Me gusta escribir «navidades» en minúscula, por las felices fiestas que nos felicitamos efusivamente, fum, fum, fum; y «Navidad» en mayúscula por el misterio insondable al que nos asomamos hoy, esta Nochebuena, y que sostiene toda la fanfarria eufórica. Me gustan mucho ambas grafías y, según toque, las alterno.
Hasta el penitencial Adviento me parece festivo. Muchos andamos empeñados en hispanizar la corona de Adviento añadiendo a las cuatro velas de los cuatro domingos —morada, verde, rosa y roja— una azul para encender el día de la Inmaculada, un co-domingo a todos los efectos litúrgicos. Los sacerdotes españoles de ambos hemisferios tienen el privilegio, ganado en la defensa ibérica del dogma a capa y espada, de vestir ornamentos azules ese día. Los hogares españoles bien podemos encender nuestra vela azul a la Purísima. Además, es bonito lo que dice el poeta Juan Ramón Trotter del calendario de Adviento, que hasta leerle, no era una tradición que yo practicase, pero él me ha animado: «Cada día de Adviento / es un milagro, / una ventana abierta / del calendario».
Otra tradición que me encantaría instaurar son las elecciones extremeñas, tan alegres, a medias Día de los Inocentes (para unos y unas) y día del sorteo de Navidad para los agraciados. Qué fiesta. Arre, arre, arre. Me temo que todos los años no va a poder ser, aunque quizá Guardiola, tan suya, tal vez se lance.
En Nochebuena hacemos en mi casa un juego que recomiendo vivamente. A nosotros nos lo enseñó Antonio Urzáiz, perito en tradiciones. En la cena familiar cada uno pone su nombre en un papel. Todas las papeletas se meten en una bolsa y se remueven con energía. Luego cada uno saca una y el pariente que le toque es aquel por el que tiene que rezar y del que ha de estar pendiente todo el año. Crea lazos sobre lazos, que siempre vienen bien. Es un ambiente dickensiano de cuento de Navidad que se alarga 365 días.
Otro hito es 27 de diciembre, festividad de san Juan Evangelista. Como buen discípulo predilecto de Jesús, a Juan le gustaba mucho el vino. No en vano había sido un testigo ocular y un catador activo del milagro de Caná. Para envenenarlo vieron que la manera más segura era echarle el tósigo en una copa. Pero, buen discípulo de Jesús en todo, antes del primer trago, bendijo el néctar. Y de él salió volando un pequeño dragoncito verde que era la condensación del veneno. Tranquilamente se bebió el vino, que, como en Caná, estaba aún mejor que bueno. Obsérvese que al trago invitaron, además, los envenenadores, ja, ja. En conmemoración de ese sacro buche, para la misa de san Juan se llevan de cada casa las botellas precisas y se ponen al pie del altar. Al finalizar la ceremonia, el sacerdote las bendice y entonces el vino asciende a sacramental. Como el agua bendita, pero en vino, y no digo más porque tampoco quiero faltarle al agua bendita. Este vino de san Juan puede beberse exactamente igual que cualquier otro pero mejor. Se toma cuando uno está pachucho o antes de una conferencia o una batalla y en un brindis importante, y también se vierten con ceremonia unas gotas en la botella que se ofrece a los invitados. Siendo ya bueno el vino para el cuerpo y para el alma, el vino bendecido de san Juan es aún mejor. Sí, cabe. Es una tradición que urge recuperar y que en Jerez, en Valencia y en Madrid se celebra.
Lo de las doce uvas es imprescindible. Y el primer día del año en mi casa se comen siempre criadillas, ustedes ya saben lo que son. Se llaman así porque de lo que se come se cría y seguro que al 2026 vamos a tener que echarle mucho valor.
Y se me acaba el espacio para los ritos y todavía no hemos hablado ni del domingo de la Sagrada Familia ni de los Reyes Magos, que por Holanda ya se ven, que ya se ven. Pero todos los ritos y las costumbres estarían vacíos si el Niño recién nacido no llenase la cuna en el pesebre, en nuestros corazones y en el mundo. El Nacimiento es un nacimiento, y aquí las mayúsculas están al revés: el Belén representa la llegada real del Niño Dios a nuestro mundo. Pasa en cada misa y de una manera transparente en la Misa del Gallo.
Los poetas contemporáneos guardamos otra tradición: nos felicitamos cada año con unos villancicos nuevos como hacían desde Gil Vicente y Lope de Vega hasta Luis Rosales y Aquilino Duque. En el mío de esta Navidad, por seguidillas, me asomo, desde el rito de la Misa del Gallo a la raíz del Niño realmente recién nacido en la transubstanciación.
