«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Raíces

22 de enero de 2024

En 1979, TVE estrenó la serie Raíces. Aquella España para la que se abría una democracia coronada impulsada, en gran medida, por los Estados Unidos, pudo asistir a las penurias del esclavo Kunta Kinte, a quien sus ansias de libertad, de liberarse también de su nuevo nombre (Toby), convirtieron en una persona con discapacidad, al serle amputada parte de un pie para evitar nuevas fugas. Ese mismo año, ETA mató en Beasain al guardia civil Antonio Ramírez y a su novia Hortensia. Un cortometraje titulado 27 minutos, rodado bajo la dirección de Fernando González Gómez, rinde homenaje a la pareja que la banda terrorista mató dentro de su coche, cuyo claxon, sobre el que cayó el agente, sonó durante esa casi media hora en la que ningún vecino se acercó al vehículo.

Casi medio siglo después, ETA no mata, pues no tiene necesidad alguna de hacerlo. Sillar destacado dentro del muro alzado por el PSOE contra la derecha, la ultraderecha, la extrema derecha, el fascismo, el franquismo y otros mitos, Bildu es un socio preferente y fiable al que los periodistas orgánicos tratan con mimo. «ETA no existe», afirman indignados, mientras fantasean combatir un franquismo vivo, ambiental, inextinguible. En este confortable hábitat ideológico se mueven propagandistas, actores y creadores a los que el Gobierno, sustentado, en gran medida, por los compañeros de Otegui, que esta semana se permitió el desahogo de culpar al Estado (español) «de evitar que la violencia armada —etarra, para más señas— desapareciera de la ecuación política», mima, sabedor de que se trata de una inversión con un gran retorno.

No es, por ello, extraño, que la actriz Itziar Ituño participara en una marcha en apoyo a los presos etarras, calificativo éste, que gran parte de la prensa subvencionada omite, no ya por pudor, sino porque se sobreentiende. «Los presos» son eso, los presos etarras. No son necesarias más explicaciones. «Los presos», para muchos de los que se han criado dentro de modelos educativos elaborados por el PNV, omitiendo la mayor parte de la Historia de Vascongadas, son gudaris, libertadores de un pueblo casi tan oprimido como el de Kunta Kinte.

En ese ambiente se formó la Ituño, firmemente integrada en la industria cinematográfica de Maketania, cuya destacada presencia pancartera ha desencadenado una oleada de críticas por parte de los no alineados con la banda terrorista. A ello ha de añadirse la pérdida de algunos contratos publicitarios que, sin duda, serán resarcidos de algún modo desde lo público. Al cabo, Bildu manda cada vez más y no dejará atrás a una de las suyas. Tampoco lo hará el mundo cinematográfico, que tal y como era de suponer, y a diferencia de lo ocurrido hace unos años con Marta Etura, se ha solidarizado con la filoetarra, acogiéndose a la libertad de expresión como a sagrado. Nada debe, por lo tanto, temer Itziar Ituño, en cuya defensa ha salido el Festival de San Sebastián, tan equidistante siempre con «el conflicto». La tormenta pasará pronto. De hecho, ya se atisban claros para quien ha manifestado, en el curso de una complaciente entrevista, que: «Una es quién es, es de dónde es, hay gente que eso no le ata tanto, pero yo tengo como un árbol, unas raíces enormes que me atan a mi identidad de pueblo». Una metáfora arbórea que, en su caso, va sólidamente ligada a la imagen de un hacha sobre la que se enrosca una serpiente.

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