'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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Sarkozy quiere ser nieto de Astérix, ¿y Rajoy de Don Pelayo?

5 de octubre de 2016

El anterior presidente de Francia, y candidato quizás a serlo de nuevo en 2017, Nicolas Sarkozy, nunca ha desperdiciado una ocasión de ser polémico. Más por su estilo y su no infrecuente falta de oportunidad que por la enjundia intelectual de lo que dice y escribe. Enjundia que ni él pretende demasiado ni nadie le ha supuesto nunca, por cierto.

Sarkozy, en una Francia en alerta permanente, con el Ejército en las calles y las puertas de los Institutos, con una campaña electoral centrada en la identidad nacional y sus varias acepciones, ha sacado a pasear a un viejo amigo. Ya para su generación, y para todas las que han venido después, el primer francés, el francés por antonomasia, habría sido un hijo de René Goscinny y de Albert Uderzo: Astérix, el Galo.

“Nuestros antepasados, los galos”, “nos ancêtres, les Gaulois”, era el inicio de la historia nacional tal y como se explicaba en las escuelas de la Tercera República (1871-1940). La idea de Jules Michelet desarrollaba un mito anclado en los intentos de legitimar la Revolución: los nobles -en esa interpretación ideológica- habrían sido los francos, germanos invasores y opresores durante más de un milenio; y el verdadero pueblo francés descendería del tercer estado, galo en su origen, depositario de todas las virtudes laicas que 1789 convertiría en elementos de la identidad francesa. Ernest Lavisse, en su libro de Historia, llevó la cosa a todas las escuelas (incluyendo las de Argelia, Camerún e Indochina): “Antes, nuestro país se llamaba la Galia y sus habitantes eran los galos”.

Sarkozy no es tan torpe ni tan bocazas como se ha dicho a raíz de su mención de esos “antepasados galos” en plena campaña. Desde luego que él sabe que es hijo de un húngaro, y no descendiente directo de Obélix. Quizá al expresidente le faltan la ironía y los matices sarcásticos del “judío” Goscinny y del “italiano” Uderzo, pero si sacó a los galos a guerrear es porque él, como muchos, defiende una cierta manera de ser francés.

Dice Sarkozy que “hay un relato nacional, que no es necesariamente la verdad histórica en detalle, sino que es un relato vertebrado por los héroes que han construido Francia; y cuando uno es hijo de un húngaro o de un argelino y llega a Francia ¡no le enseñan la historia de Hungría ni la de Argelia, sino la de Francia!”. Para él, en suma, si uno se hace francés, uno “vive como un francés y sus antepasados son los galos”, es decir ha de asumir como propio ese “relato”.

¿Eso es racismo? Justamente es todo lo contrario. “Si uno quiere ser francés, habla francés y vive como un francés. No nos contentaremos con una integración que no funciona, exigiremos la asimilación”. Si por un lado la idea de asimilarse (renunciar a sus identidades de origen) choca con lo hoy políticamente correcto está por otro abierta a todos los que quieran “hacerse franceses”. Es un mito republicano-laico, ya bastante añejo, que Sarkozy simplemente reanima. No se trata de segregar por origen, ni por religión, ni por costumbres: se trata de suprimir todos esos elementos y asumir los franceses-laicos si uno quiere ser francés.

Por supuesto que las cosas son, en la historia, mucho más complejas que en el mito republicano-galo de Sarkozy y de Michelet. La Galia recibió su nombre de Roma, que fue la primera en unir todas las tierras de ese espacio (y muchas más), la primera en darles una lengua común (que ahí sigue), y la primera en permitir un acontecimiento identitario decisivo: la llegada y extensión del cristianismo.

En la Alta Edad Media el mito legitimador de la llegada y asentamiento de los francos fue la conversión de Clodoveo al cristianismo, primero, y su defensa por Pipino primero y por Carlomagno después. Era una identidad cimentada en el origen y la fe. Desde el siglo XIII el “rey de los francos” se hizo “rey de Francia”, y la identidad añadió una dimensión territorial (aún imprecisa) y una regia (sagrada incluso). Con las modas clásicas incluso se trató de buscar para los francos un origen en Eneas, nada menos, e incluso de inventar unas raíces comunes, e improbables, a galos y francos. Contra Inglaterra y contra la variedad regional, la Francia monárquica y sagrada trató siempre de imponer, aunque durante siglos sin éxito, una narración común del pasado y de esa identidad.

Pero si prescindimos de la Historia, como la Revolución hizo desde el principio, en los dos últimos siglos la identidad francesa se basa en unos “valores comunes” (laicos, revolucionarios: los Derechos Humanos) y en la extensión, tan forzada como se quiera, de un relato común del pasado y en consecuencia de un modo común de vivir. Es decir, lo que ahora trata de recordar el pobre Sarkozy.

¿Por qué “pobre”? Porque ha tratado de usar un discurso que históricamente fue el de la izquierda, radical y socialista, un discurso identitario sin religión y sin profundizar en los orígenes reales, y ciertamente sin respeto ni por la variedad regional ni por la variedad de orígenes. Y se encuentra con una izquierda que en nombre del derecho a la identidad (de todos, menos de los que habían asumido la identidad nacional francesa) ya no se acuerda de Astérix.

Curiosamente, fue la vieja izquierda la que elevó a discurso nacional la idea de que uno “se hacía” francés, mientras que la vieja derecha afirmaba que uno “nacía” francés. Pero quien creó el Ministerio de la Identidad Nacional fue Sarkozy, y en el sentido de la izquierda de antes, no en el del conde de Chambord. ¿Vercingétorix para todos? Lo que funcionó para italianos, españoles, polacos y portugueses no funciona con argelinos, marroquíes, senegaleses y cameruneses. Ahora la izquierda, tolerante con las identidades de los muchos millones de llegados y no asimilados, dice lo contrario de lo que dijo; pero no fue igualmente tolerante con los llegados antes, ni con bretones, alsacianos, nizardos y corsos. Curiosamente -o no- los comentarios más tradicionalmente de derechas han sido los de Alain Juppé, quien ha dicho que si se cortan las raíces de un árbol éste muere.

Si alguien acusa a Sarkozy de “insultar” a los que conservan su identidad de origen por negarles la condición de franceses, debería extender su acusación a toda la Francia republicana desde 1789, y mucho más aún a toda la izquierda de esa República. Lo cierto es que limitar la identidad a compartir los valores de libertad, igualdad, fraternidad (y laicidad) ha demostrado no ser suficiente. Lo fue antes, quizás; lo fue en Estados Unidos, quizás, pero ya no lo es. Sin una educación en una identidad compartida, miles de menores de familias magrebíes están dispuestos a ser terroristas yihadistas, en Francia, hoy.

Lo que hace débil a Sarkozy es que mira hacia atrás pero sólo hasta la Revolución. Y parece que hace falta más que eso ante esta situación. Seguramente los valores laicos y los relatos simples no sirven contra creencias profundas ni contra vaciedades totales. Seguramente hace falta un mito fundador, pero ha de ser capaz de arraigar hoy. Como por otra parte le pasa a la España de Rajoy, que no puede quedarse en 1978 si no quiere disolverse.

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