Llevo desde el año 2008 con el dedo índice arqueado sobre una ceja. No me lo quito ni para tomar el sol, así que tengo la mitad de la cara morena y la otra mitad blanca, blanquísima, como el alma de ese presidente que fue, que nos trajo la paz, la alegría, y la democracia. El presidente más dialogante de la historia, porque nunca ha dejado de dialogar con terroristas, o con comunistas de diferentes regímenes. El único que ha logrado sacar a la luz una verdad que permaneció oculta durante siglos, y que constituye el fundamento del charismo moderno: «la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento».
Mi palabra favorita es «talante», sólo como brotes verdes en recuerdo de los tiempos en que España estaba en la Champions League de la economía mundial, y me paso todas mis vacaciones en la costa mediterránea con la camiseta «Fuck ICE» y gritándole a los nuevos ciudadanos de la Alianza de las Civilizaciones «Bienvenidos, hermanos». Soy el socio número 1 de la Plataforma de Apoyo a Zapatero, y en la habitación tengo una foto del expresidente junto a Javier Bardem, y les doy un beso de buenas noches cada día; al póster de Sánchez se lo doy al amanecer, para que no se ponga celoso.
Formo parte de la liga zapaterista de lucha contra el pesimismo, las malas noticias, y el sentido común, cuando se opone a la alegría socialista. Y yo, como Zapatero, sigo pensando que los parados no son parados, son personas que se han apuntado al paro, que es lo mismo pero no es igual, que dirían Martes y 13. En la vitrina internacional de ZP guardo una camiseta con la cita que le hizo entrar con mayúsculas en el Olimpo de los grandes líderes del universo: «La cuestión no es qué puede hacer Obama por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Obama». Obama, siempre orgulloso, correspondió haciéndose con la familia Zapatero una foto de familia ambientada en Halloween.
Todo lo que sé en la vida me lo enseñó José Luis, que para mi sigue siendo José Luis; ese chaval de León afable, humilde, y tolerante, que un día fue llamado por las fuerzas del espíritu anticapitalista para salvar al mundo del fascismo. Todavía estamos en deuda con su magnanimidad, desinterés, audacia, inteligencia, y altruismo. Y no olvidemos que, gracias a él, España regresó al corazón de Europa después de pasarse una larga temporada en Trinidad y Tobago.
La prueba de que su corazón es inmenso es que, en 2011, aseguró que la próxima legislatura él lograría que España alcanzara el pleno empleo. Que no lo consiguiese no significa que este profundísimo deseo no desbordase en su corazón. Sólo alguien poseedor de un campo de amapolas por corazón puede desear algo tan bello y tan noble para todos los españoles.
Adoro también su sentido del humor como cuando, en el día del centenario del hundimiento del Titanic, tuvo a bien abrazarse al símil de los mares y proclamar que «España es un poderoso trasatlántico». O como cuando, en pleno tijeretazo nacional, exclamó: «Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes».
Yo lo veía asomarse al foco mediático últimamente, con la humildad que le caracteriza, y me nacían girasoles entre los dedos de las manos de pura felicidad. Con todo lo que ha hecho además por los cubanos y los venezolanos, que nadie le ha plantado cara así a los tiranos comunistas, siempre del lado del bien y la libertad, el auto de su imputación me ha sumido en una profunda depresión de la que dudo que pueda salir algún día. Estoy de ceja caída.
Él nos enseñó que un socialista es, por definición, feminista y honrado. Y en el caso de Zapatero, dos veces feminista, y cuatro veces honrado. Y de pronto, esta mañana, mientras canturreaba como cada día el himno «Defender la alegría», la noticia en la radio me sentó como un jarro de agua fría. ¿Quién podría imaginar algo así del nuevo Gandhi, del gran hombre de paz, del presidente sin mancha, y el único hombre en el mundo que se opuso a la guerra de Irak con la única ayuda de una pegatina y un souvenir llamado Gaspar Llamazares?
Con él empezó el charismo. Hoy, todas somos viudas de Zapatero.