«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

El golpe de Estado censal

30 de junio de 2026

Estamos asistiendo a un golpe de Estado a la vista de todo el mundo. Un golpe de Estado que esta vez no se ejecuta sobre la cúspide del sistema, desplazando al grupo gobernante como es tradicional, sino sobre la base, cambiando al pueblo por la vía de manipular el censo, ampliándolo de modo arbitrario. El ejercicio es tan brutal y descarado, tan agresiva su desfachatez, que pasma comprobar que no hay nadie capaz de frenarlo. Y sin embargo, así es: acabamos de descubrir una nueva brecha en nuestro sistema institucional. No sólo no hay nadie capaz de frenar el desafuero, sino que quienes más interesados deberían estar en hacerlo, permanecen quietos. Por ejemplo, el principal partido del país, el PP, que la semana pasada, en las Cortes, votaba contra la propuesta de VOX de controlar el voto por correo del exterior y lo hacía con un argumento sorprendente, a saber: que está muy feo poner en duda el sistema electoral. Es asombroso.

Río Misisipi. A bordo de uno de esos barcos de vapor con rueda de palas. Música de pianola. Ambiente cargado de humo, efluvios de alcohol y risotadas de mujeres de mala vida. En una mesa juegan dos fulanos. Uno de ellos, un tahúr de chaleco floreado, hace trampas ostentosamente: se le escapan cartas de la manga de la camisa, del dobladillo del chaleco, de la cinta de la chistera. Un niño negro que asiste a la escena —descalzo, pantalones raídos, sombrero de paja, camiseta tiznada de hollín— señala al tahúr y grita: «¡Está haciendo trampas!». Y entonces el otro jugador, la víctima, se levanta, esgrime un índice amenazador, lo dirige contra el negrito y aúlla: «¡Cómo te atreves a poner en duda las reglas del juego!». Eso fue lo que ocurrió la semana pasada en las Cortes. El negrito, que no es tonto, encaja la bronca del otro jugador y cavila. Opción a: este tipo es estúpido. Opción b: este tipo quiere perder. Opción c: este tipo está compinchado con el tahúr y en realidad todo es un teatro. Cualquiera de las tres opciones es desoladora. El negrito, deprimido, abandona la escena

No sé cuál de las tres opciones que el negrito caviló puede aplicarse al PP (el negrito, evidentemente, es VOX, pero también todos los que han salido a denunciar el desafuero, como Iustitia Europa o Hazte Oír). Días después apareció Feijoo para denunciar lo que él llama «ingeniería electoral», con un tropo tan elegante que se diría, incluso, que esconde cierta admiración hacia el tahúr. Dijo Feijoo que le parecía muy mal el amaño y se comprometió a arreglarlo cuando él gobierne. Pero, alma de cántaro, ¿cómo vas a gobernar si dejas que te roben las elecciones?

Mientras el PP anda con estas cosas, lo poco que va quedando de ciudadanía española consciente se indigna por lo barato que se ha puesto ser español. Si cualquier fulano puede decidir que es español quien a él le venga en gana, entonces la condición de ciudadano español no vale nada. Dentro de la tarea de desconstrucción de la nación española a la que se ha entregado este gobierno, el último paso seguramente es este: que ser de aquí, nacer aquí, trabajar aquí, cotizar aquí, valga tanto como ser de fuera de aquí. Así las cosas, ¿quién va a querer ser de aquí? Sólo el que no tenga más remedio que permanecer. Están llevándonos a la mayor de las desposesiones, que es sentirte despojado de tu propia patria.

Y una vez más, esa desoladora sensación de que no hay nadie capaz de arreglarlo, porque los que quieren, no pueden, y los que podrían, no quieren. Abandono. Es lo que transmitió Posteguillo cuando contó su experiencia de la riada de Valencia: pasaban los días y allí no llegaba nadie. Aquí, tampoco. Parlamento, Corona, Iglesia, tribunales, ejército… ¿De qué sirve todo eso —el Estado— si un gobierno puede cambiar arbitrariamente al pueblo? Es la pregunta que deberían hacerse aquellos que, por su posición, tendrían que estar a la altura de su responsabilidad. Si no saben responder, tal vez es porque, al fin y al cabo, nos sobran.

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