Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

En cierto modo lo soy ‒catalán, digo‒, pues el universo es un fractal, un holograma, una metonimia. una sinécdoque, y en ese orden de cosas y amalgama de factores el todo está en la parte y la parte está en el todo. O sea: que, si todo catalán es español, de ello se deduce que todo español es catalán.

Si yo fuera catalán, decía, y residente en Cataluña, me negaría a intervenir, ya fuese por activa, como votante, ya por pasiva, como miembro de una mesa electoral, en el inminente paripé democrático (y oclocrático) del Día de san Valentín. Y actuaría así no movido por motivaciones políticas, éticas o estéticas, y filosóficas, en definitiva, sino estrictamente sanitarias. Existe una ley natural, superior a todas las leyes del Derecho Positivo, que legitima la defensa propia en aras del instinto de conservación. ¿No creen?

Convocar elecciones en un momento como éste, con todo el país malherido por la pandemia y en el punto más delicado de ella, es una iniciativa incompatible con otra ley sacrosanta del Derecho Natural: la del sentido común, en francés bon sens… Precisamente ese seny del que tanto se presumía en Cataluña antes de que la ponzoña del separatismo envenenara las instituciones, incendiara las calles y convirtiera poco a poco en tercermundismo económico, social y cultural lo que durante tantos siglos fuese una de las zonas más ilustradas, razonables, razonadoras y  prósperas del diablo mundo.

Los virus se frotarán los élitros, si lo tienen. ¡Menudo ventilador de microbios, miasmas, citoquinas y aerosoles!

Nos dicen, por una parte, quienes mandan en nosotros desde el salpicadero de la política, la medicina, la economía y la ciencia que la famosa curva del virus se ha tornado pared vertical y que ésta alcanzará su máxima altura precisamente a mediados de febrero; por otra, queda archidemostrado que la incidencia de la pandemia se dispara cada vez que nuestros compatriotas se juntan para intervenir en manifestaciones de cualquier índole, arracimarse en las zonas de shopping y chicoleo, codearse en los bares de copas y compartir humo de cigarritos en las tarrazas, organizar cuchipandas navideñas, soplar velitas en días de cumpleaños, jalear los triunfos deportivos del club local o perrear en botellones más o menos clandestinos; y, por último, es evidente que en la convocatoria electoral habrá aglomeraciones, largas colas e inevitables contactos de proximidad entre los votantes que depositen su papeleta en la ranura de las urnas y quienes revisen su Documento Nacional de Identidad. Los virus se frotarán los élitros, si lo tienen. ¡Menudo ventilador de microbios, miasmas, citoquinas y aerosoles!

Tras semejantes premisas sólo cabe llegar a la triste conclusión de que el 15 de febrero se convertirá en una fecha tan luctuosa por sus mecanismos de contagio como lo fue la del 8 de marzo, la del Black Friday, la del puente de la Inmaculada y las de las recientes fiestas navideñas.

Así las cosas, ¿no es pura insensatez, venga de quien venga y aválela quien la avale por muchas togas que lleven los avaladores, la decisión, primero, de convocar esas elecciones, y de sostenella, después, en vez de enmendalla y posponerla, tal como incluso los partidos políticos (no todos, claro) proponían en una inusual muestra de cordura?

Pues sí, lo es, y encima para que casi todo siga casi igual después de las elecciones. Puro gatopardismo.

¿Se producirá tan ruidosa campanada que resonaría no sólo en Cataluña, sino en todo el país, y dejaría en la cuneta nacional, vistos para la futura sentencia de las urnas generales, a los herederos de la funesta gestión de Rajoy?

Ahora bien; quede constancia, la mía, de que en ese doble casi del párrafo anterior está el único quid, a mi juicio, de la fúnebre convocatoria. ¿Llegará el sorpasso de VOX y tendrá más diputados ese partido en constante alza que los del PP, cada vez más desacreditado por su parentesco ideológico con el PSOE, su adscripción a la socialdemocracia y su tibieza con el secesionismo? ¿Se producirá tan ruidosa campanada que resonaría no sólo en Cataluña, sino en todo el país, y dejaría en la cuneta nacional, vistos para la futura sentencia de las urnas generales, a los herederos de la funesta gestión de Rajoy?

Sea como fuere, algo es seguro: el coronavirus va a ser el partido que ganará las elecciones catalanas. Queda por ver el porcentaje alcanzado por sus diferentes sensibilidades: la de origen chino, la británica, la brasileña, la sudafricana… Gajes de la globalización.

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