«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Señorías, detengan esta demencia

12 de mayo de 2026

Hoy es martes 12 de mayo. Mañana, miércoles 13, el Tribunal Supremo tiene que decidir si paraliza cautelarmente la regularización masiva de inmigrantes ilegales decretada por el Gobierno. La medida de Sánchez ha sido recurrida por VOX, la Comunidad de Madrid y varias asociaciones. El motivo del recurso atiende a consideraciones eminentemente jurídicas: se emplea una norma de rango inferior para modificar una de rango superior (la de Extranjería), se altera otra ley orgánica (la Electoral, en la medida en que se provoca un cambio en el censo), se lesionan derechos fundamentales, etc. Son sin duda razones de peso y hay que suponer que la sala tercera del Tribunal Supremo, la de lo contencioso-administrativo, que es la que verá el caso, las tendrá en cuenta. Yo no me siento autorizado para calibrar el alcance jurídico de la cuestión. Pero sí para explicarles a sus señorías lo que la gran mayoría de la población española está viendo, a saber: esto no es lo que nos contaron.

Nos contaron que se trataba de dar papeles a medio millón de personas que lleva años trabajando aquí y que merece regularizar su situación. Sobre eso podemos estar de acuerdo: habría sido mejor que no entraran, pero, una vez aquí, lo más sensato es que estén legalmente. Pero es que no es eso lo que está pasando. Lo que está pasando es que cientos de miles de personas, tal vez más de un millón, muchos de ellos recién llegados, sin oficio ni beneficio, van a empezar a deambular por nuestras calles sin que sepamos quiénes son. Si esta locura no se detiene, las consecuencias van a ser catastróficas. La burbuja del poder —Gobierno, medios vasallos, tiburones del Ibex, obispos, etc.— está muy convencida de que hay que inventarse varios millones de «nuevos españoles»: ha creado su propio discurso para justificar el desafuero y sólo se escucha a sí misma. No sé si podemos esperar que la cúpula de la Justicia actúe de otra manera. Pero si alguien estuviera todavía dispuesto a escuchar lo que se dice a pie de calle, oiría cosas que le moverían a paralizar de inmediato la regularización.

Todos estamos viendo, porque la propia policía lo está contando, que entre los «regularizados» se cuentan sujetos (los paquistaníes no son los únicos) con antecedentes penales en su país de origen y en la propia España. Que la «pérdida» del pasaporte se ha convertido en algo común para camuflar el origen del individuo. Que hay auténticas muchedumbres de malienses o gambianos que están obteniendo papeles sin la menor comprobación. Que la expedición de «certificados de vulnerabilidad» está dando lugar a fraudes de todo tipo, con daño objetivo para los ciudadanos españoles realmente vulnerables. Todos, igualmente, sabemos el problema que se va a plantear de inmediato con servicios que ya están saturados, como la sanidad, o con la vivienda: sencillamente, aquí no cabe nadie más. Nadie entiende que un país con casi cuatro millones de parados reales tenga que meter dentro de sus fronteras a más de un millón de personas, para hacer todavía más escaso y precario el trabajo. Nadie entiende, especialmente entre los inmigrantes legales, que se privilegie de forma indiscriminada a gente que no ha aportado absolutamente nada. Nadie entiende que un país donde la inmigración ha provocado un aumento patente de la delincuencia introduzca a todavía más gente sin opciones de ganarse honradamente la vida. Nadie entendería, por tanto, que un tribunal que representa la cúspide de la Justicia avalara el mayor acto de injusticia jamás perpetrado contra los ciudadanos de un país.

Los jueces del Supremo se centrarán en los argumentos jurídicos. Es lo suyo. Pero alguien debería preguntarse si la naturaleza jurídica de una norma no debe quedar subordinada a algo más importante: eso que antes se llamaba «bien común» y que ahora va a convertirse en mal general. Dicho en plata: no me gustaría estar dentro de la toga de uno de esos jueces cuando salpique la sangre de la primera víctima. Señorías, detengan esta demencia. Si así lo hiciereis, que Dios os lo premie. Y si no, como en la vieja fórmula, que os lo demande.

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