Revelación de padre
Revelación de padre
Por Hughes
2 de septiembre de 2026

Cuando vas a ser padre te dicen eso de que te cambia la vida, y desde luego es verdad. Surgen emociones nuevas y las conocidas cambian. Hay momentos extraños. Uno de los más raros lo viví al poco de nacer mi hija, una mañana que cogí el metro. Era hora punta e iba lleno. Allí de pie, entre la gente, mucha gente, yo miraba los rostros. No rostros especialmente hermosos. Y me di cuenta de que los veía de otra manera, obsesionado como estaba en esos primeros días, conmocionado quizás, por las facciones de mi hija recién nacida; yo la miraba tanto que debió de quedar en mí esa obsesión por el rostro, y con parecidos ojos miré el de los que me rodeaban…

Al observarlos, no veía solo adultos. Veía unas caras que fueron de niños, de bebés. 

Igual que en mi hija quería adivinar una forma, un rostro de persona, como queriendo pellizcar una identidad de sus rasgos arrugados, suaves y redondos, el rostro de esas personas era para mí el de un bebé previo, veía el bebé previo. No eran adultos sino ex bebés.

Sus facciones se me presentaban en su plena singularidad y yo las miraba de otro modo: estos rasgos fueron alguna vez las tiernas formas de un bebé que unos padres miraron embelesados, como yo miro a mi hija, y —seguía pensando— en esos rasgos adultos que han quedado, caras perfectamente normales, los padres reconocerán aún lo más preciado de sus vidas.

Los rostros, que eran ya para mí la latencia de un bebé, eran el objeto del amor absoluto de unos padres. Alguien, en algún lado, amaba esas caras con todo su ser. Y era peor si pensaba que, por edad, los padres ya no estaban. Si pensaba que el rostro del señor junto a mí, quizás demasiado mayor, no tenía ya quien lo mirara así. Al pensarlo, en el metro, a las siete y pico de la mañana, sentí que me subían a los ojos las lágrimas. 

Todos los rostros de ese vagón eran para mí, se habían convertido para mí, en cuestión de minutos, como por un trastorno empático, o una revelación, en objeto de amor. Eran rostros incandescentes de amor, del amor de unos padres que yo imaginaba…

Me di cuenta entonces, a mi edad, vergonzosamente a mi edad, de que cada uno de nosotros tuvo unos padres que lo miraron arrebatados. Las personas, de repente, eran hijos, antes que nada hijos, y yo pensaba en sus padres. Nunca había mirado así a la gente. Esa obra que es el ser humano, nunca la había yo mirado desde ese ángulo.

La impresión de esa mañana, fuerte en el instante, se fue apagando, pero no desapareció del todo. 

En un rostro cualquiera, con ese punto cómico que tienen casi todas las caras, y que revela su ternura, unos padres siguen viendo un bebé, el objeto de un amor alegre, herido, apabullante.

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