Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.
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Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.

El magistrado de la sala de lo Penal del Tribunal Supremo llegó tarde a casa. La cabeza le dolía y el párpado del ojo izquierdo le temblaba sin solución aparente, así que se deslizó despacio hasta la cama. Poco después de la medianoche, su mujer le despertó empujando su hombro: “Julián, despierta; creo que he oído un ruido en el salón”. El magistrado se dio media vuelta mientras gruñía: “Será uno de los chicos”. Su mujer le empujó de nuevo: “Que no, que no son los chicos; anda, mira a ver”.

El magistrado se levantó a regañadientes, se puso las zapatillas al tacto y dio dos pasos antes de notar que el párpado del ojo izquierdo se ponía a temblar. El magistrado se masajeó el ojo con una mano mientra s con la otra iba tanteando el oscuro pasillo. Cuando llegó a la puerta que daba al salón, el magistrado achinó los ojos al ver que por la rendija inferior se colaba un pulso de luz, como un latido azulado. “¡Qué demonios!” –murmuró mientras tomaba la manija y empujaba despacio. El magistrado del Supremo notó que se le aflojaban las piernas y caía al suelo, de rodillas, derrotado. Allí, junto a la librería, se recortaba una figura transparente con forma de mujer que flotaba a un palmo del suelo. El  espectro tomó un libro grande del tercer estante, lo
atrajo, lo abrió por la mitad y pasó una decena de hojas sin prisa.

El fantasma extendió su mano derecha, la puso sobre el papel y susurró: “¿Es usted Julián Sánchez Melgar?”. El magistrado asintió. El fantasma tembló
y un pulso de luz azul le rodeó. “¿Es usted quien ha dicho que comprende la psicosis social generada tras la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que ha tumbado la doctrina Parot?”. El hombre asintió de nuevo mientras una lágrima rodaba por su cara.

El fantasma puso el libro a la altura de sus ojos y con una voz dulce, habló: “La psicosis, tal y como está definida, es una enfermedad mental caracterizada por delirios o alucinaciones”. El magistrado ahuecó las cejas,
compuso un gesto de tristeza y no dijo nada. El fantasma se volvió hacia él y, al hacerlo, dejó ver el otro lado de su cabeza, destrozada, como si una bala se la hubiera reventado. El espectro, con la misma voz dulce, dijo: “Lo que usted quiso decir en vez de psicosis era…”. El magistrado movió los ojos hacia arriba y a la derecha, tragó saliva y tartamudeó: “¿A, a, a… alar, alar… alarma? ¿Alarma social?”.

El fantasma sonrió, dejó el diccionario en el estante y susurró: “Eso es, muy bien” mientras se desvanecía despacio. El magistrado, de nuevo en la más completa oscuridad, se puso de pie y tanteó con las manos el camino de vuelta a la cama. “¿Qué era?” –dijo su mujer. El magistrado suspiró mientras el temblor del ojo se detenía y respondió: “Nadie”.

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