Aunque me lo juren por la más sagrado, no me creo que haya nadie que de verdad crea que ser hombre o mujer es un “constructo” y que se puede pasar de un sexo al otro con una mera expresión de la voluntad. No, todo el mundo sabe que es mentira, pero esa es la gracia.
Tampoco creo que quien me dice que las oleadas multitudinarias de inmigrantes del Tercer Mundo vienen “a pagar nuestras pensiones” piense tal cosa, y que quienes dicen desmentir la relación directa entre el número de recién llegados y el aumento de los delitos violentos, o afirman que traer un millón de gente de fuera sin aumentar la construcción no afecta al precio de la vivienda, sean sinceros. No hay gente tan idiota.
De hecho, el votante socialista, estoy convencido, sabe que Sánchez miente continuamente. No se cree, por ejemplo, que indultara a lo culpables del golpe de Estado en Cataluña para fomentar la concordia; sabe perfectamente que fue para conseguir los votos de los separatistas y seguir en el poder, pero no les importa.
También sabe que roban, sabe que es verdad lo que está saliendo a la luz y apunta a quien apunta, pero les compensa. Hay una enorme proporción de electores que están convencidos de que todo el que puede se lo lleva calentito, así que no es para tanto; mejor que se lo queden los suyos que no los otros.
No vale la pena abrir la boca para expresar una opinión si no se tiene la remota esperanza, siquiera teórica, de convencer al contrario. El hecho mismo de discutir civilizadamente es admitir en el otro, por fanático que sea, cierta medida de racionalidad y algún terreno común sobre una realidad indiscutible para ambos. Solo un masoquista se pondría a debatir con un enajenado.
Pero hay una figura aún más exasperante en este sentido que el demente o el fanático: el mentiroso. No me refiero aquí a la persona que miente accidentalmente, funcionalmente, para argumentar a favor de una tesis que cree verdadera; no hablo de quien recurre a datos falsos o estadísticas manipuladas, sino a quien, directamente, no cree en lo que defiende. ¿Cómo vas a convencer de que una idea es falsa a alguien que ya sabe que lo es?
Desgraciadamente, creo que ese insidioso personaje es cada vez más frecuente en el foro público, muy especialmente en las esferas de poder. Y su papel ni siquiera es convencer, como el propagandista del pasado, sino señalizar, humillar y desanimar.
Señaliza cuál es la doctrina correcta, en el sentido del mensaje que es conveniente profesar para estar a buenas con el poder, las mentiras que uno debe repetir como ordalía y rito de paso para pisar alfombra. El mecanismo es muy obvio: el poder exige la humillación de expresar lo que todos saben que es falso como prueba de lealtad, como medio para pasar de ser un partidario a convertirse en un cómplice.
La humillación que representa mentir conscientemente es un despliegue de sumisión, como cuando el lobo que se rinde al macho alfa le ofrece el cuello para significar que acepta su dominio.
Por último, los beneficios de la desmoralización es evidente. Saber que saben que sabemos que mienten es paralizante.
Mientras exista la más ligera posibilidad de pensar que creen en lo que dicen, o que, al menos, tienen la intención real de persuadirnos, queda cierto margen para luchar. La mentira abierta del poder desactiva la resistencia; es un modo de decir: “Podemos mentir abiertamente, podemos decir que el cielo es verde y que el fuego moja, porque no podéis hacer nada para vencernos”. Si, además, uno repite la mentira, aunque solo sea una, aunque sea parcialmente, se debilita a sus propios ojos y pierde fuerza.
Pero este nivel de propaganda soviética, de mentira tan burda que basta abrir los ojos para desmentirla, se está haciendo omnipresente y, si triunfan los esfuerzos de nuestras élites por controlar totalmente el mensaje, pronto será la única versión.