El resultado de Vox en las elecciones andaluzas, aunque sólo parezca bueno, ha sido extraordinario. Cuando empezó la campaña, lo tenía todo en contra. Ahora se olvida, pero se daban las condiciones de una tormenta perfecta: factores objetivos, como la complicada situación internacional de los aliados de la formación, y factores subjetivos, como la sensación de que el ascenso de Castilla y León se había enfriado, aunque aquello obedecía más bien a una inflación de las expectativas.
El primer acierto de esta campaña fue, justamente, enfriar las expectativas. Pero enfriarlas mucho, hasta el borde mismo de la congelación. Escribí entonces que se trataba de un movimiento arriesgado, capaz de desmovilizar al electorado, pero muy inteligente, porque era —si me perdonan el palabro— un win-win: «un dos en uno: se minimiza el chasco y se maximiza el logro».
Lo que no me esperaba es que Juanma Moreno Bonilla, listo como una raposa, cayese en la trampa. Crecido por la humildad voxera, maximizó sus expectativas de mayoría absoluta —en la que creía firmemente— y planteó a los andaluces un dilema plebiscitario: «O mi mayoría o el lío». O absoluta o abocada. Y ha terminado abocada a la negociación. ¿Cómo es posible que las encuestas le hayan engañado tanto? Creo que la procedencia de los votos de Vox ha jugado un papel decisivo. Cuando el electorado verde era más afín al PP, los populares percibían en sus conversaciones cotidianas el crecimiento de los de Abascal. Pero a medida que la masa crítica del voto de Vox se ha ensanchado, también se ha alejado sociológicamente de los ambientes más peperos, que han perdido contacto con la resiliencia del electorado de Gavira.
Quizá este desconcierto explique otra trampa en la que se está metiendo el astuto Moreno Bonilla. Sus declaraciones de que no piensa contar con Vox ni para la investidura ni para la legislatura ni para el gobierno son aritméticamente insostenibles. Y tienen el efecto de provocar la reacción de Vox, que no puede dejarse ningunear de esta manera ante su medio millón de votantes. Juanma está, quién lo diría, guardioleando, lo que suele terminar —como ya hemos visto— en gol en propia puerta.
Pero no nos despistemos del acierto estratégico de Vox. Al bajar las expectativas, ha conseguido además un voto firmemente convencido. No ha habido un efecto succión por el rebufo del éxito o al calor de la victoria o por imitación de la moda. Todo ha sido sin esperanza, con convencimiento, que era todo cuanto se ofrecía. A los votantes andaluces de Vox no se les puede aplicar el aviso de Cervantes: «—En fin —dijo don Quijote—, bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: “¡Viva quien vence!”». Se ha votado a Vox venciese el que venciese.
Esto permite aventurar una fuerza de resistencia enorme en ese electorado a las presiones que va a articular el PP y su coro de medios con los tiempos, las culpas y los reproches, tratando de conseguir su gobierno monocolor gratis por la cara. Por otro lado, tanta convicción de los votantes frente a viento y marea de encuestas conlleva una mayor exigencia de cumplimiento de los compromisos políticos.
De modo que se puede aplicar al caso de la acertada estrategia de Vox el inolvidable poema de Blanca Varela: «Digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera». Tras los cuatrocientos metros vallas de las elecciones, vienen los cien metros lisos de las negociaciones, que van a ser de infarto. Y tras ellas, vendrá el maratón de cuatro años de gobierno con un PP correoso. Es lo que hay y será para el bien de España. Es lo que tiene —diría Blanca Varela— acertar con la estrategia y superar la primera prueba. Que ya no paran.