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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

¿Hasta qué punto son estables las democracias?

9 de diciembre de 2016

Yascha Mounk era un tipo pesimista aunque, en realidad, lo era porque él quería. Lector de la universidad de Harvard sobre temas de gobierno, ha pasado su vida desafiando una idea establecida: que los países con “democracia consolidada” -democracia liberal, claro- no quieren dejar de serlo. La idea suena a corolario de las tesis de Francis Fukuyama pero en realidad es bastante más complicado.

 

 

Mount publicó un libro en 2014 titulado “Stranger in my own country” (extranjero en mi propio país), que comienza relatando su experiencia como joven judío en Alemania y acaba siendo una amplia investigación acerca de cómo los países europeos actuales se esfuerzan por construir nuevas identidades nacionales multiculturales. La investigación de Mounk ha llegado hasta las mismísimas páginas de “The New York Times” porque, resulta, que Mounk concluye que las cosas no marchan muy bien a causa del levantamiento “populista” en todo el mundo. Mounk ha trabajado con Roberto Stefan Foa, un investigador en ciencias políticas de la Universidad de Melbourne, Australia, con el que ha reunido numerosa información a fin de determinar el grado de fortaleza de las democracias. Sus conclusiones serán publicadas en enero en la revista “Journal of Democracy” y vienen a decir que las democracias no son tan seguras como cree la gente. En una entrevista, de la que habla “The New York Times”, Mounk dice que “las señales de alarma son de color rojo”. Según Mounk y Foa, una democracia es “consolidada” cuando un país desarrolla instituciones democráticas, cuando existe una robusta sociedad civil y cuando hay un cierto nivel de riqueza. Solo entonces puede considerarse que la democracia está asegurada.

En esta línea, “Freedom House”, un observatorio que “mide” la democracia y la “libertad” en el mundo, nos informa de que desde mediados de los 70 hasta los primeros años 2000, el número de países que pasaron a ser considerados como “libres” subió espectacularmente. Pero desde 2005 “Frredom House” muestra un declive en la “libertad global” que desciende de año en año. ¿Es esto verdad o un mero artefacto estadístico? Para esclarecer la cuestión Foa y Mounk han desarrollado una especie de test médico de tres variables, capaz de detectar si la democracia está enferma antes de que los síntomas sean ya muy graves. La idea es cuantificar tres asuntos: la importancia que los ciudadanos conceden a que su propio país siga siendo democrático; la apertura del público a formas no democráticas de gobierno -como el gobierno militar- y, por último, si existen partidos políticos cuyo mensaje esencial es cuestionar la ilegitimidad del sistema. Si el primer factor decae mientras los otros se mantienen, Foa y Mounk dicen que la democracia está “desconsolidándose”.

Para ambos autores en todos los países occidentales cunde la idea de que ya no es imprescindible vivir en democracia y, como no, tanto ellos como “The New York Times” abundan en ejemplos como Syriza, el Frente Nacional francés o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, aunque por supuesto, el ejemplo más importante es Donald J. Trump, que se alzó con las presidenciales de los EEUU por ser un “antisistema”. Para Mounk, dice el “Times” citando una entrevista, “se trata de lo que Trump puede intentar para minar la democracia liberal en los EEUU”.

Está claro que lo sucedido en Austria el pasado domingo entristecería sobremanera a Mounk: la derrota de Norbert Hofer en las elecciones presidenciales no oculta el hecho de que su partido, el FPÖ, es la mayor fuerza política de Austria y que posiblemente se alce con la victoria en las legislativas de 2018. Sin embargo, nosotros podríamos hacer un análisis bastante diferente de las tesis de Mounk y demás. Primero, existe un notabilísimo confusionismo en sus planteamientos: entre Syriza y el Frente Nacional francés media un abismo por la sencilla razón de que el primero, salvo unas cuantas medidas económicas, comparte todo lo demás con el “sistema” al que se refiere Mounk. Esto sucede porque el dilema “izquierda-derecha” no describe en absoluto la confrontación de nuestro tiempo; al menos no tan bien como el dilema “globalización-etnonacionalismo”. En segundo lugar, porque no se sabe muy bien qué es lo que Mounk entiende por “democracia liberal”. Si por tal se entiende lo mismo que los que así se autodefinen, esto resulta demasiado oscuro porque esta definición solo tiene sentido desde el punto de vista de las élites que gobiernan esos países. Precisamente, la pretensión a ultranza de toda democracia liberal de que es este sistema el que representa la “voluntad general” es percibida por los electores -los mismos que hacen triunfar en las urnas a esos partidos- como esencialmente falsas. De aquí se sigue que para masas crecientes de la población de muchos países, la representación de los intereses del pueblo no está con los que dicen defenderla. Por eso, hay una lectura de las variables de Mounk y Foa en sentido inverso porque para muchos lo que es una “democracia consolidada” no lo es en absoluto, sino justo lo contrario. Por ejemplo, cuando Donald J. Trump dice que el “libre comercio” ha destruido la industria manufacturera americana y ha exportado alrededor de 5 millones de empleos, esta es una afirmación imposible de defender desde postulados verdaderamente democráticos de salvaguarda de los intereses del pueblo estadounidense. Por lo que cabe concluir que es precisamente la “democracia consolidada”, cuya salud tanto preocupa a Mounk, la que constituye la principal amenaza contra los intereses de los estadounidenses. En Austria, Alexander Van der Bellen defiende los intereses del ultracapitalismo mientras que Norbert Hofer defiende los de la nación austriaca y los de su pueblo. Constituye la estafa intelectual de nuestro tiempo esgrimir la democracia formal “homologada” por el poder -radiante e idílica- contra la democracia real que viven los ciudadanos, a menudo origen de multitud de problemas. Por eso, cuando nuestros connacionales europeos perciben que es precisamente este sistema el que pone en entredicho lo construido por las generaciones anteriores, llamando al suicidio demográfico en nombre de la “solidaridad”, el “antirracismo” y otras palabras tótem, es precisamente ese colectivo de electores concienciados los que defienden los derechos del pueblo y el interés general, no la clase política y mediática dirigente. Muchos creemos que es una buena noticia que gente como Mounk esté preocupado y también muchos son los que nos carcajeamos de que Mounk intente equiparar otras opciones a una dictadura militar. Caricaturizar las opciones alternativas no equivale, ni mucho menos, a refutarlas. Lo que verdaderamente sucede es que no vale solo con declararse “demócrata” para defender los intereses y las libertades de nuestro pueblo. Es necesario conducir políticas eficaces en este sentido. Lo demás son cuentos. Y ello aunque le pese al liberalismo, uno de las peores plagas que ha caído sobre la humanidad.

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