepar los planes era por viajar en barco. Me mareo hasta viendo una película de piratas, así que vengo cargada de pastillas, rezos, y de un sombrero, veraniego y de color naranja como una puesta de sol. Me lo pongo al salir del vehículo y veo a mis tres amigas esperando. Me parece ver que suspiran aliviadas al verme.

Tras dejar nuestras maletas, caminamos por la rampa de acceso al buque, nos estamos sintiendo realmente glamurosas. Subimos algo impresionadas, conteniendo la respiración, nerviosas. Nuestras Vacaciones en el Mar, están comenzando. Ha llegado el momento de descansar y disfrutar.

Al llegar nos saluda un señor de aspecto ridículo. Estoy tan impresionada que no puedo ni reírme. No entiendo a que vienen esos pantalones cortos y esos calcetines blancos hasta la rodilla. Capitán Merrill Stubing, se presenta. Ahora sí que me da la risa histérica. El capitán al mando, quien conduce el barco y vela por nuestra seguridad, es un hombre vestido de colegial impoluto. No sé si fiarme de la profesionalidad de un hombre con bermudas y calzas. Otra preocupación más. Si yo ya dije que no quería. Siguen las presentaciones del personal del barco, y agradezco efusivamente la presencia de un elegante barman con distintiva chaqueta roja y bigote divertido, creo que para pasar el trago, la coctelería de Isaac va a ser mi lugar favorito.

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