«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Relecciones gallegas

20 de febrero de 2024

«Relecciones» porque en realidad es una repetición de lecciones ya conocidas, así que le robamos el título a Francisco de Vitoria: relecciones de las elecciones gallegas.

Ante todo, no perdamos de vista el contexto general, el movimiento de la política española en el tiempo y en el espacio, a saber: la progresiva disolución del hecho nacional español en una suerte de liquido confederal donde los agentes locales no sólo ganan fuerza de hecho sino que, además, crean sus propias redes de poder, redes que, por su propia naturaleza, tienden a autoconservarse y crecer. Para autoconservarse y crecer, adoptan cuantos instrumentos de exclusividad tengan a mano. El instrumento de la «lengua propia» sólo es uno de ellos, porque esto no ocurre únicamente en las regiones gobernadas por nacionalistas más o menos separatistas, sino en absolutamente todas, gobierne quien gobierne: es una dinámica propia del sistema, más fuerte incluso que las opciones ideológicas. Precisamente Galicia, la Galicia del PP, es un buen ejemplo de este proceso. Y ahora vayamos a las relecciones.

A cada cual, lo suyo

1. La fórmula Fraga sigue siendo eficaz. El PP, en Galicia, asienta sus mayorías en una fórmula que inventó Manuel Fraga y que todavía funciona: hacer que el Partido Popular capitalice buena parte del sentimiento localista gallego. Dicho de otro modo: el PP, en Galicia, es a la vez la vieja Alianza Popular y Convergencia i Unió. Alcalá Zamora le reprochaba a Cambó que quisiera ser Bolívar en Cataluña y Bismarck en España (o sea, jugar en un sitio a libertador regional y a hombre de Estado en el otro). Fraga consiguió el prodigio de serlo: el PP gallego neutralizó cualquier intento de crear un nacionalismo de derechas. No cabe duda de que el invento funciona en términos electorales. La cuestión es saber si esa fórmula, en un contexto dinámico de progresiva desnacionalización de España, no terminará favoreciendo a largo plazo a los bolívares en detrimento de los bismarcks. Dicho de otro modo: que apostar por el regionalismo no lleve, en la práctica, a terminar adoptando una forma de nacionalismo quizá más indolora pero, por eso mismo, a largo plazo más letal. Lo cual nos lleva al segundo punto.

2. El separatismo gallego está más fuerte que nunca. El crecimiento sostenido del Bloque Nacionalista Gallego es, con cierta perspectiva, el hecho más relevante de la política gallega actual. Cada vez hay más gente dispuesta a votar a un partido declaradamente separatista y de izquierda radical. Dicho de otro modo: es una evidencia que la atmósfera política gallega trabaja en beneficio de los que quieren disgregar España y en perjuicio de los que quieren mantenerla unida. Aquí es imposible no levantar acta de cuáles han sido las políticas culturales y educativas del PP en todos estos años. Cuando uno, por esa apuesta por lo local que antes glosábamos, crea un entorno de supremacía de la lengua gallega y minusvaloración de la española, ¿cómo podemos extrañarnos después de que las nuevas generaciones vayan reconociéndose más en el BNG que en ninguna otra fuerza? Máxime si también la izquierda entra en el mismo juego, y esto nos lleva al siguiente punto.

3. El Partido Socialista cada vez pinta menos porque ha diluido completamente su identidad tanto nacional como de clase. Ayer Zapatero y hoy Sánchez han ido convirtiendo al PSOE en un simple socio de las políticas disgregadoras (cuando no las encabeza el mismo, como ocurre en Cataluña). El PSOE sobrevive en Galicia por el tirón personal de algunos alcaldes y poco más. Su estrategia de campaña de llamar al voto al BNG no ha sido un error episódico: forma parte del carácter de un partido que, a juzgar por sus actos, se ve a sí mismo como «una vasta empresa de demoliciones», por usar la expresión de Azaña. ¿Demolición de qué? De la España histórica, evidentemente. En su lugar emerge una realidad post nacional que no va a romper el Estado (cada vez más gente vive de los presupuestos públicos), pero que sí va a convertirlo en una mera máquina sin sustancia… nacional.

4. La única fuerza que parece haber entendido este proceso es VOX, pero tiene el inconveniente de pocos entienden a VOX. Entre otras razones, porque buena parte de la «derecha opinativa» sigue anclada en la perspectiva de hace veinte años y prefiere no mirar lo que está pasando hoy. Abascal tiene razón cuando dice que la victoria apabullante del PP en Galicia no es buena noticia para España. Pero la frase no la ha entendido casi nadie, lo cual significa que VOX tiene un problema serio de transmisión de sus mensajes. No es una buena noticia para España, en efecto, que el voto de la derecha social gallega (y española) haya ido a parar a un partido que ha estimulado sin cesar el proceso de desespañolización de la vida pública que tanto gusta a los separatistas, que ha abanderado las mismas leyes trans que tanto gustan a los socialistas y que ha aplicado las mismas histéricas medidas anti-COVID que tanto han gustado a los totalitarios posmodernos. Pero es una evidencia que pocos votantes tienen esto en cuenta a la hora de depositar su papeleta, luego algo habrá que hacer para que llegue el mensaje. De entrada, las elecciones tienen que prepararse durante cuatro años, no sólo durante cuatro meses, y uno tiene que procurarse los altavoces para que se le escuche si nadie más te quiere dar voz. Por otro lado, VOX tiene que replantearse si en sus mensajes puede hacer abstracción de cuarenta años de vida autonómica, es decir, del hecho de que dos generaciones de españoles han crecido ya en una realidad donde el sistema autonómico forma parte del «orden natural de las cosas». VOX es el único partido que se plantea una rectificación a fondo del statu quo y por ello su reflexión debe también ser más profunda.

Una nota más. El modelo Fraga, en su momento, tenía sentido. Es verdad que España, por su conformación histórica, guarda en su seno diferencias regionales muy vivas: España empezó a constituirse como comunidad política antes de los grandes procesos de homogeneización del mundo moderno, de modo que aquí hemos conservado lo que en otros países europeos se erradicó con violencia. En ese sentido, la idea de Fraga podía ser una buena solución para contener esas fuerzas centrífugas que parecen formar parte sustancial de nuestra historia colectiva. Ahora bien, en aquella época, años 1990, en España había aún fuerzas centrípetas suficientes para contener a las centrífugas: un marco autonómico limitado, un Estado con suficientes competencias, cierta autonomía en política exterior, una moneda propia, una deuda pública que se reducía al 45%… Pero desde entonces han pasado treinta años, el mundo ha cambiado mucho, España también, el sistema autonómico ha acentuado su tendencia centrífuga mientras el Estado perdía casi toda potencia centrípeta… Es decir que, hoy, mantener la apuesta por lo local es una puerta abierta a la disgregación. Y ésta es la reflexión que debería hacerse el Partido Popular si de verdad cree en la continuidad histórica de España como nación.

.
Fondo newsletter