Como Pedro a Jesús en la via Apia de Roma, los filósofos Fabrice Hadjadj y Rémi Brague —dos de las voces más relevantes del panorama actual— se preguntan hacia dónde va Europa. Mientras, Europa, como Pedro en la via Apia de Roma, parece que huye de la verdad y de lo que estaba llamada a ser.
No se trata de una cuestión retórica ni de un recurso estilístico. Es, más bien, una pregunta que se ha vuelto incómodamente literal.
El pasado mes de febrero, el Real Instituto Universitario de Estudios Europeos y la Universidad CEU San Pablo celebraron la inauguración del Centro de Excelencia Jean Monnet, un reconocimiento que sitúa a la institución como referencia en el mapa europeo del pensamiento. En ese contexto, Hadjadj y Brague retomaron —cada uno a su manera— esa vieja escena de la tradición cristiana, trasladándola a la realidad presente de una Europa que ya no sabe si camina hacia adelante, retrocede o si, simplemente, ha dejado de moverse. Si sobrevive por la inercia de lo que fue o si, como el hijo pródigo, ha dilapidado su herencia.
El encuentro tuvo algo de examen de conciencia de Europa ante sí misma. En ese diagnóstico de una civilización entre la pérdida del futuro y la crisis de su fundamento, tanto Hadjadj como Brague coinciden en que es necesario comprender primero la transformación histórica de las categorías con las que el viejo continente (frente a «la Europa de las ocurrencias», como la llama Brague) se ha pensado siempre. En particular su relación con el tiempo, la libertad y su propia continuidad.
Por primera vez en la historia, las generaciones ya no esperan vivir mejor que las anteriores. Para Rémi Brague la idea de la modernidad de que el futuro puede y debe ser configurado por la libertad humana y, por tanto, ser el espacio del progreso, ya no opera. El futuro no sólo se pierde como horizonte histórico sino que la situación actual introduce una posibilidad más radical: la capacidad de decidir sobre la existencia misma del futuro. Lo vemos tanto en la potencia destructiva de las tecnologías contemporáneas como, de manera más silenciosa pero efectiva, en el declive demográfico. La cuestión del futuro se desplaza así hacia su condición más básica: la continuidad misma de la especie humana.
En este punto, el análisis de Fabrice Hadjadj converge con el de Brague; Europa aparece como encaminada hacia su propia desaparición. Evidentemente, por presiones externas de orden geopolítico y cultural, pero, sobre todo, a causa de un debilitamiento interno que afecta a la relación de Europa consigo misma. Hadjadj describe este fenómeno mediante la metáfora de una «enfermedad autoinmune»: Europa tiende a percibir como bienes aquellos procesos que la destruyen, mientras desconfía de aquello que podría sostenerla.
Sin embargo, el ensayista francés sitúa el origen de esta crisis en un nivel más profundo, que denomina «herejía». Ideas centrales de la tradición cristiana —como la libertad, la novedad, el fin de los tiempos— habrían sido secularizadas en la modernidad bajo la forma del progresismo, para reaparecer posteriormente, en la posmodernidad, como formas invertidas o resentidas, vinculadas a proyectos de superación o negación de lo humano.
No obstante, Hadjadj advierte que el análisis genealógico —la pregunta por el origen de Europa o por sus raíces— no basta para responder a la cuestión planteada. En su opinión, la identidad europea no puede reducirse ni a su esencia ni a su pasado, sino que debe comprenderse desde su dinamismo propio. No en vano, ese es el simbolismo del mito de Europa: una figura arrancada de su lugar de origen y transportada a través del mar. Europa no se define por la estabilidad de un territorio cerrado, sino por la apertura de un «puerto», es decir, por la disposición a partir hacia lo desconocido. Esta estructura de salida y exposición implica riesgo, ambigüedad y una mezcla inseparable de elementos heterogéneos.
Aquí se sitúa otro punto de convergencia con Brague. La caracterización de Europa como realidad no autosuficiente, sino constituida por la apropiación de lo ajeno —la filosofía griega y la revelación bíblica—. La formulación de Hadjadj es más existencial y dramática: Europa es, a la vez, recepción y transmisión, luz y crisis, misión y autocrítica. Esta ambivalencia se manifiesta de manera paradigmática en la expansión europea, donde se entrelazan inseparablemente evangelización y violencia, universalismo y dominación. Ambas pulsiones forman parte de la estructura misma de Europa, en la que «el trigo y la cizaña» crecen juntos. De ahí que su supervivencia histórica haya estado ligada a una capacidad de autointerrogación en forma de confesión o, incluso, de acusación de sí misma.
Sin embargo, en la situación actual, esta capacidad de vivir en sus contradicciones parece haberse transformado en una forma de agotamiento. La mirada abierta al otro corre el riesgo de convertirse en una «mirada vacía», incapaz de sostener la tensión entre luces y sombras. En este contexto, la pérdida del futuro descrita por Brague se traduce, en Hadjadj, en la pérdida de una razón para querer el futuro. La posibilidad de que Europa deje de engendrar nuevas generaciones aparece así no sólo como un fenómeno demográfico, sino como la expresión de una crisis de sentido.
Aun así, Fabrice Hajdajd, luminoso y esperanzado, abre una puerta en medio de la noche oscura del viejo continente: «El acontecimiento de la Conquista es el de los conquistadores arrodillados ante una Virgen que habla náhuatl. ¿A dónde fue Europa? A las Américas. ¿A dónde va? Me parece que solo la inteligencia de la Hispanidad podría reabrir el camino, que no puede ser otra cosa que un camino de vuelta y elevación».
En última instancia, la pregunta Quo vadis, Europa? remite a una cuestión más radical: no sólo se trata de qué futuro le espera a Europa, sino de si existen todavía razones para que ese futuro tenga lugar.