Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

El 27 de marzo de 1572, Jueves Santo, fray Luis de León fue recluido en la cárcel de la inquisición de Valladolid. En sus muros dejó escrito: «Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado». Después de estar preso durante cuatro años, regresó a su cátedra de Teología. Las palabras con las que abrió su primera clase, fueron: «Decíamos ayer…». Si el celebérrimo episodio protagonizado por el belmonteño, ejemplo del fanatismo inquisitorial, ha pasado a la Historia, la denuncia que este lanzó sobre el dominico Báñez ante el Santo Oficio, apenas es conocida. Ya en el siglo XX, Miguel de Unamuno pronunció las mismas palabras en su primera clase en la Universidad de Salamanca tras recuperar su cargo como rector. Recientemente, otro hombre de letras ha dado con sus huesos en la cárcel. Nos referimos a Pablo Rivadulla Duro, vulgo Hazél, quien, terminado su chusco encierro en la Universidad de Lérida, ingresó en prisión para cumplir condena por los delitos que jalonan su breve biografía. Como era previsible, esta salutífera medida -la política penitenciaria española busca la reinserción del interno-, que tan magros resultados ha tenido en las personas de Oriol Junqueras, Jordi Cuixart, Carme Forcadell y demás sediciosos, ha hecho brotar la violencia callejera en diversas ciudades de nuestro, en muchos casos, adoquinado suelo patrio.

Respaldo mediático y político no ha faltado a los encapuchados que se han dedicado a destruir lo que encontraban a su paso y a agredir a la policía, so pretexto de combatir al Estado «fascista». En efecto, a la cobertura de muchos medios de comunicación expertos en el manejo del adjetivo más acorde con las preferencias de sus patrocinadores, muchos de ellos gestores de la cosa pública, se ha unido el apoyo expreso de uno de los socios del Gobierno de coalición, Unidas Podemos, partido en el que ha vuelto a destacar Pablo Echenique, que en Twitter mostró todo su apoyo a los jóvenes «antifascistas» que pedían «justicia y libertad de expresión en las calles». El desahogo del tocayo de Hazél, el mismo que se rasgaba las vestiduras cuando los cayetanos atestaban la calle Núñez de Balboa, se ha inscrito en una secuencia de críticas hechas bajo el común denominador establecido por Pablo Iglesias Turrión, vicepresidente del Gobierno de España, que no ha dudado en manifestar que esa misma nación -plurinación según sus entendederas- padece «anormalidades democráticas». Con la petición del indulto ya cursada por parte de Unidas Podemos y el oportuno lanzamiento de un manifiesto entre cuyos abajofirmantes aparecen algunos nombres que recientemente se mostraron partidarios de avanzar por la acercadiza vía abierta por Marlaska para los presos etarras, todo hace pensar que vamos a vivir algunas jornadas más, si el tiempo y la autoridad no lo impiden, de violencia callejera. Las suficientes como para satisfacer a la grey podemita, mientras la facción sanchista, ansiosa por volver a sentarse en la mesa de negociación con los lazis, refuerza su publicitado perfil responsable.

Descendiente de conversos condenados por la Inquisición, es probable que este factor familiar pesara en la decisión de entrar en religión del joven Luis. Su ingreso en la orden agustina, de la que llegó a ser provincial, sirvió para difuminar, en parte, las sombras de su linaje. Si fray Luis de León hubo de cargar con ese estigma, a nuestro rapero se le ha recordado recientemente que su abuelo fue el teniente Andrés Rivadulla Buira, distinguido por combatir al maquis en el Valle de Arán, mácula que sus rimas no consiguen borrar. Al cabo, en los ambientes por los que Hazél ha paseado su chándal, sigue vigente una suerte de estatuto de limpieza de sangre progre del que él carece y esa carencia haya jugado a favor de su violencia para con quienes considera fascistas.

No cabe duda de que, tras su breve paso por prisión, a Hazél, que bien pudiera decir a su salida, «Rapeábamos ayer…», le espera un caluroso recibimiento por parte de sus correligionarios. No es descartable, incluso, que estos meses a la sombra le procuren un medio de vida más holgado que el que pudieran haberle ofrecido los ripios que le han llevado a dar con sus huesos en Ponent. Lo que es seguro es que Hazél no podrá llegar a las cimas poéticas alcanzadas por fray Luis de León en su oda a un músico, el gran Francisco de Salinas:

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primero esclarecida. 

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