«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Prioridad civilizacional

21 de octubre de 2026

Sir Roger Scruton contaba que se hizo conservador porque asistió en primera fila al Mayo francés del 68. Vio cómo estaban destruyendo un mundo al que él acababa de llegar. No se refería a Francia, sino al universo de la alta cultura, de las universidades exquisitas, del saber vivir, de los buenos vinos, del proyecto civilizacional europeo.

Scruton procedía de una familia modesta y conflictiva. Sin embargo, gracias a sus estudios, había conseguido una beca en Cambridge y había accedido a aquel paraíso. Cuando veía a colegas suyos de familias muy encumbradas disfrutando del juego de ser revolucionarios, les decía: «No me extraña que vosotros queráis cambiar el mundo, porque lleváis generaciones disfrutándolo y ya estáis aburridos. Pero yo acabo de llegar. Yo quiero tener mi parte en la fiesta de la civilización». La boutade era sólo aparente.

Desde entonces llevamos casi sesenta años en el proceso irresponsable de autodestrucción europea. A los viejos privilegiados que se han aburrido de serlo o que juegan a revolucionarios hay que sumar una parte considerable de los inmigrantes que no entienden la cultura europea en la que se han asentado. Y —es esencial reconocerlo— muchos jóvenes y personas de mediana edad que ven cerrado el acceso a ese mundo cuya pequeña puerta encantada aún había podido encontrar Scruton.

Para solucionar la gravísima conflictividad social que está viviendo Francia, y con ella toda Europa, hay que crear más «scrutones», digamos. Esto es, hay que ofrecer una élite para todos. Ya he escrito sobre lo importante que sería abrir colegios públicos de excelencia que admitiesen alumnos por su mérito intelectual y sus ganas de aprender, pero que tuviesen todas las condiciones de los mejores colegios privados. En Inglaterra existieron las grammar schools, hasta que la izquierda, con la complicidad de una derecha miope, acabó con casi todas. Habían sido la posibilidad de que muchos jóvenes de las clases medias y bajas, como el propio Scruton y Alan Bennett, accediesen a ese mundo exquisito de la alta cultura.

Tenemos que poner al día los ascensores sociales, por supuesto en la educación, y activar el derecho premial. No bastan (aunque nunca sobren) las recompensas económicas. Necesitamos las sociales e intelectuales. Es vital facilitar el acceso a los títulos de propiedad, pero también a los títulos de nobleza. Ahí la Casa Real tiene, como he sugerido en voz baja varias veces, una función asistencial: la sociedad necesita como el comer el reconocimiento de la excelencia e incluso de la ejemplaridad. Esto es prioritario porque es lo propositivo, lo constructivo.

Pero, en segundo lugar, la inmigración ha de ordenarse. Más allá de los criterios cuantitativos o económicos, importan los cualitativos y de asimilación cultural. Si quienes llegan no saben adónde vienen, aunque físicamente estén aquí, no lo están del todo civil ni socialmente. Quien no sepa dónde está no está aunque esté.

En tercer lugar, están los que, como en los tiempos de Scruton, se aburren de la civilización porque llevan generaciones disfrutándola y ahora querrían romperlo todo para divertirse un poco. A esos, la policía y la Guardia Civil deberían darles la diversión que están pidiendo a gritos.

Yo he disfrutado de muchas cosas buenas de la vida, lo confieso y lo agradezco. No sólo de las económicas, ni principalmente, sino de las culturales, paisajísticas, vitales y morales y, más que nada, del sentido de pertenencia a una civilización, a una patria, a una región, a un pueblo, a una familia. Pero tengo un interés todavía mayor que el de mantener lo mío —que ya he amortizado en buena parte—: que puedan disfrutarlo mis hijos. Y con mis hijos, mis sobrinos, mis nietos, mis bisnietos y, antes, mis alumnos y, después, los hijos de mis alumnos y sus nietos, etcétera. Este tesoro, como se percató un Scruton recién llegado, hay que conservarlo.

Lo de Francia no puede pasar aquí, ni lo de Ceuta puede pasar en Ceuta, ni siquiera lo de la Puerta del Sol en la Puerta del Sol. Es una prioridad civilizacional que pasa, desde luego, por defender, entre otras muchas cosas, la nación.

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