Co-Editor en Jefe del medio estadounidense El American. Periodista y columnista venezolano, con estudios de Historia de Venezuela. Es autor del libro 'Días de sumisión'.

Apenas uno tiene tiempo ya para la irrelevancia de la oposición oficial venezolana. Apenas porque uno, si es decente, debe jerarquizar sus prioridades. Pero cada tanto aparece por ahí, en ese mundillo —que se ha vuelto tan grande, tan hostil, tan pesado— que son las redes, alguna información que, por lo triste que es, sobresale.

Resulta que para el wannabe de Bolívar que es Leopoldo López, sería fantástico que el criminal de Nicolás Maduro participara en unas elecciones en Venezuela. Dijo, cito: «Si se dan unas elecciones en Venezuela y la condición es que Maduro participe como candidato, te diría que no tendría ningún problema».

Por supuesto que él, el arquitecto de todos los desastres del año pasado, no tendría ningún problema. ¡Pero de cajón que Leopoldo López, el padre del 30 de abril, no tendría ningún problema en concertar un evento electoral con uno de los mayores criminales de la región, cuya cabeza vale, para los gringos, unos $15 millones!

Leopoldo ya no es nadie. O, mejor dicho, es otro más. Irrelevante, cuya palabra no altera ni blinda el curso de los hechos

Los venezolanos no pensamos igual, quiero pensar yo. Pensamos, de hecho, diametralmente opuesto. Nicolás Maduro no debería participar en unas elecciones, esta es una obviedad como un templo. Nicolás Maduro no debería participar en absolutamente nada. Su destino, ineludible, inalterable, ¡deseable!, es la cárcel, por lo menos. La prisión más oscura, más inhumana, más cruel, como aquella a la que por tantos años ha sometido a tanto niño cuyo delito ha sido disentir —y los ha torturado como en la Edad Media se torturó a los herejes.

Pero, ¿quién es Leopoldo López para que su palabra valga algo? Si le preguntan a él, seguro te diría que el salvador de nuestro país. Pero la verdad disiente de su fantasía. Antes lo fue, por unos minutitos, hasta que la persecución lo mandó al ostracismo. Luego lo volvió a ser, por unos minutitos, cuando su pupilo lo sacó del ostracismo. Y ahora no lo es, porque desde que le dieron un micrófono solo lanza salvajadas como esa de que Maduro podría medirse en las urnas.

Leopoldo ya no es nadie. O, mejor dicho, es otro más. Irrelevante, cuya palabra no altera ni blinda el curso de los hechos. Tan irrelevante como esa consulta que anda mercadeando su pupilo, pero que no encuentra ni eco ni comprador. Tan irrelevante como ya lo es hoy esa ficción llamada Gobierno interino, que se sostiene sobre un muy menguado reconocimiento internacional. Tan irrelevante que preocupa, que apena. Porque hay que lamentarlo: Venezuela a la deriva. Sola, huérfana, con un liderazgo, coronado por el mundo, pero que en términos domésticos se ha desdibujado dramáticamente.

Toca suplantar la irrelevancia. Toca construir algo que valga. Toca juntar, urgentemente, a los hombres y mujeres que sí pueden y sí quieren. Toca que quien debe y lo merece, dé el paso. Toca que el mundo voltee a un lado y se dé cuenta de que hay una alternativa a, al menos, Leopoldo.

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